La alegría en la Cuaresma

16 de marzo del 2026
Rerum Novarum

En medio del camino cuaresmal, la liturgia nos regala una palabra sorprendente: ¡Alégrate! Este cuarto domingo, llamado Domingo Laetare (“Alégrate”), introduce una nota de luz en el itinerario austero de la Cuaresma. Nos recuerda que incluso en medio del desierto puede brotar la alegría. No se trata de una alegría superficial ni ruidosa, ni de un optimismo ingenuo que pretende negar el sufrimiento o ignorar la cruz.


La alegría cristiana no es evasión ni anestesia espiritual: es una alegría discreta, profunda y pascual que nace precisamente cuando la vida se vuelve árida. Es la alegría que brota de la confianza en Dios, de saber que Dios nos ama y permanece fiel incluso en medio del desierto.

La alegría cristiana no es evasión ni anestesia espiritual: es una alegría discreta, profunda y pascual.”

Todos conocemos lo que significa atravesar desiertos, como situaciones de incertidumbre, dificultades económicas o tensiones familiares. O momentos de cansancio espiritual, de dudas, de sequedad en la oración y de preguntas sin respuesta. Nos gustaría experimentar a Dios con claridad, sentir su presencia con fuerza o percibir su cercanía de manera evidente.


Este domingo nos recuerda algo esencial: Dios no abandona el desierto. El desierto no es sólo lugar de prueba, sino también lugar de encuentro. La historia de la salvación está llena de desiertos habitados por la presencia de Dios. En el desierto el pueblo de Israel aprendió a confiar en Dios; en el desierto los profetas escucharon la voz del Señor; en el desierto Juan el Bautista preparó el camino del Mesías; y en el desierto Jesús mismo fue fortalecido para su misión.


El desierto no es pues ausencia de Dios, sino el lugar donde Dios purifica, educa y fortalece la fe. Por eso la alegría cristiana puede existir incluso en medio de las pruebas y de la fragilidad. De hecho, la verdadera alegría nace precisamente allí donde se reconocen los propios límites: cuando se deja de confiar exclusivamente en las propias fuerzas y se aprende a apoyarse en la fidelidad de Dios. La alegría del Evangelio tiene una raíz profunda: la certeza de que Dios nos ama y camina con nosotros.


Esta es la razón por la que la Iglesia puede decir hoy: ¡Alégrate! No porque todo vaya bien, ni porque las dificultades desaparezcan de repente, sino porque Dios no abandona a su pueblo en el camino. Incluso cuando nos cansamos, Él permanece fiel. Incluso cuando nuestra esperanza se debilita, Él sigue sosteniendo la historia.                                                                                                                                                                                   

La alegría cristiana no niega la cruz. La contempla con realismo, pero también con esperanza. Sabemos que la cruz no es el final del camino. La cruz es el paso a la resurrección. Por eso, en medio del camino cuaresmal aparece este domingo como una ventana abierta hacia la Pascua. Todavía seguimos caminando, todavía queda esfuerzo, todavía hay conversión por realizar. Pero ya se vislumbra la luz de la Pascua.

Autor: Casimiro López Llorente, Obispo de Segorbe-Castellón

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