El monasterio que destila silencio: monjes navarros rescatan una receta medieval y crean su propia ginebra artesanal
20 de enero del 2026
En un rincón silencioso de la sierra navarra, donde los bosques aún conservan el rumor antiguo de reyes, peregrinos y monjes, un grupo de benedictinos ha emprendido una tarea tan insólita como fiel a la tradición: recuperar una receta medieval y producir una ginebra artesanal con plantas recogidas en el propio bosque. El proyecto, nacido entre el estudio, la oración y el trabajo manual, no responde a una moda gourmet sino a un modo de entender la vida: custodiar un legado, hacerlo presente y ofrecer al mundo un fruto de la contemplación.
“No inventamos nada nuevo: solo recuperamos un legado que nos ha sido confiado y que ahora queremos ofrecer.”
Un monasterio milenario que late entre oración y trabajo
El Monasterio de San Salvador de Leyre, fundado en el siglo IX en pleno corazón del antiguo reino de Pamplona, constituye uno de los conjuntos monásticos más antiguos de Europa. Tras sus muros gruesos y su monumental iglesia románica, viven hoy diecisiete monjes españoles dedicados a la vida contemplativa, fieles al lema benedictino ora et labora. Sus días transcurren entre la liturgia de las horas, la oración personal y los oficios que exige el monasterio: desde la contabilidad hasta la cocina, desde la sastrería hasta el cuidado de los hermanos mayores.
Entre ellos está fray Eduardo Oliver, un joven navarro que descubrió los primeros signos de su vocación durante la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 en Madrid. “Vivir aquí fue un deseo que se convirtió casi en una necesidad”, relata. Su jornada comienza antes del amanecer, a las 5:30, y se ordena en torno a la Eucaristía, el rezo común, el silencio y el trabajo manual. En su voz hay serenidad, como si todo lo que narra estuviera atravesado por la misma pausa que marca la vida monástica.
Rescatar un legado: la antigua licorería y una receta perdida
La historia de la ginebra no nació de la improvisación. Primero surgió un empeño mayor: reactivar la antigua licorería medieval del monasterio, donde antaño se elaboraba el Licor de San Benito. Durante un año y medio, fray Eduardo y varios hermanos investigaron manuscritos, inventarios realizados tras las desamortizaciones del siglo XIX y tratados botánicos medievales, entre ellos los vinculados a Santa Hildegarda de Bingen.
La investigación no solo identificó las hierbas medicinales empleadas en el pasado, sino que permitió rastrear su origen hasta los bosques cercanos del monasterio. Según explican los monjes, esta riqueza botánica se debe en gran parte a un decreto del emperador Carlomagno del siglo VIII —el Capitulare de Villis— que establecía qué plantas debía cultivarse en los monasterios para uso medicinal, alimentario y litúrgico.
El documento funcionaba como una especie de código agrario del Imperio y aún hoy explica la presencia de especies que no son habituales en otros bosques peninsulares. El proyecto requería también superar obstáculos contemporáneos: la instalación del laboratorio, las autorizaciones sanitarias, el diseño de botella y etiqueta, y la distribución en pequeñas series.
Pero el proceso no rompió la lógica benedictina; al contrario, la reforzó. Los jóvenes se encargan de la maceración, los mayores del etiquetado y el almacenaje: el trabajo es comunitario, intergeneracional y orgánico, como la vida del monasterio.
Del enebro al alambique: nace una ginebra artesanal contemplativa
La idea de elaborar ginebra surgió al comprobar que en los bosques de Leyre crecía abundante enebro, la planta clave de esta bebida. Entonces comenzó un nuevo camino: medir plantas, tiempos de maceración, proporciones, grados alcohólicos y estaciones. Cada planta debía recolectarse en su momento justo: el enebro al final del verano; otras raíces antes de la primavera. Algunas requieren hasta treinta días sumergidas en alcohol; otras menos. A diario deben girarse, observarse y registrarse.
El proceso —explica fray Eduardo— es lento, preciso y profundamente contemplativo, no industrial ni improvisado. No es un producto nacido de la prisa, sino de la paciencia. No es una ocurrencia comercial, sino una tradición recuperada. “Somos custodios de un legado. No hemos empezado de cero”, insiste el monje.
El primer lote vio la luz en octubre pasado, coincidiendo con la visita de los Reyes de España y la infanta Leonor al monasterio, ocasión en la que recibieron las primeras botellas. Desde entonces, la ginebra “Monasterio de Leyre”, junto al histórico Licor de San Benito, puede adquirirse en la tienda del monasterio y en algunas parroquias. Las cantidades son pequeñas y no habrá producción masiva: renunciar a la escala es proteger la identidad monástica.
La ginebra se ha convertido así en una metáfora de la vida en Leyre: lenta, silenciosa, artesanal, siempre en diálogo con el bosque y la oración. No es un negocio, sino un gesto cultural y espiritual: devolver vida a una receta medieval y presentarla ante el mundo sin renunciar a la clausura.
Al final, aquello que parecía una curiosidad se ha convertido en un testimonio de algo más profundo: la tradición cristiana no es un museo muerto, sino un árbol que sigue dando fruto si hay manos que lo cultiven.
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