Ante un accidente de tránsito: un sacerdote recuerda qué exige la fe cuando está en juego la vida humana

3 de marzo del 2026

Tras la trágica muerte de una joven deportista en Perú, un canonista llama a mirar estos hechos no solo desde la ley civil, sino también desde la conciencia cristiana


El dolor provocado por la muerte de la deportista peruana Lizeth Marzano, atropellada el pasado 17 de febrero en Lima, ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad que atraviesa a todas las sociedades: los accidentes de tránsito no son únicamente un asunto de normas viales y procesos judiciales, sino también un drama moral en el que está en juego la vida humana.


Mientras la justicia peruana avanza en la investigación —el Poder Judicial ha dictado nueve meses de impedimento de salida del país contra Adrián Villar, investigado por presunto homicidio culposo, fuga del lugar del accidente y omisión de socorro—, desde el ámbito eclesial se ha querido aportar una reflexión que ilumine estos hechos desde la fe.



Consultado al respecto, el P. Luis Gaspar, doctor en Derecho Canónico, subrayó que el cristiano no puede analizar este tipo de situaciones únicamente en clave legal. “Cuando se pone en riesgo la vida humana, estamos ante una cuestión profundamente moral”, afirmó.


“La fe no termina en el templo: también se vive al volante, en la carretera y en la forma en que respondemos cuando otro sufre.”

La vida humana, un don sagrado que obliga en conciencia

El sacerdote recordó que la enseñanza constante de la Iglesia afirma que la vida humana es sagrada desde la concepción hasta la muerte natural, porque no es propiedad del hombre, sino un don recibido de Dios.


En este sentido, evocó el quinto mandamiento —“No matarás” (cf. Ex 20,13)— y explicó que su alcance no se limita al homicidio directo. También incluye toda conducta gravemente imprudente que ponga en peligro la vida propia o ajena.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la vida y la integridad física deben ser respetadas, y que la negligencia grave puede constituir una falta moral (cf. nn. 2268-2269). Por ello, conducir un vehículo no es un acto neutro desde el punto de vista ético.


“Cada vez que alguien se pone al volante realiza un acto humano, libre y consciente. Y, por tanto, un acto moral”, señaló el P. Gaspar. La imprudencia, el exceso de velocidad, conducir bajo los efectos del alcohol o manipular el celular mientras se maneja no son meras infracciones administrativas. Pueden convertirse en materia grave si de ellas se deriva un riesgo real para la vida.

En esta perspectiva, la responsabilidad cristiana comienza mucho antes de que ocurra un accidente: empieza en la actitud preventiva, en la prudencia cotidiana y en el respeto a las normas que protegen el bien común.



¿Qué debe hacer un católico si se ve implicado en un accidente?

Ante la pregunta concreta sobre cómo debe actuar un cristiano si se ve involucrado en un siniestro vial, el sacerdote fue claro: incluso en medio del shock o el miedo, el discípulo de Cristo está llamado a responder según el Evangelio.


Detenerse inmediatamente, auxiliar al herido, solicitar ayuda médica sin demora, colaborar con las autoridades, decir la verdad y asumir la propia responsabilidad son acciones fundamentales. La omisión de socorro —advirtió— constituye una falta moral seria, porque contradice el mandamiento del amor al prójimo. La parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,25-37) ilumina con fuerza esta situación: no es posible pasar de largo ante quien está herido en el camino.


Huir, ocultar la verdad o eludir responsabilidades no solo tiene consecuencias jurídicas; también afecta gravemente la conciencia. El sacerdote subrayó además que el arrepentimiento auténtico, en la tradición cristiana, implica reconocer el daño causado, reparar en la medida de lo posible y aceptar las consecuencias justas de los propios actos. “La misericordia no anula la justicia; la presupone y la eleva”, explicó.



La prevención como expresión de la virtud de la prudencia

Más allá de la reacción ante un accidente, el P. Gaspar insistió en que la prevención forma parte de la vida virtuosa del cristiano. La prudencia, una de las virtudes cardinales, orienta las decisiones concretas hacia el bien y ayuda a discernir qué conviene hacer en cada circunstancia. No conducir bajo efectos del alcohol o sustancias, respetar los límites de velocidad, no utilizar el teléfono móvil mientras se maneja, descansar adecuadamente antes de emprender un viaje y cumplir las normas de tránsito no son simples recomendaciones prácticas: son exigencias del amor al prójimo.


El respeto a las leyes justas —recordó— forma parte del deber moral, porque las normas que protegen la vida están al servicio del bien común.

En este contexto, la educación vial no puede separarse de la formación ética. Una cultura de la seguridad no se construye solo con sanciones, sino también con conciencia.



Hacia una cultura cristiana de la responsabilidad

Finalmente, el sacerdote invitó a promover una auténtica cultura de la responsabilidad. En ocasiones, el miedo a las consecuencias legales o la presión social pueden llevar a decisiones precipitadas, como huir o eludir el deber de socorrer. Sin embargo, el cristiano no está llamado a actuar desde el pánico, sino desde una conciencia iluminada por la verdad. La fe —subrayó— no se limita a la vida privada ni a los actos litúrgicos. Se manifiesta también en la vía pública, en la coherencia diaria y en la forma concreta de relacionarnos con los demás.


El dolor por la pérdida de una vida joven interpela a toda la sociedad. Por eso, el P. Gaspar animó a orar por las familias que han sufrido tragedias similares, por quienes han cometido errores graves para que emprendan un camino sincero de conversión, y por la construcción de una cultura del cuidado donde la vida humana sea respetada en toda circunstancia. En un mundo donde el tránsito diario puede convertirse en escenario de imprudencias y tragedias, la Iglesia recuerda que cada volante es también un espacio de decisión moral. Y que, incluso en la carretera, el cristiano está llamado a amar.


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