En su primer discurso en el Líbano, León XIV urge a “sanar la memoria” para abrir caminos de paz en un país herido

2 de diciembre del 2025
Isabel

Apenas aterrizó en Beirut, tras cuatro días de un histórico viaje por Turquía, el Papa León XIV dirigió a las autoridades libanesas un discurso de enorme espesor espiritual y político. Sus palabras, pronunciadas en un país marcado por profundas heridas, resonaron como una llamada a la reconciliación desde lo más hondo de la historia. Con la capital aún sacudida por las grietas abiertas de la explosión del puerto y por tensiones geopolíticas que siguen amenazando la estabilidad regional, el Pontífice pidió trabajar por una paz verdadera, aquella que solo es posible cuando las personas y los pueblos se atreven a confrontar su dolor, curar su memoria y caminar juntos hacia un horizonte compartido.

“León XIV recordó al Líbano que solo sanando la memoria y caminando juntos es posible abrir un verdadero camino de paz y reconciliación.”

Un mensaje que interpela a un país fracturado: la memoria como punto de partida

En su primera intervención pública en territorio libanés, el Papa León XIV no esquivó el núcleo del desafío nacional: la incapacidad de avanzar mientras subsistan heridas abiertas. “Si no se trabaja en la sanación de la memoria —advirtió— es difícil avanzar hacia la paz”. Y añadió que tanto agravios como injusticias arrastrados por décadas mantienen a las comunidades “prisioneras de su dolor y de sus razones” cuando no se afrontan con sinceridad y apertura.


Desde el Palacio Presidencial, el Santo Padre recordó que tanto heridas individuales como colectivas pueden necesitar generaciones enteras para sanar. Sus palabras fueron especialmente significativas en Beirut, ciudad que aún sufre el trauma de la devastadora explosión que, cinco años atrás, segó 235 vidas y cuya investigación continúa detenida, generando indignación entre los familiares.


León XIV subrayó que la reconciliación no depende exclusivamente de la voluntad política, aunque la requiere: nace “de abajo”, del corazón de quienes eligen perdonar, pero necesita gobernantes capaces de anteponer el bien común a cualquier interés parcial. “No hay reconciliación duradera sin un objetivo común”, insistió, dejando claro que la paz es siempre una construcción compartida. Antes de su intervención, el presidente Joseph Aoun —cristiano maronita, como exige la Constitución libanesa— tomó la palabra para defender el pluralismo religioso del país y su frágil equilibrio.
“Si los cristianos desaparecen del Líbano, desaparecerá su justicia; si los musulmanes caen, se romperá su moderación”, afirmó, describiendo a la nación como “un espacio único de encuentro”.



Un país que resiste: fidelidad a la tierra, crisis económica y jóvenes tentados a emigrar

La llegada del Papa al Líbano, tras su paso por Turquía —donde los cristianos representan apenas el 1% de la población— le situó ahora ante un país donde conviven cristianos, sunitas y chiitas, pero cuya composición demográfica se ha transformado preocupantemente: desde el 51% de cristianos en 1932 a solo un tercio en la actualidad.

En su discurso, León XIV destacó a quienes, pese a la pobreza, la violencia o la incertidumbre, eligen permanecer en su patria. A esos ciudadanos, afirmó, “les debemos gratitud por atreverse a quedarse, incluso cuando ello supone un sacrificio”.


El Papa dedicó un largo tramo de su mensaje al drama de la emigración juvenil. Cada día, familias enteras abandonan el país en busca de estabilidad, dejando atrás su cultura, su fe y su identidad.
“¿Cómo motivar a los jóvenes para que encuentren la paz en su propia tierra y no fuera de ella?”, preguntó el Pontífice, invitando a reflexionar sobre la urgencia de ofrecerles un futuro que no los expulse.


Consciente del impacto devastador de la crisis económica —inflación descontrolada, servicios públicos colapsados, contratos estatales impagados—, el Papa denunció con fuerza las consecuencias de “una economía que mata”. Sin embargo, animó a los libaneses a no renunciar al sueño de construir juntos “una civilización del amor y de la paz”.


León XIV remarcó que tanto cristianos como musulmanes, junto con la sociedad civil, tienen la responsabilidad de sensibilizar a la comunidad internacional acerca del drama que vive el país: un pueblo que intenta sobrevivir sin perder su dignidad, su fe y su vocación de convivencia.



Un llamado urgente: anteponer la paz, rechazar la radicalización y abrazar la reconciliación


La visita papal se produce en un momento crítico: apenas una semana antes, el ejército israelí había matado al jefe militar de Hizbulá, reavivando el temor de una escalada bélica. El Líbano, marcado por la guerra de 2006 y por episodios violentos recientes, vive en el filo de la tensión permanente.

Ante este escenario, el Papa fue contundente: “Hay que anteponer el objetivo de la paz a todo lo demás”. Explicó que la paz no es simplemente la ausencia de conflicto ni un frágil equilibrio entre partes enfrentadas, sino “saber convivir, en comunión, como personas reconciliadas”.


Se refirió también a la “inestabilidad global” que alimenta la radicalización de las identidades y agrava los conflictos, pero elogió la tenacidad de los libaneses, capaces de “volver a empezar” una y otra vez. El amor a la paz —dijo— no se deja intimidar por derrotas aparentes ni por decepciones, porque sabe ver más allá, impulsado por la esperanza. Subrayó asimismo la importancia del diálogo como camino hacia la reconciliación: “No es necesario aclararlo todo antes de dar cualquier paso”, afirmó. La paz, explicó, no nace de tener todas las respuestas, sino de la voluntad de escucharse y caminar juntos.


En uno de los momentos más aplaudidos, el Papa reconoció el papel insustituible de las mujeres en la construcción de la paz. Recordó que ellas, presentes en todos los ámbitos de la vida nacional, se convierten a menudo en guardianas del diálogo y de la cohesión: “Las mujeres saben custodiar y desarrollar vínculos profundos con la vida, con las personas y con los lugares. Su contribución es imprescindible.”


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