San Francisco Marto: el niño que enamoró su alma del “Jesús Escondido” y fue santo con una sola Comunión

24 de febrero del 2026

A 20 de febrero, la Iglesia recuerda al pequeño pastor de Fátima cuya única Comunión bastó para transformar su vida en una ofrenda total de amor y reparación


En un mundo que mide la grandeza por los logros visibles y la cantidad de experiencias acumuladas, la vida de un niño de apenas diez años sigue desafiando nuestras categorías. San Francisco Marto, uno de los pastorcitos de Fátima, no escribió libros ni fundó congregaciones, no predicó ante multitudes ni recibió una larga vida para realizar obras extraordinarias. Sin embargo, su breve existencia dejó una huella profunda en la espiritualidad de la Iglesia: vivió consumido por el amor a la Eucaristía y recibió la Comunión una sola vez en su vida.



Cada 20 de febrero, junto a su hermana Santa Jacinta Marto, la Iglesia conmemora a estos pequeños videntes que, junto a su prima Lucía dos Santos, fueron testigos de las apariciones de la Virgen en Fátima. Pero Francisco, en particular, destaca por un rasgo que conmueve: su íntima relación con lo que él llamaba con ternura el “Jesús Escondido”.


“Una sola Comunión, vivida con amor ardiente, puede transformar una vida entera y conducirla a la santidad.”

Un niño conquistado por la presencia real de Cristo

Desde las primeras apariciones del Ángel de la Paz y, posteriormente, de la Virgen María en 1917, la vida de Francisco adquirió un rumbo interior muy definido. Si bien los mensajes marianos contenían llamados urgentes a la conversión y a la oración por la paz del mundo, en el corazón del pequeño pastor se encendió especialmente un deseo: consolar a Jesús, ofendido por los pecados de la humanidad.


Francisco no se dejó arrastrar por la curiosidad o el protagonismo que podían generar aquellos acontecimientos extraordinarios. Su carácter era silencioso, recogido, profundamente contemplativo. Mientras otros niños corrían tras el juego y la distracción, él buscaba el templo del pueblo para permanecer ante el Sagrario.


Allí, frente a la presencia real de Cristo, pasaba largos momentos en silencio. No necesitaba palabras complicadas ni discursos elaborados. Su oración era sencilla y directa: estar con Jesús, acompañarlo, ofrecerle su amor. Para él, el Sagrario no era un objeto litúrgico, sino el lugar donde habitaba su Amigo más querido.


El apelativo “Jesús Escondido” expresa esa mirada infantil y profunda al mismo tiempo. Francisco comprendía que, bajo las apariencias humildes del pan consagrado, se encontraba verdaderamente el Señor.



La enfermedad como camino de unión con la Cruz

La vida de Francisco estuvo marcada por la fragilidad física. Tras las apariciones, una epidemia de gripe se extendió por Europa y también alcanzó a los pequeños videntes. La enfermedad no solo debilitó su cuerpo, sino que se convirtió en un nuevo espacio de ofrecimiento.

Lejos de rebelarse ante el sufrimiento, Francisco lo asumió como una manera de participar en la Pasión de Cristo y de responder al llamado de reparación que la Virgen había transmitido. Su dolor no fue vivido como castigo, sino como oportunidad de amar más.


En medio de la enfermedad, un deseo se volvió prioritario en su corazón: recibir la Comunión antes de morir. No se trataba de un simple rito, sino del anhelo profundo de unirse sacramentalmente a Aquel a quien había adorado en silencio durante tantos meses. Su preparación fue ejemplar. Se confesó con seriedad, rezó con fervor y guardó recogimiento.


Entendía perfectamente que no iba a recibir “algo”, sino a Alguien: a Cristo mismo. El día en que finalmente recibió la Eucaristía fue, según testigos, el momento culminante de su vida. Aquella única Comunión fue suficiente. Pocos días después, el 4 de abril de 1919, entregó su alma a Dios.



Una sola Comunión que bastó para hacerlo santo

Puede parecer paradójico que alguien que recibió la Eucaristía solo una vez sea recordado como modelo de amor eucarístico. Sin embargo, la historia de Francisco demuestra que la santidad no depende de la cantidad de veces que nos acercamos a los sacramentos, sino de la disposición del corazón con que lo hacemos.


La suya fue una Comunión intensamente preparada y profundamente vivida. Fue el encuentro definitivo con el “Jesús Escondido” al que había acompañado tantas horas en el Sagrario. En una época en la que muchos cristianos corren el riesgo de acercarse a la Eucaristía con rutina o superficialidad, el testimonio de este pequeño pastor plantea una pregunta inquietante y necesaria: ¿cómo nos acercamos nosotros al altar?

Francisco no tuvo tiempo para una larga trayectoria espiritual, pero sí para una entrega total. Su amor por Jesús fue absoluto, sencillo y sin reservas.



Una lección para la Iglesia de hoy

La vida de San Francisco Marto es una invitación a redescubrir la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana. En medio de agendas saturadas, distracciones constantes y superficialidad espiritual, su ejemplo recuerda la importancia del silencio, la adoración y la presencia fiel ante el Sagrario. No buscó reconocimiento ni protagonismo. No quiso ser recordado por las apariciones, sino por su deseo de consolar a Jesús. Su santidad se forjó en lo oculto, en la intimidad de una iglesia sencilla, en el ofrecimiento de pequeños sacrificios diarios.


La Iglesia reconoce en él un modelo especialmente para los niños, pero también para los adultos que desean vivir una fe auténtica. Su canonización en 2017 confirmó que la santidad no tiene edad y que el amor sincero a Cristo basta para alcanzar la plenitud.



Redescubrir al “Jesús Escondido”

Hoy, cuando celebramos su memoria junto a la de Santa Jacinta, la figura de Francisco Marto se alza como un faro que orienta hacia el centro de la vida cristiana: la Eucaristía. Su historia no es simplemente un recuerdo piadoso del pasado. Es una llamada actual a volver al Sagrario, a permanecer en silencio ante el Señor, a ofrecer nuestra vida —con sus alegrías y dolores— como acto de amor.


Una sola Comunión transformó su existencia y la convirtió en ofrenda total. En su breve vida, Francisco comprendió lo esencial: que Jesús no es una idea ni un símbolo, sino una presencia viva que espera ser amada.

Desde Fátima, aquel pequeño adorador del “Jesús Escondido” sigue recordándonos que la santidad comienza cuando el corazón aprende a confiar, a callar y a amar sin medida.


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