Amar a Dios
29 de Septiembre del 2026
Autor: Juan Andres Segura
Amar a Dios no es algo que se pueda simplemente enseñar a alguien, ya que requiere un acto de voluntad, que no se puede forzar.
En el Catecismo se dice que "Dios me creó para conocerlo, amarlo y servirlo en este mundo, y para ser feliz con Él para siempre en el cielo". Podemos realizar "actos de amor", como rezar a Dios o amar a nuestro prójimo, eso no significa que amemos verdaderamente a Dios. Es igual a hacer actos de servicio por alguien, pero podríamos estar haciendo esas cosas
por motivos distintos al amor. Los actos externos no siempre equivalen al amor.
San Basilio el Grande explica en sus Reglas detalladas para monjes (356 d.c), cómo la capacidad de amar a Dios no es algo que podamos aprender, sino más bien un don de Dios:
"El amor a Dios no es algo que se pueda enseñar. No aprendimos de nadie cómo regocijarnos en la luz o querer vivir, ni cómo amar a nuestros padres o tutores. Lo mismo ocurre, quizá incluso más, con nuestro amor a Dios: no viene de la enseñanza de otros.
Tan pronto como el ser vivo (es decir, el hombre) llega a existir, se nos implanta como una semilla la facultad de la razón, que contiene en sí mismo la capacidad y la necesidad de amar. Cuando la escuela de la ley de Dios admite esta facultad de la razón, la cultiva diligentemente, la nutre con habilidad y, con la ayuda de Dios, la lleva a la perfección".
"Puesto que hemos recibido el mandato de amar a Dios, poseemos desde el primer momento de nuestra existencia un poder y una capacidad innatos para amar. La prueba de ello no hay que buscarla fuera de nosotros mismos, sino que cada uno puede aprenderlo de sí mismo y en sí mismo".
Tenemos todo lo que necesitamos para amar a Dios. No tenemos que hacer nada especial, únicamente debemos realizar un acto de voluntad y elegir amar a Dios.
Debemos amar a Dios con el amor que Él nos ha dado. Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, "Dios es amor" y el amor es su primer don, que contiene todos los demás. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (CEC 733).
Cuando descubrimos que Dios nos ha amado primero, la obligación de amarlo se entiende como una respuesta a un gran don que sobrepasa nuestra existencia. “Pues tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Esta es la gran verdad que ilumina la vida de un cristiano e ilumina la obligación de amar a Dios.
Que Dios nos amó primero quiere decir que hay un amor que funda nuestra existencia, y que es anterior a todo lo que hayamos hecho o haremos, que no depende de nuestra bondad o maldad y que estará siempre disponible para llenar nuestra vida.
Para amar a Dios hay que dejarse amar por Él. Y dejarse amar por Dios quiere decir abrir nuestro corazón justamente en el lugar donde nos creemos suficientes. Es recibir su misericordia donde nos vemos pecadores, su perdón para poder perdonar, su ayuda para cumplir esos deseos que nos parecen imposibles. Su gracia para llegar a Él.
Jesucristo nos enseñó cómo debemos pedirle cosas a Dios en la oración del Padrenuestro. Ahí decimos que “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Esto tiene mucho que ver con el amor que debemos a Dios. Amar a Dios es querer que se cumpla su voluntad y no al revés, es decir, no que Dios se someta a nuestra voluntad y deseos, sino que seamos nosotros los que nos abramos a su voluntad.
Si sientes que te cuesta amar a Dios, la mejor persona a la que puedes acudir es a Dios mismo. Solo Él puede fomentar en nosotros el amor que necesitamos tener y mostrarnos la manera de expresarlo.
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