La fabricación del hombre hipersusceptible

09 de octubre 2026
Autor: Ignacio Hernández Gilfedder

Vivimos en un mundo donde polemizar fuera del tablero marcado por la agenda globalista puede bastar para recibir una acusación de odio. O de fascismo, supremacismo, machismo patriarcal o feminismo retrógrado.


La tensión dialéctica es “masiva”, constante y no conoce de fronteras. Hay un aire de hipersusceptibilidad como nunca se ha visto (o sí se ha visto pero a menor escala) Todo comentario fuera de la línea maestra globalista ofende, humilla, indigna, genera dolor, llanto y rechinar de dientes.


El tablero globalista, es un terreno de juego lleno de titulares ideales, utópicos, donde se parte de algunas verdades, medias verdades y muchas falsedades elevadas a verdades absolutas mediante el juego de mayorías, y que marca objetivos a lograr por la humanidad trabajando en equipo. Esas medias verdades y esa humanidad unida en una misión requieren de un individuo obediente, disciplinado y predispuesto a la lucha.


Esto sólo se puede lograr mediante la ingeniería social. Creando un hombre nuevo con un sentido de pertenencia a una comunidad global investida de superioridad moral y cultural, y que se conduzca en la vida bajo una serie de parámetros y dinámicas que lo uniformicen. El patrón esencial es la hipersusceptibilidad.



A continuación, describo los 5 pasos que construyen al hombre hipersusceptible.

1. Desarraigar


El primer paso imprescindible y necesario, es crear las bases para que el hombre de hoy sea global, y por tanto difuso, poco “agarrable”. Para ello se le ofrece una libertad entendida como ausencia de ataduras, sin preguntarse si liberarse de todo aquello que le constituye le hace verdaderamente libre. Porque una cosa es poder elegir lo que uno quiera y otra muy distinta saber quién es uno, para qué existe y hacia dónde debe dirigir su libertad.


El hombre como centro de todo, debe liberarse de todas las ataduras familiares, creencias, religión, nacionalidad, para así subirse al carro del humanismo global, que no conoce de fronteras, credos, razas ni nacionalidades. Sumarse por tanto a la globalización. Lograr este patrón mental es condición imprescindible para lograr un individuo dispuesto a ingerir un nuevo esquema de principios, objetivos y motivaciones que lo unifiquen dentro de una hermandad global.


2. Re identificar


Lo universal no debería exigir la desaparición de lo particular. Sin embargo, en esta concepción de la identidad global, el arraigo deja de ser fundamento para convertirse en obstáculo


Sabemos que el desarraigo produce soledad. Esto no es nuevo. Parafraseando a Frederick Copleston, para Platón y Aristóteles era inconcebible el individuo a parte de la Ciudad y la vida ciudadana (sostenida sobre el núcleo familiar). Era en esta donde el hombre encontraba su fin como ser humano. Con el imperio de Alejandro Magno esta época de la ciudad-estado griega llegó a su fin, y el hombre (del imperio) se vio inmerso en el cosmopolitismo y un ideal de ciudadanía universal vertebrada entorno a un sentimiento común de superioridad cultural. El individuo sin embargo se encontró sólo, desarraigado, sin la Ciudad que le diera cobijo, y dio pie a que la filosofía centrara su interés en el individuo, ayudándole a definir las reglas éticas y prácticas con las que vivir dentro de esa gran sociedad (dando pie al estoicismo y epicureísmo, por ejemplo).


Hoy el imperio es la globalización. Hoy el individuo siente esa soledad, de forma rápida y cruel desde una edad muy temprana. El sistema que nos rodea tiene un efecto centrifugador que anima a la persona a alejarse de la familia, a autodefinirse, a descubrir el mundo y encontrarse. Esto genera problemas de identidad. Pero no es un camino hacia la nada. No. Al final de ese trayecto se encuentra la ideología globalista sostenida sobre una idea de fraternidad entre todos los hombres que los une en la misión de cambiar el mundo y hacerlo progresar hacia una utopía. Así el ciudadano, el patriota, el hijo, padre, madre o hermano se diluyen, y surge el “ciudadano humanista global”. La identidad global por tanto se consolida y surge el marco mental que hace al hombre parte de una misión universal.


