Santa Perpetua y Santa Felicidad: Las mártires que desafían al tiempo y cuyo nombre resuena cada día en la Misa
9 de marzo del 2026
Dos mujeres del siglo III que eligieron permanecer fieles a Cristo incluso ante la muerte y cuyo testimonio sigue iluminando la fe de la Iglesia
En los primeros siglos del cristianismo, profesar la fe en Jesucristo podía significar enfrentarse al rechazo social, a la cárcel o incluso a la muerte. En medio de ese contexto surgieron innumerables testimonios de fidelidad que marcaron profundamente la historia de la Iglesia.
Entre ellos destacan los nombres de Santa Perpetua y Santa Felicidad, dos mujeres cuya valentía y amor a Cristo siguen conmoviendo a los creyentes casi dos mil años después. Su historia, transmitida en las antiguas Actas de los Mártires, no es solo un relato histórico de persecución religiosa. Es también una profunda lección de libertad interior, esperanza y entrega total a Dios.
La Iglesia recuerda su memoria cada 7 de marzo, y su testimonio es tan significativo que sus nombres se pronuncian todavía hoy en el Canon Romano de la Misa, una de las plegarias eucarísticas más antiguas de la liturgia.
La vida de estas dos mujeres —una noble y una esclava— demuestra que la fe cristiana fue desde sus inicios una fuerza capaz de superar las divisiones sociales y de unir a los creyentes en una misma esperanza.
“Perpetua y Felicidad enseñan que la verdadera libertad nace de la fidelidad a Cristo, incluso cuando todo parece perdido.”
Dos mujeres unidas por la fe en tiempos de persecución
La historia de Perpetua y Felicidad se sitúa a comienzos del siglo III, en la ciudad de Cartago, una de las grandes urbes del norte de África dentro del Imperio romano. En aquel tiempo gobernaba el emperador Septimio Severo, cuya política religiosa provocó persecuciones contra los cristianos.
En torno al año 203, varios catecúmenos cristianos fueron arrestados por negarse a renunciar a su fe.
Entre ellos se encontraban Vibia Perpetua, una joven de noble familia, y Felicidad, su esclava. Las diferencias sociales que separaban a ambas en la sociedad romana desaparecieron ante la fe cristiana, que las unía como hermanas. Perpetua tenía alrededor de veintidós años y era madre de un niño pequeño al que aún amamantaba. Felicidad, por su parte, estaba embarazada cuando fue detenida. Junto a ellas fueron encarcelados otros cristianos, entre ellos su catequista, el diácono Sáturo, quien incluso se entregó voluntariamente para compartir su destino.
El diario de una mártir
Uno de los elementos más extraordinarios de esta historia es que una parte del relato proviene directamente de la propia Perpetua. Su diario espiritual, conservado dentro de las Actas de los Mártires, es uno de los textos cristianos más antiguos escritos por una mujer. En él describe con sorprendente sinceridad sus pensamientos, sus visiones espirituales y el dolor humano que experimentaba al pensar en su hijo pequeño.
También relata el intenso diálogo que mantuvo con su padre, quien intentó persuadirla para que abandonara la fe y así salvar su vida. El hombre, profundamente angustiado, le suplicó que renunciara al cristianismo. Pero la respuesta de Perpetua quedó grabada en la historia de la Iglesia como uno de los testimonios más claros de identidad cristiana. Señalando un objeto cercano, preguntó a su padre si podía llamarse de otra forma distinta a lo que era.
Ante la respuesta negativa, explicó con serenidad que tampoco ella podía llamarse de otra manera distinta a lo que era en realidad: cristiana.
La fe más fuerte que el miedo
La firmeza de Perpetua impresionó incluso a quienes presenciaron su proceso.
En sus escritos relata cómo, a pesar del miedo y del sufrimiento, experimentaba una profunda paz interior. La joven entendía su situación como una participación en la pasión de Cristo y confiaba plenamente en la vida eterna.
Su testimonio se convirtió en una fuente de fortaleza para los cristianos perseguidos de su tiempo.
El parto de Felicidad en la prisión
La historia de Felicidad añade un elemento profundamente humano al relato.
Estando encarcelada, la joven esclava dio a luz a su hija pocos días antes de la ejecución. Durante el parto sufrió intensos dolores, y uno de los guardias se burló de ella preguntándole cómo soportaría los tormentos del anfiteatro si ya sufría tanto en aquel momento. La respuesta de Felicidad reflejó la profunda fe que sostenía a los mártires:
Explicó que en ese momento era ella quien sufría, pero que cuando llegara la hora del martirio sería Cristo quien sufriría en ella. Tras dar a luz, su hija fue acogida por una mujer cristiana que la crió como propia.
El martirio en el anfiteatro
Finalmente llegó el día de la ejecución. Perpetua, Felicidad y sus compañeros fueron llevados al anfiteatro de Cartago, donde se celebraban espectáculos públicos. Allí fueron expuestos a las fieras ante la multitud. Después de los tormentos, los mártires fueron ejecutados. Según el relato transmitido por las Actas, el verdugo encargado de matar a Perpetua estaba tan nervioso que falló el primer golpe.
La joven, herida pero consciente, guio la mano del ejecutor hacia el lugar exacto donde debía golpear. Incluso en ese momento final demostró que su entrega era completamente voluntaria. Felicidad, por su parte, murió también por su fe, completando así el testimonio que ambas habían iniciado juntas.
Un símbolo de la Iglesia primitiva
La historia de Perpetua y Felicidad se difundió rápidamente entre las comunidades cristianas. Para los primeros creyentes, su testimonio representaba varias verdades fundamentales del cristianismo. En primer lugar, la fidelidad a Cristo incluso en medio de la persecución. También simbolizaban la igualdad que la fe introduce entre las personas, ya que una noble romana y una esclava murieron unidas como hermanas.
Además, su historia puso de relieve la fortaleza espiritual de muchas mujeres en la Iglesia primitiva. Su valentía mostró que el seguimiento de Cristo no depende de la condición social ni del poder humano.
Su presencia en la liturgia de la Iglesia
El impacto espiritual de estas dos mártires fue tan profundo que sus nombres quedaron incorporados a la liturgia. En la Plegaria Eucarística I, conocida como el Canon Romano, la Iglesia menciona a Perpetua y Felicidad junto a otros mártires de los primeros siglos. Este gesto litúrgico recuerda que la Eucaristía está profundamente unida al testimonio de quienes dieron su vida por Cristo.
Cada vez que se pronuncian sus nombres durante la Misa, la Iglesia recuerda que la fe cristiana ha sido transmitida gracias al testimonio de innumerables hombres y mujeres.
Patronas de las madres y mujeres embarazadas
A lo largo de los siglos, Perpetua y Felicidad han sido invocadas especialmente por madres y mujeres embarazadas. Sus historias, marcadas por la maternidad en medio de la persecución, han inspirado a generaciones de creyentes.
La valentía con la que afrontaron el sufrimiento y la muerte sigue siendo un ejemplo de confianza absoluta en Dios.
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