León XIV llevará la Cruz en cada estación del Vía Crucis del Coliseo: un gesto que marca el inicio de su pontificado

6 de abril del 2026

El Papa preside una celebración intensa y profundamente simbólica en San Pedro y llama a derribar las “piedras” que impiden la esperanza en el corazón del hombre


La Basílica de San Pedro, sumida en la oscuridad más absoluta, se convirtió en el escenario de una de las celebraciones más sobrecogedoras del calendario cristiano: la Vigilia Pascual. En ese silencio cargado de expectación, el Papa León XIV presidió por primera vez como Pontífice la “madre de todas las vigilias”, una liturgia de casi tres horas que recorrió, paso a paso, la historia de la salvación hasta desembocar en la luz gloriosa de la Resurrección.



En su homilía, el Santo Padre ofreció un mensaje claro y profundamente esperanzador: frente al pecado que divide y destruye, Dios responde con un amor que reconstruye, sana y devuelve la vida.


“Ante el pecado que encierra y destruye, Dios responde siempre con un amor que abre, libera y da vida nueva.”

La luz que rompe la oscuridad

La celebración comenzó en tinieblas, recordando la noche en la que el mundo parecía haber perdido toda esperanza tras la muerte de Cristo.

En ese contexto, León XIV bendijo el fuego nuevo, del cual se encendió el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado. Sobre él se grabaron el año 2026 y las letras alfa y omega, evocando que Dios es principio y fin de todas las cosas.

El Papa insertó también cinco clavos de incienso en el cirio, en memoria de las llagas de Cristo, uniendo así el sufrimiento de la Cruz con la gloria de la Resurrección.


El canto del “Lumen Christi” marcó entonces el inicio de una procesión solemne en la que la luz comenzó a extenderse por toda la basílica, mientras los fieles encendían sus velas, transformando la oscuridad inicial en un resplandor compartido.



La historia de la salvación proclamada

Tras el solemne Pregón Pascual —un canto antiguo que anuncia la victoria de Cristo sobre la muerte— la liturgia avanzó con una de sus partes más ricas: la proclamación de la Palabra. Siete lecturas del Antiguo Testamento y dos del Nuevo recorrieron los grandes momentos de la historia de la salvación: desde la creación hasta la liberación del pueblo de Israel, pasando por las promesas de los profetas. Las lecturas, proclamadas en distintos idiomas, reflejaron la universalidad de la Iglesia y la unidad en la fe. El momento culminante llegó con el Evangelio de la Resurrección, tomado de San Mateo, que proclamó la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte.



Nuevos cristianos en la noche más santa


El Bautismo como signo de vida nueva

Uno de los momentos más significativos de la Vigilia fue la celebración de los sacramentos de iniciación cristiana. El Papa León XIV bautizó a diez catecúmenos procedentes de distintos países, entre ellos Corea, Gran Bretaña y Portugal. Tras el Bautismo, recibieron también la Confirmación y fueron revestidos con túnicas blancas, símbolo de la nueva vida en Cristo. Este gesto, profundamente significativo, recordó que la Resurrección no es solo un acontecimiento histórico, sino una realidad viva que transforma la existencia de quienes acogen la fe.



El pecado como piedra que encierra


Una imagen que interpela al mundo actual

En su homilía, el Papa utilizó una imagen poderosa para describir el pecado: la piedra que cierra el sepulcro. Según explicó, el pecado actúa como una barrera que encierra al ser humano, lo separa de Dios y apaga en él la esperanza.

Pero esa piedra —por pesada que parezca— no es definitiva. La Resurrección demuestra que el amor de Dios es capaz de remover cualquier obstáculo, por difícil que resulte.



El amor de Dios, más fuerte que el mal

La Resurrección como victoria definitiva

Refiriéndose a las mujeres que acudieron al sepulcro, el Santo Padre destacó que ellas fueron las primeras en experimentar la fuerza del amor de Dios, capaz de vencer el odio y de superar cualquier forma de mal. Ese amor, afirmó, no solo devuelve la vida, sino que trasciende la muerte misma. “Los hombres pueden destruir el cuerpo, pero la vida que procede de Dios no puede ser encerrada en ningún sepulcro”, subrayó.



Derribar las piedras del corazón


Un llamado a la conversión personal y social

León XIV no se limitó a una reflexión teológica, sino que dirigió su mensaje a la realidad concreta del mundo actual. Habló de las “piedras” que hoy oprimen el corazón humano: el miedo, la desconfianza, el egoísmo y el rencor. También señaló aquellas que rompen la convivencia entre los pueblos, como la guerra, la injusticia y el aislamiento. Frente a estas realidades, el Papa lanzó una llamada clara: no dejarse paralizar por ellas. Recordó que, a lo largo de la historia, muchas personas han sido capaces de remover esas piedras con la ayuda de Dios, incluso a costa de grandes sacrificios.



Un compromiso que nace de la Pascua

El Papa animó a los fieles a seguir el ejemplo de quienes, sostenidos por la gracia, han trabajado por la verdad y la caridad.

La Pascua, explicó, no es solo celebración, sino también envío: una invitación a salir al mundo para anunciar la vida nueva que brota de Cristo resucitado.



Una Iglesia que anuncia la vida

Al concluir su homilía, León XIV invitó a todos los presentes a convertirse en testigos de la Resurrección. Como las mujeres que corrieron a anunciar la noticia, los cristianos están llamados a llevar al mundo un mensaje de esperanza. Un mensaje que no es abstracto, sino profundamente concreto: la posibilidad de una vida nueva, de relaciones reconciliadas, de una humanidad renovada.



La Vigilia Pascual, corazón del año litúrgico

La celebración presidida por el Papa recordó una vez más por qué la Vigilia Pascual es considerada el centro de la vida litúrgica de la Iglesia. En ella convergen la oscuridad y la luz, la muerte y la vida, el silencio y el anuncio. Es el momento en el que todo cobra sentido.



De la noche a la esperanza

La imagen inicial de la basílica en tinieblas contrasta con la luz que la llena al final de la celebración. Este paso no es solo simbólico: representa el itinerario espiritual de todo cristiano. De la oscuridad del pecado a la luz de la gracia.



Una Pascua que interpela al mundo

En un contexto marcado por la incertidumbre y el sufrimiento, el mensaje del Papa adquiere una especial relevancia. La Resurrección no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad que sigue actuando hoy, capaz de transformar vidas y renovar el mundo.



La fuerza de una noche que lo cambia todo

La primera Vigilia Pascual de León XIV ha dejado una imagen clara de su pontificado: una Iglesia centrada en Cristo, en la Cruz y en la Resurrección, comprometida con la realidad del mundo y llamada a ser portadora de esperanza. Porque, como recordó el Papa, ninguna piedra es demasiado pesada cuando el amor de Dios actúa. Y ninguna noche es tan oscura como para impedir el amanecer de la vida nueva.


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