Los viernes, una cita con el Amor crucificado

06 de noviembre del 2026
Autor: Guillermo Luengo

Cada semana, la Iglesia invita a los fieles a detenerse ante el mayor acontecimiento de la historia, la Pasión y Muerte de Jesucristo. Lejos de ser una costumbre del pasado, la devoción de los viernes sigue recordando al cristiano el precio de su redención y la profundidad del amor de Dios.


El día en que cambió la historia


Hay días que quedan grabados para siempre en la memoria de los pueblos, fechas que marcan un antes y un después y que vuelven una y otra vez porque contienen algo esencial para comprender quiénes somos. Para los cristianos, el Viernes Santo ocupa ese lugar singular, porque en aquella jornada aparentemente oscura sucedió el acontecimiento que transformó la relación entre Dios y el hombre.


Por eso la Iglesia quiso que cada viernes del año conservara algo de aquella memoria sagrada, no se trata únicamente de recordar un hecho histórico, ni de evocar con nostalgia una escena del pasado, sino de volver una y otra vez al centro mismo de la fe cristiana, allí donde Cristo entregó libremente su vida por la salvación del mundo.


La Cruz no es un accidente dentro del Evangelio, tampoco el desenlace inesperado de una misión fracasada. Desde el comienzo constituye el camino elegido por Dios para manifestar hasta dónde llega su amor por la humanidad, por eso cada viernes nos recuerda precisamente esa verdad: fuimos amados hasta el extremo.



Una sociedad que huye del sacrificio


Esta devoción adquiere una fuerza especial en una época que parece rechazar cualquier forma de sacrificio, vivimos rodeados de mensajes que prometen comodidad inmediata, satisfacción constante y la eliminación de cualquier sufrimiento. La cruz, en cambio, aparece como una contradicción de esa lógica moderna.


Sin embargo, el cristianismo nunca ha glorificado el dolor por sí mismo, a Iglesia no propone mirar la Pasión para recrearse en el sufrimiento, sino para descubrir el amor que se esconde detrás de él, Cristo no busca el dolor, sino la salvación del hombre, y está dispuesto a atravesar el sufrimiento para alcanzarla.


Ahí reside la diferencia fundamental, mientras el mundo contempla la Cruz y ve únicamente derrota, el creyente contempla la misma escena y descubre una victoria silenciosa que está comenzando a desplegarse.


El camino hacia el Calvario


Jerusalén despertó aquella mañana como cualquier otro día: los comerciantes abrían sus puestos, los peregrinos recorrían las calles y las conversaciones seguían su curso habitual, sin embargo, mientras la ciudad continuaba inmersa en sus asuntos cotidianos, un hombre avanzaba lentamente cargando un madero sobre sus hombros.


Algunos observaban con curiosidad, otros con desprecio, muchos con indiferencia, pocos comprendían que el destino espiritual de la humanidad caminaba por aquellas calles polvorientas.


La escena conserva una sorprendente actualidad, también hoy podemos quedar absorbidos por nuestras preocupaciones, nuestros horarios y nuestras urgencias, sin advertir que Cristo continúa saliendo a nuestro encuentro, seguimos siendo capaces de pasar junto a la Cruz sin detenernos a contemplarla, de escuchar el Evangelio sin dejarnos interpelar por él, de acostumbrarnos tanto a los símbolos cristianos que terminamos olvidando lo que significan.


Por eso los viernes llegan como una llamada discreta pero firme, una invitación a levantar la mirada y acompañar al Señor en las últimas horas de su vida terrena.



Cada herida habla de amor


Los santos comprendieron muy bien este misterio, cuanto más se acercaban a Cristo, más deseaban contemplar su Pasión, porque descubrían en ella un lenguaje que no puede encontrarse en ningún otro lugar.


Cada gesto del Calvario revela algo sobre el corazón de Dios: las espinas hablan de una humillación libremente aceptada, los clavos muestran una entrega total, el silencio de Cristo ante las acusaciones manifiesta una mansedumbre que desarma toda violencia humana.


Contemplar la Pasión significa descubrir que Dios no amó a la humanidad de forma abstracta, la amó concreta y personalmente, acompañando hasta el final la fragilidad de los hombres. En la Cruz encontramos a un Dios que no permanece distante del sufrimiento humano, sino que decide atravesarlo desde dentro para redimirlo.


Por eso tantos fieles encuentran en la contemplación del Crucificado una fuente inagotable de consuelo, quien se sabe amado por Cristo en la Cruz comprende que ninguna herida, ninguna caída y ninguna oscuridad tienen la última palabra.



La pedagogía espiritual de los viernes


La tradición cristiana ha desarrollado diversas prácticas para vivir esta jornada con un espíritu particular. La abstinencia, el rezo del Vía Crucis, los misterios dolorosos del Rosario o unos momentos de oración ante el sagrario son expresiones distintas de una misma actitud interior.


La finalidad de estas prácticas no consiste en cumplir una obligación externa. Su verdadero sentido está en ayudar al creyente a recordar aquello que fácilmente olvida. En medio del ritmo acelerado de la vida moderna, el viernes introduce una pausa, una pequeña interrupción que nos permite volver a lo esencial.


Además, la penitencia cristiana nace siempre de la gratitud. No pretende comprar el amor de Dios, porque ese amor ya ha sido entregado plenamente en Cristo. Más bien constituye una respuesta humilde, el deseo de corresponder, aunque sea de manera limitada, a quien lo ha dado todo.


Volver al pie de la Cruz


Quizá el mayor riesgo espiritual de nuestro tiempo no sea el rechazo abierto de la Cruz, sino la indiferencia ante ella. La vemos con tanta frecuencia que puede dejar de sorprendernos. Está presente en templos, hogares, escuelas y hospitales, pero precisamente por esa familiaridad corremos el peligro de no percibir la grandeza que encierra.


Cada viernes ofrece la oportunidad de recuperar ese asombro. Invita a contemplar nuevamente a Cristo crucificado y a descubrir que el acontecimiento central del cristianismo no fue una demostración de fuerza, sino una demostración de amor.


Porque al final, la devoción de los viernes no consiste simplemente en recordar una muerte ocurrida hace dos mil años. Consiste en encontrarse con un Amor que sigue vivo, que continúa llamando a cada hombre y a cada mujer, que permanece abierto como los brazos de Cristo en la Cruz y que sigue transformando la historia desde el silencio fecundo del Calvario.


Ese es el verdadero sentido de los viernes cristianos: volver, una vez más, al lugar donde el Amor venció para siempre.


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