El Papa urge a aprender la humildad de San Juan Bautista para resistir la cultura del aplauso
19 de enero del 2026
En el tradicional rezo del Ángelus dominical, el Papa León XIV volvió a poner en el centro una cuestión que atraviesa nuestro tiempo: la fascinación por el reconocimiento público y la búsqueda frenética de visibilidad.
Asomado al balcón del Palacio Apostólico, el Pontífice invitó a los fieles a mirar a San Juan Bautista como un modelo luminoso frente a estas tendencias, subrayando su capacidad de hacerse a un lado ante la llegada del Mesías. Su mensaje apuntó directamente al corazón de una cultura marcada por la exposición permanente, el éxito medido en números y la necesidad de aprobación.
“Sólo cuando dejamos de vivir para ser vistos, Dios puede ser visto en nosotros”.
Un profeta que desaparece para que Cristo aparezca
Tomando como punto de partida el pasaje del Evangelio de San Juan donde el Bautista declara: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Papa recordó que la misión de Juan no consistió en acumular seguidores ni prestigio personal, sino en señalar a Otro. Tras proclamar a Cristo como Cordero de Dios, revela el Santo Padre, Juan “se aparta, una vez cumplida su tarea”, reconociendo su pequeñez y dejando espacio a la grandeza del Salvador.
León XIV insistió en una dimensión que, en ocasiones, pasa desapercibida: el Bautista gozaba de popularidad entre la gente y era observado con respeto e incluso temor por parte de las autoridades religiosas. Sin embargo, no se dejó atrapar por el magnetismo del prestigio ni por las expectativas sociales construidas en torno a su figura. Con firmeza espiritual, se negó a aprovecharse de la fama que lo rodeaba y mantuvo un estilo de vida orientado íntegramente a la misión recibida: preparar el camino del Señor.
Esta actitud, explicó el Papa, constituye un verdadero antídoto contra la lógica del protagonismo, muy arraigada tanto en la época de Jesús como en la nuestra.
Una era hipersensible a la visibilidad
Tras presentar la figura del Bautista, el Pontífice desplazó el foco hacia la realidad contemporánea, advirtiendo que nuestra época concede un peso desmedido a la aprobación pública, los consensos y la visibilidad. En un mundo donde la exposición se convierte a menudo en moneda de cambio, las opiniones ajenas comienzan a moldear estados de ánimo, comportamientos y decisiones.
Según León XIV, esta dinámica produce heridas profundas: genera ansiedad, fomenta divisiones, alimenta estilos de vida superficiales y deja tras de sí un reguero de decepciones. El Santo Padre señaló que los llamados “sucedáneos de la felicidad”, basados en el éxito instantáneo y la fama momentánea, acaban vaciando al ser humano de lo esencial.
Frente a esa ilusión, afirmó con claridad que “nuestra grandeza no se basa en las luces del escenario, sino en la certeza de sabernos amados por el Padre”. Su reflexión constituyó una invitación a no confundir la estima social con la vocación personal, ni el aplauso con la alegría verdadera, que sólo procede de la relación filial con Dios.
La vía cristiana: sobriedad, silencio y amor concreto
En su meditación, el Papa describió la forma en que Cristo viene al mundo: no con gestos grandilocuentes ni artificios espectaculares, sino acompañado de cercanía, compasión y paciencia. “Es el Dios que no irrumpe con efectos especiales —subrayó—, sino que se hace compañero de nuestras cargas”.
Por ello exhortó a los fieles a no malgastar energías persiguiendo lo superficial, sino a cultivar un estilo de vida marcado por la sobriedad cristiana. Esa sobriedad, explicó, se manifiesta en prioridades concretas: amar las cosas sencillas, preferir las palabras sinceras, proteger el espacio interior del ruido y reservar cada día un tiempo para el silencio, la oración y la escucha.
El Pontífice vincula este modo de vivir con la libertad interior del Bautista: quien no necesita ser el centro no teme desaparecer cuando Dios aparece. Ese gesto de retirarse a tiempo no es renuncia pasiva, sino acto de fe, reconocimiento de la verdad y expresión de amor. La enseñanza que León XIV propuso este domingo no se limita al ámbito espiritual, sino que interpela a una cultura entera.
En un tiempo deslumbrado por la visibilidad, el Papa recordó que el cristianismo no nació para construir celebridades, sino para formar testigos. Y los testigos —como Juan— no capturan la luz: la señalan.
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