El Papa León XIV recuerda la verdadera misión de la Iglesia: “Debe estar abierta a todos”

12 de marzo del 2026

Durante la Audiencia General, el Pontífice reflexiona sobre el Pueblo de Dios y subraya que la Iglesia está llamada a acoger a toda la humanidad, sin cerrarse nunca sobre sí misma


La Plaza de San Pedro volvió a convertirse en un espacio de encuentro y reflexión durante la Audiencia General de este miércoles, donde el Papa León XIV ofreció una profunda catequesis sobre la naturaleza de la Iglesia y su misión en el mundo. Ante cientos de peregrinos procedentes de distintos países, el Pontífice recordó que la Iglesia no puede ser una realidad cerrada ni exclusiva, sino una comunidad viva que debe permanecer siempre abierta a todos.


Durante su intervención, el Papa insistió en que la Iglesia está llamada a reflejar el rostro universal del Evangelio. Por ello, subrayó que en su seno debe haber lugar para cada persona, independientemente de su origen, cultura o lengua. En este sentido, recordó que el cristiano no está llamado a vivir la fe únicamente en el ámbito privado, sino a anunciar el Evangelio con su vida cotidiana.



Estas palabras se enmarcan dentro del ciclo de catequesis que el Pontífice está dedicando a la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, uno de los textos fundamentales para comprender la identidad y la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.


“La Iglesia es una sola, pero está llamada a acoger en su seno a toda la humanidad.”

Una Iglesia que no puede encerrarse en sí misma

El Papa comenzó su reflexión recordando que la Iglesia, por su propia naturaleza, no puede replegarse sobre sí misma ni vivir encerrada en estructuras autorreferenciales. Según explicó, la comunidad cristiana está llamada a ser un espacio abierto, donde cada persona pueda encontrar el anuncio del Evangelio y experimentar la cercanía de Dios.

Aunque la Iglesia está formada por quienes creen en Jesucristo, el Concilio Vaticano II recuerda que toda la humanidad está llamada a formar parte del nuevo Pueblo de Dios.


Por ello, León XIV destacó que el mensaje cristiano tiene una dimensión universal. No se dirige a un grupo reducido ni a una cultura particular, sino a todos los hombres y mujeres del mundo. La Iglesia, por tanto, existe para anunciar el Evangelio y para ofrecer a todos la posibilidad de encontrarse con Cristo.



La riqueza de las culturas en el Pueblo de Dios

En su catequesis, el Papa citó las palabras del teólogo Henri de Lubac, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y figura clave del Concilio Vaticano II. De Lubac describía la Iglesia como un “arca de salvación”, capaz de acoger en su interior la diversidad de pueblos y culturas de la humanidad.


León XIV retomó esta imagen para explicar que la Iglesia manifiesta su verdadera catolicidad cuando sabe recibir las riquezas culturales de los distintos pueblos. La fe cristiana no destruye las culturas, sino que las purifica y las eleva, permitiendo que la novedad del Evangelio ilumine cada tradición humana.


Por eso, señaló el Pontífice, en la Iglesia conviven personas de diferentes nacionalidades, lenguas y contextos culturales. Esa diversidad no es una debilidad, sino un signo de la universalidad del Evangelio.



La Iglesia como signo de unidad en el mundo

El Papa destacó que la Iglesia está llamada a ser un signo visible de unidad en medio de una humanidad marcada por divisiones, conflictos y guerras.

En un mundo donde muchas veces predominan las tensiones culturales, políticas o sociales, la Iglesia ofrece el testimonio de una comunidad donde personas muy distintas pueden convivir como hermanos.


La unidad cristiana no se basa en la pertenencia a una misma nación, ni en compartir una cultura determinada. Su fundamento es la fe en Jesucristo. Esta fe común permite que hombres y mujeres de todo el mundo formen parte de una misma familia espiritual.



Cristo, centro del nuevo Pueblo de Dios

Durante su catequesis, León XIV recordó también que el origen de la Iglesia se encuentra en la obra redentora de Cristo. Según explicó, la historia del antiguo pueblo de Israel preparó el camino para la nueva alianza que Dios establece definitivamente en Jesucristo.


El Concilio Vaticano II enseña que todo ese proceso histórico fue una preparación para la alianza perfecta que se realiza en Cristo. Mediante su muerte y su resurrección, el Señor reúne a hombres y mujeres de todas las naciones y los integra en un nuevo pueblo. Ese pueblo encuentra su unidad en la fe en Cristo y en la acción del Espíritu Santo.



La Iglesia como Cuerpo de Cristo

El Papa explicó que la Iglesia no es simplemente una organización humana ni una institución social. Es, en su esencia más profunda, el Cuerpo de Cristo.

Esto significa que su vida nace de la unión con el Señor y se alimenta de su gracia.


Por ello, afirmó el Pontífice, el elemento verdaderamente esencial en la vida cristiana no es ocupar un cargo o desempeñar una función dentro de la Iglesia.

Lo más importante es estar unidos a Cristo. Solo desde esa unión puede nacer una auténtica vida cristiana.



Un pueblo mesiánico guiado por el amor

León XIV recordó también que la Iglesia es un pueblo mesiánico, porque su cabeza es Cristo, el Mesías. Esta realidad implica que la vida cristiana debe estar guiada por una ley fundamental: el amor. El amor recibido de Cristo y compartido entre los creyentes debe ser el principio que rija las relaciones dentro de la comunidad cristiana.


El Papa insistió en que el verdadero honor para un cristiano no consiste en ocupar un lugar destacado, sino en vivir como hijo de Dios y hermano de los demás.



La misión de cada cristiano

Al final de su catequesis, el Pontífice recordó que la misión de anunciar el Evangelio no pertenece solo a los sacerdotes o a los misioneros.

Cada bautizado está llamado a dar testimonio de Cristo en los lugares donde vive y trabaja. La familia, el trabajo, la escuela o la vida social son espacios donde la fe puede ser vivida y compartida. El anuncio del Evangelio no consiste únicamente en palabras, sino también en el testimonio de una vida coherente.



Un signo de esperanza para el mundo

El Papa concluyó su reflexión destacando que la Iglesia representa hoy un signo de esperanza para la humanidad. En medio de un mundo marcado por conflictos y tensiones, la existencia de una comunidad universal donde conviven personas de culturas muy diferentes recuerda que la unidad es posible.



La Iglesia, afirmó el Pontífice, está llamada a ser una profecía de paz y un anticipo de la fraternidad que Dios desea para toda la humanidad.

Así, en medio de la diversidad de pueblos y culturas, la Iglesia continúa anunciando el mismo mensaje que ha proclamado desde sus orígenes: que todos los hombres y mujeres están llamados a formar parte de un único pueblo unido por la fe en Jesucristo.


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