Más allá del plato: el ayuno que enseñaba Don Bosco para transformar el corazón en Cuaresma
25 de febrero del 2026
El santo de los jóvenes proponía “hacer ayunar” los ojos, los oídos y la lengua para vivir una penitencia más profunda y auténtica
En el imaginario de muchos fieles, la Cuaresma está asociada casi exclusivamente a la renuncia a determinados alimentos. Sin embargo, la tradición espiritual de la Iglesia ha recordado siempre que el verdadero ayuno va mucho más allá de la mesa. Entre quienes lo enseñaron con claridad se encuentra San Juan Bosco, el gran educador de la juventud, que invitaba a practicar un ayuno integral: un dominio consciente de los sentidos y del propio cuerpo.
Mientras cumplía con rigor las normas eclesiales sobre el ayuno y la abstinencia, Don Bosco exhortaba a los jóvenes a ejercitar una mortificación más amplia, capaz de purificar la mirada, la escucha y la palabra. Su propuesta, recogida en las Memorias biográficas del santo, sigue resonando hoy con sorprendente actualidad.
“El ayuno verdadero no solo priva al cuerpo de alimento, sino que enseña al alma a gobernar los sentidos y a obedecer a la gracia.”
Ayunar los sentidos: una pedagogía del dominio interior
En una ocasión, según relatan sus biógrafos, Don Bosco animó a los jóvenes a no permitir que el cuerpo se impusiera sobre el espíritu. Para él, la Cuaresma era una escuela de libertad interior, un tiempo propicio para aprender a ordenar los impulsos y orientar la vida hacia Dios.
El santo hablaba de “hacer ayunar a los ojos”. Con ello no se refería únicamente a cerrar la mirada, sino a educarla. Invitaba a evitar imágenes, lecturas o espectáculos contrarios a la virtud y a la fe, entendiendo que lo que entra por los ojos influye profundamente en el corazón. La modestia y la pureza no eran para él conceptos abstractos, sino hábitos que se construyen mediante decisiones concretas.
También proponía “hacer ayunar a los oídos”. Esto implicaba apartarse de conversaciones dañinas, de murmullos, críticas y palabras que puedan ofender la dignidad del prójimo. En un ambiente juvenil donde la burla o el comentario fácil podían ser habituales, Don Bosco enseñaba a seleccionar lo que se escucha y lo que se acoge en el interior.
En definitiva, su pedagogía espiritual consistía en formar jóvenes capaces de gobernarse a sí mismos, comprendiendo que la verdadera libertad nace del dominio interior.
La lengua, la paciencia y el testimonio cristiano
El fundador de los salesianos ponía especial atención en la lengua. “Ayunar” en este ámbito significaba desterrar palabras que escandalicen, bromas hirientes o comentarios que dañen la reputación ajena. Para Don Bosco, el buen ejemplo era una herramienta educativa de primer orden, y por eso insistía en la coherencia entre fe y comportamiento.
Más aún, invitaba a soportar con serenidad las pequeñas contrariedades de la vida cotidiana. No quejarse constantemente del frío, del calor o de las incomodidades formaba parte de esa mortificación discreta que fortalece el carácter. Aprender a tolerar con caridad los defectos de los demás era, para él, una forma concreta de caridad y de sacrificio ofrecido a Dios.
Estas enseñanzas no eran meras recomendaciones ascéticas, sino parte de una visión integral de la persona. Don Bosco sabía que la santidad no se construye solo con grandes gestos, sino con la fidelidad en lo pequeño. En el contexto actual, donde la inmediatez y la expresión impulsiva dominan muchos espacios —especialmente en el ámbito digital—, su invitación a moderar la palabra y la reacción adquiere una relevancia especial.
La Eucaristía como fuerza del verdadero ayuno
Sin embargo, el santo no reducía la Cuaresma a un esfuerzo humano. En el centro de su propuesta situaba la gracia. Recomendaba con insistencia la Comunión frecuente y fervorosa como fuente de fortaleza espiritual.
Para Don Bosco, recibir a Jesús en el corazón fortalecía el alma hasta el punto de que el cuerpo aprendía a obedecer al espíritu. La disciplina interior no se sostenía únicamente en la voluntad, sino en la acción transformadora de la gracia sacramental.
Este equilibrio entre exigencia y confianza en Dios caracteriza su espiritualidad. La mortificación no era un fin en sí misma, sino un medio para crecer en amor y libertad. El ayuno, entendido en este sentido amplio, se convertía en un camino de maduración cristiana.
Una propuesta vigente para la Cuaresma de hoy
La enseñanza de San Juan Bosco recuerda que la Cuaresma no es simplemente un tiempo de renuncia alimentaria, sino una oportunidad para reordenar toda la vida. Ayunar los sentidos, purificar la palabra, soportar con paciencia y alimentarse de la Eucaristía son dimensiones complementarias de un mismo camino.
En un mundo saturado de imágenes, ruido y opiniones constantes, “hacer ayunar” los ojos, los oídos y la lengua puede convertirse en un gesto profundamente contracultural. Es una forma concreta de crear espacio interior para que Dios actúe.
Vivir así la Cuaresma permite que la penitencia no sea una práctica externa, sino una transformación real del corazón. Como enseñaba el santo educador de los jóvenes, cuando el alma se fortalece en la gracia, el cuerpo aprende a servir al espíritu.
Y entonces, el ayuno deja de ser mera privación para convertirse en libertad conquistada, en silencio fecundo y en preparación auténtica para la alegría de la Pascua.
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