El insólito juicio de la URSS en el que Dios fue condenado a muerte por «genocidio»
3 de marzo del 2026
«La religión es como un clavo. Cuanto más se lo golpea en la cabeza, más penetra», dijo Anatoly Lunacharski en 1923. Y debía saber de lo que hablaba el comisario de Instrucción Pública de Lenin, que había dedicado gran parte de su vida a perseguir a la Iglesia tras el triunfo de la Revolución Rusa en 1917.
“El tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos por los que era juzgado”
Él y sus camaradas bolcheviques estaban convencidos de que podían erradicar la religión de la noche a la mañana, y como tal, se dedicaron a confiscar los bienes eclesiásticos, destruir algunos monasterios, organizar procesiones simbólicas en las que se ridiculizaba a Dios y profetas y erigir cadalsos en los que se decapitaban y quemaban efigies del Papa Benedicto XV.
Pero el hecho más insólito fue el que protagonizó Lunacharski en enero de 1918: el «Juicio del Estado Soviético contra Dios». Un acontecimiento que tuvo lugar un año después de que los bolcheviques derrocaran al zar Nicolás II, al inicio del considerado primer periodo (1918-1923) de la persecución sistemática contra la Iglesia en Rusia. Se organizó en Moscú un tribunal popular al que el primer Gobierno bolchevique declaró absolutamente competente para juzgar al Todopoderoso por sus «crímenes contra la Humanidad» y «genocidio». Su presidente fue precisamente Lunacharski, el mismo que declaró en su libro « Religión y socialismo » que «Karl Marx es el profeta más grande del mundo».
En primer lugar se produjo la lectura de todos los delitos que el pueblo ruso, en supuesta representación del resto de la especie humana, atribuía el «reo». Los fiscales presentaron una gran cantidad de pruebas basadas en testimonios históricos, según los cuales la imputación principal estaba clara: Dios era culpable. Los defensores designados por el Estado soviético, por su parte, aportaron pruebas de su inocencia. Llegaron incluso a pedir la absolución del acusado, alegando que padecía una «grave demencia y trastornos psíquicos» y que, por lo tanto, no era responsable de los hechos que se le achacaban.
Tras cinco horas de testimonios, apelaciones y protestas, el tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos por los que era juzgado. A continuación, Lunacharski leyó la sentencia: el Señor era condenado a muerte y debía ser fusilado a la mañana siguiente. Hasta entonces, sus abogados no tendrían derecho a interponer ningún tipo de recurso ni establecer el más mínimo aplazamiento. Al amanecer, un pelotón llevó a cabo los deseos del juez disparando varias ráfagas al cielo de Moscú.
Pocos años después, el gobierno bolchevique consideró no repetir este tipo de actos ni la persecución abierta contra la Iglesia de los años anteriores. El mismo Lunacharski condenó los excesos cometidos en este sentido. Lo hizo poco antes de morir, el 26 de diciembre de 1933, justo durante su viaje a España, donde acudía para ocupar el cargo de embajador ruso en la Segunda República .
Autor: Juan Andrés Segura
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