3. Sensibilizar


El tercer nivel de operación de la ingeniería social es lograr un mecanismo de activación del “ciudadano humanista global”. De nada sirve el hombre que piensa y siente, pero no actúa. Y aquí es donde surgen, por un lado, la susceptibilidad como actitud, y por otro la vulnerabilidad como virtud.


Si ser un humano globalista exige fraternidad infinita, amor incondicional, paz como única solución a todo conflicto y solidaridad a ciegas, todo ataque, por pequeño que sea, a estos principios, debe ser respondido dentro del mismo patrón. Y si el pacifismo es innegociable, ante el “ataque” no cabe contraataque, sólo cabe fomentar el victimismo y la susceptibilidad, primero, para que se active el estado emocional que debe proteger el globalismo a toda costa: el sentimiento de vulnerabilidad.


La vulnerabilidad es una condición humana. Somos frágiles por naturaleza. Pero la clave, en el proceso de ingeniería social, es convertirla en una posición de superioridad moral, en una virtud, desde la que exigir que el mundo se adapte permanentemente a nuestra sensibilidad. El ser humano vulnerable, hipersusceptible, por tanto, es el soldado humanista por excelencia, al servicio de toda la maquinaria globalista.


4. Legitimar


Pero nos encontramos ante un pequeño problema. Ese estado de vulnerabilidad es ineficaz porque no sirve como bandera, pues en el fondo, supone reconocer debilidad, victimismo. Implica elevar como patrón ideal un estado emocional no aspiracional. Nadie aspira a ser vulnerable (¿o no?).


Para arreglarlo, aquí es donde surgen los dos remates a esta artificiosa faena: el ser humano globalista no es vulnerable, sino que tiene Derechos. Y cuando estos derechos, los que sean, se conculcan, surge la vulnerabilidad. La clave aquí es que toda situación de vulnerabilidad se pueda trazar en origen a la vulneración de un derecho. El que sea. Esto requiere un rediseño del concepto derecho. Si los derechos se circunscriben a necesidades materiales únicamente, pueden ser puestos en entredicho. ¿Qué derechos son absolutos, inapelables ni cuestionables? Los derechos a ser y sentir lo que el humanista global quiera.


De esta manera, lo que siente el “ciudadano humanista global” siempre será protegido por el movimiento protector globalista. El sentimiento deja de ser una experiencia subjetiva y comienza a reclamar reconocimiento como verdad incontestable, el desacuerdo deja de interpretarse como una diferencia de criterio y empieza a percibirse como una agresión.

Enhorabuena. Ya tenemos a millones de humanos, unidos en una causa común.


5. Activar



El punto final, es crear el mecanismo que dispare la protección globalista. El derecho a ser y sentir necesita que exista un disparador tipificado que active objetivamente el mecanismo protector del estado, organismos, asociaciones y demás estructuras que acogen al nuevo ciudadano.


Aquí el delito de odio adquiere toda su potencia. No solo como concepto narrativo, sino también como categoría capaz de agravar jurídicamente determinadas conductas cuando se aprecia una motivación discriminatoria. El problema aparece cuando una palabra que designa un estado emocional —el odio— se convierte también en una categoría pública sometida inevitablemente a interpretación.


Porque el odio es difícil de medir, de objetivar, de “agarrar”. Y cuanto más se ensancha socialmente su significado hasta confundirse con la ofensa, el rechazo, el menosprecio o incluso el desacuerdo, mayor es su capacidad para colonizar el lenguaje colectivo. De repente, el odio aparece como germen explicativo de todo: del fascismo, del supremacismo, del machismo, de la discriminación y del feminismo retrógrado.


Y ahí reside quizá su mayor fuerza. No hace falta que todos conozcan el Código Penal. Basta con que todos hayan aprendido a temer la palabra.


Vemos como resultado final a un hombre hipersusceptible que se considera más libre cuanto menos vinculado está a su pasado; más universal cuanto menos arraigado está a su comunidad; más virtuoso cuanto más vulnerable se declara; y más protegido cuanto menos dispuesto está a convivir con la discrepancia. Un hombre que ha conquistado el derecho a sentirse ofendido, pero que ha perdido la fortaleza necesaria para no estarlo.

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