Jueves Santo: la Iglesia entra en el corazón del misterio al celebrar la Última Cena del Señor

2 de abril del 2026

La institución de la Eucaristía y el sacerdocio marca el inicio del Triduo Pascual, el tiempo más sagrado del año litúrgico


La Iglesia universal se adentra hoy en el núcleo más profundo de su fe. El Jueves Santo no es un día más dentro de la Semana Santa: es la puerta que abre el Triduo Pascual, el umbral desde el que los cristianos contemplan el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.



En esta jornada, los fieles vuelven espiritualmente al Cenáculo para revivir la Última Cena, el momento en el que Cristo, antes de entregarse por la humanidad, dejó a su Iglesia el mayor regalo: su presencia real en la Eucaristía y el ministerio sacerdotal para perpetuarla en el tiempo.


“En el Cenáculo, Cristo no solo anticipa su entrega: se queda para siempre en la Eucaristía y nos enseña que amar es servir hasta el extremo.”

El Cenáculo: donde nace la Iglesia

El Jueves Santo es, ante todo, memoria viva de un acontecimiento fundacional.

En la intimidad de la Última Cena, Jesús se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua, pero lo que allí sucede transforma para siempre la historia de la salvación. El pan deja de ser solo pan y el vino deja de ser solo vino: se convierten en su Cuerpo y su Sangre.


No se trata de un símbolo ni de un simple recuerdo. Como recordaba el Papa Francisco, la Eucaristía es un memorial vivo, una presencia real que se renueva en cada celebración. Ese gesto, aparentemente sencillo, inaugura una nueva forma de estar de Dios en medio de los hombres: una presencia silenciosa, humilde y constante que acompaña la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos.



El inicio del Triduo Pascual: el tiempo más sagrado

Con la celebración de la tarde del Jueves Santo, la Iglesia entra oficialmente en el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. Estos tres días —Jueves, Viernes y Sábado Santo— no son celebraciones aisladas, sino un único misterio que se despliega progresivamente: la entrega de Cristo, su muerte en la cruz y su victoria sobre la muerte. El Jueves Santo marca, por tanto, el comienzo de este itinerario espiritual, invitando a los fieles a vivirlo con recogimiento, fe y profundidad.



La Misa Crismal: unidad del sacerdocio y vida sacramental

La jornada comienza con una de las celebraciones más significativas del año: la Misa Crismal. En ella, el obispo, junto con todos los sacerdotes de la diócesis, consagra el Santo Crisma y bendice los óleos que serán utilizados en los sacramentos a lo largo del año. Pero esta celebración va más allá de un rito litúrgico. Es también un momento de comunión eclesial en el que los sacerdotes renuevan sus promesas, reafirmando su entrega al servicio de Dios y de su pueblo. Se trata de una expresión visible de la unidad de la Iglesia en torno a su pastor y de la continuidad de la vida sacramental.



La Cena del Señor: el testamento del amor

Al caer la tarde, la Iglesia celebra la Misa de la Cena del Señor, el corazón del Jueves Santo. En esta liturgia, los fieles son invitados a revivir lo sucedido en el Cenáculo: la institución de la Eucaristía, el mandato del amor y el gesto del lavatorio de los pies. Este último, profundamente simbólico, revela la esencia del mensaje de Cristo: el amor se expresa en el servicio.

Jesús, el Maestro, se inclina ante sus discípulos y les lava los pies, estableciendo un modelo que rompe con toda lógica humana de poder y dominio.



El mandamiento nuevo: amar como Cristo

En el contexto de la Última Cena, Jesús pronuncia unas palabras que resumen el corazón del Evangelio: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Este “mandamiento nuevo” no es una simple recomendación moral, sino una llamada radical a vivir el amor hasta las últimas consecuencias.

Amar como Cristo implica entrega, sacrificio y disponibilidad. Es una invitación a salir de uno mismo para poner al otro en el centro.

El Jueves Santo recuerda que la vida cristiana no se entiende sin este horizonte de caridad.



La institución del sacerdocio: servicio para la Iglesia

Junto a la Eucaristía, el Señor instituye también el sacramento del Orden sacerdotal. Al decir “haced esto en memoria mía”, confía a sus apóstoles la misión de perpetuar su presencia en el mundo a través de la celebración eucarística. El sacerdocio nace, por tanto, inseparablemente unido a la Eucaristía y al servicio de la comunidad. Este día es también una ocasión para orar por los sacerdotes, agradecer su entrega y redescubrir la importancia de su misión en la vida de la Iglesia.



La vida sacramental: un antes y un después

El Jueves Santo marca un punto de inflexión en la historia de la salvación.

A partir de este momento, la relación entre Dios y el hombre se vive de manera nueva, a través de los sacramentos. La Eucaristía se convierte en el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia.

En ella, los fieles no solo recuerdan a Cristo, sino que se encuentran realmente con Él.



Una invitación a la reconciliación y al amor

Este día invita también a revisar las relaciones personales y a buscar la reconciliación. El ejemplo de Cristo, que se abaja para servir, interpela a cada creyente a vivir la humildad, el perdón y la caridad.

No basta con participar en la celebración litúrgica; es necesario dejar que ese misterio transforme la vida concreta.



El silencio que prepara la Cruz

Tras la celebración de la Cena del Señor, el ambiente cambia.

El Santísimo Sacramento es trasladado a un lugar de reserva, y el altar queda despojado, anticipando el dolor del Viernes Santo. La Iglesia entra en un clima de recogimiento y oración, acompañando a Jesús en su agonía en Getsemaní.



El comienzo de un misterio que culmina en la vida

El Jueves Santo no se entiende sin el Viernes Santo ni sin la Pascua.

Es el inicio de un camino que conduce a la Cruz, pero también a la Resurrección.

En este día, la Iglesia contempla el amor de Cristo que se entrega y permanece, un amor que no se agota y que sigue presente en cada Eucaristía.



Una llamada a vivir el amor en lo cotidiano

En definitiva, el Jueves Santo es una invitación a entrar en el misterio del amor de Dios. Un amor que se hace alimento, servicio y entrega.

Un amor que transforma la vida y que llama a cada cristiano a vivir con la misma lógica de donación. Porque en el Cenáculo, Cristo no solo instituyó sacramentos: nos enseñó que la verdadera grandeza está en amar hasta el extremo.


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