La Iglesia que hemos dejado de ver
07 de noviembre del 2026
Autor: Ignacio Hernández Gilfedder
Ser católico implica ver más allá de la realidad material. Implica saber intuir y descifrar la realidad espiritual que encierra todo lo que nos rodea. Exige fundar nuestra fe en verdades que no pueden tocarse ni demostrarse mediante el método científico, pero que tienen todo el sentido lógico cuando se contemplan desde una inteligencia diferente y complementaria a la razón que usamos en nuestra vida cotidiana.
El ser humano posee una inteligencia espiritual capaz de comprender, de una forma muy natural, realidades sobrenaturales complejas. Es una parte de nuestra capacidad cognitiva que conserva la inocencia de un niño y, al mismo tiempo, posee la profundidad y la sabiduría del más viejo de los hombres. Es el terreno virgen de nuestro intelecto, propio de nuestra naturaleza humana, capaz de conectarnos con nuestra realidad trascendente, y donde operan la gracia divina, la fe y, sobre todo, el amor.
El amor no entendido como mero sentimiento o emoción, sino como don de Dios que habita en nosotros por medio del Espíritu Santo. Desde Pentecostés hasta nuestros días, el Espíritu Santo une a la Iglesia y la sostiene en una misión que continúa la de los apóstoles a través de la sucesión apostólica. He aquí lo que se encuentra en el epicentro del significado de ser Iglesia. Este es el verdadero significado de la Iglesia: no sólo una institución, sino una comunidad reunida y vivificada por Dios.
El reto al que nos enfrentamos es que nuestra inteligencia racional asumió hace mucho tiempo un papel demasiado dominante en la construcción de nuestra cosmovisión. Poco a poco, nos fue empujando a un callejón sin salida, lleno de trampas. Hoy, todas las realidades que no pueden explicarse mediante conceptos materiales o relacionarse con conceptos y palabras conocidos se tachan de falsas o de simples ilusiones. La modernidad, y todo lo que conlleva, ha enterrado nuestra capacidad de apreciar y comprender el espíritu que existe como telón de fondo de la realidad mundana. La realidad mundana se ha convertido en el prisma desde el cual valoramos y comprendemos toda nuestra realidad.
Comprender la Iglesia
Una de las víctimas más evidentes de esta deriva ha sido, sin duda, la Iglesia. La Iglesia, hogar y cobijo del católico, es percibida como una institución jerárquica y dogmática, sustentada en principios de poder y dominación. Lo curioso de esta definición es que podría servir también para describir muchas de las grandes corporaciones e instituciones globales que dominan la escena política o empresarial. Y eso ocurre porque como toda realidad humana, también la dimensión institucional de la Iglesia puede estar marcada por la imperfección de quienes la formamos.
La Iglesia, en su dimensión visible e institucional, ha atravesado un proceso continuo de simplificación conceptual que ha contribuido a que se la perciba desde los parámetros de la inteligencia racional de los hombres. Se la ve, ante todo, como una organización con sus jerarquías, políticas y procesos, que custodia el dogma católico. Así, se la ha reducido a la parte más mundana y menos divina de su naturaleza. Y nos hemos alejado, hasta casi olvidar, su hecho fundacional, su auténtica naturaleza, su esencia.
Los primeros cristianos no fundaron una asociación a la cual poder pertenecer. No acudieron a una iglesia barroca construida para orar. Los primeros cristianos se unieron y reunieron, poniendo en riesgo sus vidas, por una llamada. Por algo que impulsó a su espíritu a entregarse a un cuerpo espiritual superior. Los primeros cristianos al mirarse unos a otros sentirían seguramene algo parecido a “somos un sólo espíritu, el espiritu de Cristo”. Esa unión espiritual precedió y fue dando forma a una realidad material posterior, consecuencia lógica de su expansión y consolidación durante siglos. Ambas forman parte de la Iglesia, pero la realidad espiritual es su esencia fundante.
Comprender la Iglesia exige, por tanto, algo más que observar su organización visible. Exige reconocer en ella la obra de Cristo, que la reúne y la vivifica por el Espíritu Santo. Cristo confió su misión a los apóstoles, y en Pentecostés la Iglesia recibió la fuerza del Espíritu para llevarla al mundo. Desde entonces, esa misión continúa por medio de la sucesión apostólica.
Por eso, la Iglesia no es únicamente una institución: es el Cuerpo Místico de Cristo y su Esposa. Y por eso también la llamamos Madre: porque nos engendra a la vida de la fe, nos alimenta con los sacramentos y nos reúne en la comunión de Cristo. Solo cuando aprendemos a mirar con esa inteligencia espiritual podemos empezar a comprender que, bajo su realidad humana y visible, vive el misterio de la presencia de Cristo en medio de nosotros.
Nota final
Es posible que al leer estas líneas pienses que las expresiones «Cuerpo de Cristo», «Esposa» y «Madre» son solo símbolos o alegorías. Pero no. No son imágenes vacías ni simples recursos para explicar la Iglesia: expresan realidades espirituales verdaderas.Nuestro intelecto, sin embargo, apagó desde hace tiempo su capacidad para comprender esta realidad espiritual y sobrenatural.
Si, por un momento, dejas de mirar la realidad exclusivamente desde su dimensión material y reconoces también la realidad espiritual del ser humano, podrás comprender mejor estas afirmaciones:
- Cuerpo Místico de Cristo. La unión entre Cristo y todos los bautizados es real y espiritual. Cristo es la cabeza, nosotros somos los miembros. El Espíritu Santo nos da vida y nos une a través del amor, formando un solo cuerpo.
- La Iglesia es esposa de Cristo, porque Cristo la ama, y se entrega por ella y de esa unión, de ese amor, nace su fecundidad espiritual, su capacidad para ser madre.
- La Iglesia es Madre porque nos engendra, nos da vida mediante el bautismo, y mediante su magisterio y los sacramentos nos acompaña, cuida y ayuda a crecer.
La Iglesia es mucho más de lo que ven nuestros ojos
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