La gran carta del Concilio sobre la Palabra: así enseña Dei Verbum que Dios sigue hablando hoy
20 de enero del 2026
En 1965, cuando concluyó el Concilio Vaticano II, la Iglesia entregó a los fieles un tesoro que sigue marcando la vida cristiana: la Constitución dogmática Dei Verbum, un documento luminoso que explica cómo Dios se revela, cómo se recibe esa Revelación, qué misión cumplen la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio, y por qué el cristiano necesita escuchar la Palabra con corazón dócil.
Se trata de uno de los textos más profundos del Concilio, junto con Lumen Gentium, Sacrosanctum Concilium y Gaudium et Spes, y que permanece vigente para comprender la fe en un tiempo que ha perdido familiaridad con la Biblia.
“Quien escucha la Palabra no recibe una idea, sino una presencia que transforma la vida.”
Dios toma la iniciativa: un encuentro que no nace del hombre
El documento parte de una convicción decisiva: la Revelación no es fruto del razonamiento humano ni una construcción religiosa cultural, sino un acto libre en el que Dios se adelanta y sale al encuentro del hombre. No se trata de un monólogo distante, sino de una relación personal en la que el Creador se da a conocer, se descubre, habla y, como enseña el propio texto conciliar, se muestra como amigo. Esta clave relacional es fundamental para entender que la fe cristiana no se reduce a ideas abstractas, sino que vive de un Tú que se presenta, llama y espera respuesta.
La enseñanza conciliar también subraya otro matiz que da forma a toda la vida cristiana: Dios no comunica únicamente con palabras, sino también con hechos. La historia de la salvación es, precisamente, la historia de los actos con los que Dios ha intervenido en la historia del pueblo elegido y, en su plenitud, en Cristo, Palabra encarnada y centro de toda la Revelación. Por eso Dei Verbum afirma que en Jesús se dijo todo: no queda otra revelación pública pendiente antes de su retorno glorioso. La Iglesia, desde entonces, no espera nuevas doctrinas, sino la fidelidad del creyente y la acogida del don ya recibido.
La Biblia, la Tradición y el Magisterio: tres pilares que no pueden separarse
Una de las contribuciones más importantes de Dei Verbum es la clarificación de cómo llega la Revelación a los fieles. En contra de interpretaciones que o bien absolutizan la Escritura o bien reducen la fe a tradición cultural, el Concilio afirmó que Sagrada Escritura y Tradición forman un único depósito sagrado confiado a la Iglesia. La Tradición transmite lo que los Apóstoles recibieron; la Escritura lo fija por escrito bajo inspiración del Espíritu Santo; y el Magisterio, lejos de situarse por encima, sirve fielmente la Palabra para custodiarla, interpretarla y enseñarla sin traicionarla.
El documento invita además a valorar la Biblia con una profundidad que hoy muchos católicos desconocen. Reconoce la verdadera autoría divina, pero afirma al mismo tiempo que los autores humanos escribieron como auténticos escritores, con su estilo, contexto, cultura y géneros propios. Por otra parte, Dei Verbum recuerda que no es posible comprender el Nuevo Testamento sin el Antiguo ni leer el Antiguo sin la luz del Nuevo: toda la historia de Israel conduce a Cristo y en Cristo alcanza su sentido más pleno.
Una pedagogía de la fe: razón, libertad y llamada a escuchar la Palabra
El Concilio no omitió la dimensión humana. Afirmó, con claridad clásica, que Dios puede ser conocido por la razón a partir de la creación, pero que la Revelación permite un conocimiento más hondo, personal y redentor. Por eso la respuesta a la Palabra no es simplemente un asentimiento intelectual: es la fe entendida como entrega libre, confianza y obediencia del corazón.
En consecuencia, el texto conciliar exhorta a todos los bautizados, no sólo a religiosos o clérigos, a redescubrir la lectura orante de la Escritura. Recupera la enseñanza patrística que sentencia: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. El Concilio invita así a unir la Biblia con la oración para que pueda darse ese “diálogo entre Dios y el hombre”: hablar a Dios cuando se ora, escucharle cuando se lee su Palabra.
Este acento no es menor en un tiempo donde el ruido y la fragmentación dificultan la vida espiritual. La Iglesia recuerda que la fe crece cuando se alimenta de la Palabra proclamada en la liturgia, meditada en la oración y estudiada con asombro. Allí donde el católico descubre la Escritura como alimento cotidiano, Cristo se hace cercano, la inteligencia se ilumina y la fe madura en libertad.
Un documento que sigue siendo brújula para el cristiano del siglo XXI
Han pasado casi seis décadas desde su promulgación y, sin embargo, Dei Verbum continúa siendo uno de los documentos más citados del Magisterio. En él se condensa el modo en que la Iglesia entiende la Revelación y la misión de custodiarla. Allí se encuentran las bases para la teología bíblica, la predicación, la catequesis, el estudio exegético, la misión evangelizadora y la vida litúrgica.
En una cultura que con frecuencia opone razón y fe, o reduce la religión a sentimiento privado, Dei Verbum recuerda que Dios ha hablado realmente, que esa palabra fue acogida por la Iglesia y que sigue resonando en la Escritura proclamada cada domingo. Más aún: el documento desafía a los católicos a abrir la Biblia no como un objeto decorativo en la casa, sino como el lugar donde Cristo sale al encuentro y revela quién es el hombre y cuál es su destino.
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