León XIV en una parroquia junto a Termini: “La libertad no se conquista alejándose de Dios, sino diciendo sí a su amor”
23 de febrero del 2026
El Papa visita el Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio y recuerda que el Bautismo es la fuente de la verdadera libertad, capaz de transformar los contrastes sociales en fraternidad
Entre el bullicio constante de trenes que llegan y parten, mochilas apresuradas y rostros anónimos que cruzan la estación Termini, el Papa León XIV quiso detener el paso. Este domingo, en pleno itinerario cuaresmal por las parroquias de Roma, celebró la Eucaristía en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, situada en el barrio de Castro Pretorio, una zona donde la grandeza y la fragilidad humana conviven a escasos metros de distancia.
No fue una visita protocolaria, sino profundamente pastoral. En un territorio marcado por fuertes contrastes —estudiantes y trabajadores junto a personas sin hogar, refugiados y familias en dificultad, oportunidades de bien y heridas sociales abiertas— el Santo Padre proclamó con claridad que la auténtica libertad no nace de la autosuficiencia, sino de la adhesión confiada a Dios.
“La libertad alcanza su plenitud cuando el corazón humano se atreve a decir sí a Dios y a su amor.”
Redescubrir el Bautismo: fuente de una libertad nueva
La homilía del Papa se centró en un núcleo esencial de la vida cristiana: el Bautismo. León XIV invitó a los fieles a vivir la Cuaresma como un tiempo privilegiado para redescubrir este sacramento que inaugura una vida nueva y configura al creyente con Cristo.
Al hilo de las lecturas proclamadas —el relato del Génesis y el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto— el Pontífice explicó que la historia de la caída no debe entenderse simplemente como una prohibición transgredida, sino como el drama de una libertad mal interpretada. El ser humano, creado libre, está llamado a reconocer la diferencia entre criatura y Creador, aceptando que su plenitud no se encuentra en sustituir a Dios, sino en acoger su amor.
La serpiente, señaló, introduce la sospecha: la idea de que la verdadera felicidad consiste en emanciparse de Dios y convertirse en medida absoluta de uno mismo. Esa tentación, tan antigua como actual, promete una libertad sin límites, pero conduce a la ruptura y al vacío.
Frente a esta ilusión, Cristo ofrece la respuesta definitiva. En el desierto, rechazando las seducciones del poder, del éxito fácil y del dominio, Jesús muestra el rostro del hombre verdaderamente libre: aquel que se abandona en el Padre y confía en su voluntad.
El Papa recordó que en el misterio del Verbo encarnado se ilumina plenamente el misterio del hombre, evocando la enseñanza del Concilio Vaticano II. En Cristo se revela que la libertad no es afirmación egoísta, sino donación.
Una libertad que se hace entrega y fraternidad
León XIV subrayó que el Bautismo no es un simple rito del pasado, sino una fuerza viva que actúa en el corazón del creyente. Es una voz interior que impulsa a configurarse con Jesús, liberando la libertad de sus deformaciones y orientándola hacia el amor.
Frente a una concepción moderna de libertad entendida como pura autonomía o capacidad de elegir sin referencia a la verdad, el Papa propuso una visión profundamente evangélica: la libertad que se realiza en la entrega. “No es la búsqueda del propio poder lo que nos hace libres, sino el amor que se da”, afirmó en sustancia. Esta libertad, lejos de encerrarse en el individualismo, genera comunión, crea vínculos y construye fraternidad.
En este contexto, la Cuaresma aparece como un camino de purificación, una oportunidad para volver a la fuente bautismal y dejar que la gracia renueve la vida. Es tiempo de revisar las propias opciones, de confrontarse con las tentaciones que seducen el corazón y de optar nuevamente por el sí confiado a Dios.
Una parroquia en el corazón de las contradicciones del mundo
El escenario de esta celebración no fue casual. Castro Pretorio es un cruce de caminos donde las luces y sombras de nuestro tiempo se hacen visibles. En pocos metros, explicó el Papa, pueden observarse realidades muy dispares: viajeros que se desplazan con comodidad y personas que no tienen techo; jóvenes llenos de sueños y víctimas de la exclusión; honestos trabajadores y redes de tráfico de droga o prostitución.
León XIV no eludió estas tensiones. Por el contrario, invitó a la comunidad parroquial a asumir su misión con valentía, convirtiéndose en fermento del Evangelio en medio de esa complejidad social. Agradeció de manera especial la labor de los salesianos, presentes en la parroquia, por mantener viva una llama de esperanza en un contexto desafiante. La misión —subrayó— no consiste en aislarse del entorno, sino en hacerse cargo de las heridas del territorio, ofreciendo cercanía, caridad y acompañamiento.
La Iglesia, recordó, está llamada a ser presencia activa en medio de la ciudad, signo de una libertad reconciliada que se traduce en obras concretas de amor.
Una acogida marcada por la alegría y la cercanía
El Papa llegó al templo poco después de las ocho de la mañana. Las campanas repicaron con fuerza y los fieles, congregados en el patio, lo recibieron con aplausos y emoción visible. Una pancarta con el mensaje “Bienvenido, Papa León XIV” adornaba la fachada, mientras un retrato del Pontífice junto a la imagen de san Juan Bosco evocaba la tradición salesiana de servicio a los jóvenes.
Entre los presentes se encontraban responsables diocesanos, religiosos y representantes de diversas comunidades vinculadas a la parroquia. Jóvenes, catequistas, voluntarios y personas asistidas por la comunidad se acercaron a saludar al Santo Padre, que correspondió con gestos de afecto y palabras sencillas. Antes de comenzar la celebración, León XIV dejó una breve exhortación ante los medios: “Recemos por la paz”. Un llamado sobrio pero elocuente, que situó la visita en el horizonte más amplio de la misión universal de la Iglesia.
Decir sí a Dios en medio del mundo
La visita del Papa al Sagrado Corazón de Jesús no fue solo una etapa más en su recorrido cuaresmal por las parroquias de Roma. Fue una catequesis viva sobre el sentido de la libertad cristiana. En un barrio donde las tensiones sociales son palpables, el Pontífice proclamó que la verdadera renovación comienza en el corazón, cuando el hombre se atreve a confiar en Dios. Decir sí al Creador no empobrece la libertad, sino que la eleva y la plenifica.
El Bautismo, recordó, es la fuente de esta vida nueva. De él nace una humanidad reconciliada, capaz de amar sin miedo y de construir fraternidad allí donde parecen dominar la indiferencia y la fragmentación.
En el corazón de Roma, junto a una estación que simboliza el tránsito constante de la historia, León XIV dejó una certeza luminosa: la libertad auténtica no consiste en desligarse de Dios, sino en abrazar su amor y convertirlo en servicio para los hermanos.
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