De una humilde celda en Polonia al corazón del mundo: 95 años de la primera aparición de la Divina Misericordia a Santa Faustina

24 de febrero del 2026

El 22 de febrero de 1931 marcó el inicio de una de las devociones más extendidas del catolicismo contemporáneo: “Jesús, en Ti confío”


En el silencio de un convento polaco, lejos de los grandes centros de poder y sin sospechar el alcance universal de lo que estaba por suceder, una joven religiosa contempló un acontecimiento que cambiaría la espiritualidad del siglo XX. Han pasado 95 años desde aquella tarde del 22 de febrero de 1931 en la que Cristo se manifestó por primera vez a Santa Faustina Kowalska, confiándole una misión destinada a abrazar al mundo entero: dar a conocer su infinita Misericordia.



Lo que comenzó en la celda de una religiosa desconocida en Plock (Polonia) se transformó con el paso de las décadas en una de las devociones más arraigadas en la Iglesia universal. Hoy, millones de fieles rezan ante la imagen de Jesús Misericordioso, repiten la jaculatoria “Jesús, en Ti confío” y celebran cada año el Domingo de la Divina Misericordia, instituido oficialmente por San Juan Pablo II.


“Desde una celda escondida, Cristo abrió al mundo un océano de misericordia que no deja de derramarse sobre la humanidad.”

Una visión que transformó la historia espiritual del siglo XX

Según dejó escrito la propia Santa Faustina en su Diario espiritual, aquella noche de invierno, al anochecer, se le apareció Jesús revestido con una túnica blanca. Una de sus manos estaba alzada en actitud de bendición, mientras la otra señalaba su pecho. De su corazón brotaban dos rayos luminosos: uno rojo y otro pálido.


La joven religiosa describió cómo su alma se llenó al mismo tiempo de reverente temor y profunda alegría. En ese contexto de recogimiento, el Señor le encomendó una tarea concreta: pintar una imagen conforme a la visión recibida, acompañada de la inscripción “Jesús, en Ti confío”.

El mensaje no se limitaba a una representación artística.


Cristo expresó su deseo de que la imagen fuera venerada primero en la capilla del convento y posteriormente en todo el mundo. Prometió, además, gracias especiales para quienes acudieran a ella con fe, asegurando protección espiritual y asistencia particular en la hora de la muerte. Aquella petición marcaría el inicio de una misión que Faustina, pese a su fragilidad física y a las incomprensiones iniciales, abrazó con fidelidad heroica.



Un mensaje de misericordia para una humanidad herida

La revelación de la Divina Misericordia no surgió en un contexto histórico sencillo. Europa se encontraba entre guerras, marcada por tensiones sociales, ideológicas y espirituales que pronto desembocarían en el conflicto más devastador del siglo XX. En ese escenario, el mensaje transmitido a Faustina se presentaba como un bálsamo para una humanidad herida.


Cristo no se mostraba como juez severo, sino como Salvador misericordioso, invitando a confiar plenamente en su amor.

La devoción no tardó en difundirse más allá de las fronteras polacas. A través de copias de la imagen y de la propagación del Diario de la santa, el mensaje alcanzó parroquias, comunidades religiosas y hogares de todo el mundo.


Uno de los elementos centrales de esta espiritualidad fue la Coronilla de la Divina Misericordia, una oración revelada también a Santa Faustina, que invita a implorar la misericordia divina para el mundo entero, especialmente a las tres de la tarde, hora de la muerte de Cristo.

Con el tiempo, la Iglesia discernió la autenticidad y profundidad teológica de esta devoción, reconociendo en ella una respuesta providencial a las necesidades espirituales contemporáneas.



De la devoción privada al reconocimiento universal de la Iglesia

El impulso definitivo llegó con el pontificado de San Juan Pablo II, profundamente marcado por la espiritualidad de la Divina Misericordia desde su juventud en Polonia. El 30 de abril del año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, el Papa proclamó oficialmente el segundo domingo de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia.

Este gesto no solo confirmaba la autenticidad del mensaje, sino que lo situaba en el corazón mismo del calendario litúrgico, inmediatamente después de la celebración de la Resurrección. La misericordia se presentaba así como la luz que brota del misterio pascual.


Santa Faustina, fallecida el 5 de octubre de 1938 a la edad de 33 años, no llegó a contemplar la expansión mundial de la devoción que el Señor le había confiado. Sin embargo, su vida —marcada por el sufrimiento ofrecido y la fidelidad silenciosa— se convirtió en instrumento privilegiado de un designio que trascendía su tiempo.


Además de la imagen y la Coronilla, la religiosa recibió numerosas gracias extraordinarias, entre ellas experiencias místicas, revelaciones particulares y los estigmas ocultos. Todo ello fue recogido en su Diario, que hoy constituye una referencia espiritual para millones de fieles.



Una espiritualidad profundamente actual

Noventa y cinco años después de aquella primera aparición, el mensaje de la Divina Misericordia conserva una fuerza sorprendente. En un mundo que experimenta nuevas formas de violencia, desesperanza y fragmentación, la invitación a confiar en el amor misericordioso de Cristo resuena con renovada urgencia.


La imagen del Señor con los rayos que brotan de su corazón simboliza los sacramentos —especialmente la Eucaristía y la Reconciliación— como fuentes de gracia para el creyente. No se trata de una devoción sentimental, sino de una llamada concreta a la conversión, a la confianza y a la práctica de la caridad.


La frase “Jesús, en Ti confío” sintetiza una actitud espiritual que implica abandono filial, reconocimiento de la propia fragilidad y certeza de que el amor de Dios es más fuerte que el pecado. Desde aquella celda conventual en Plock, el mensaje de la misericordia ha atravesado continentes, culturas y generaciones. Hoy continúa inspirando obras de caridad, iniciativas pastorales y peregrinaciones, como la multitudinaria devoción en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia-Łagiewniki.



Un océano abierto para todos

La conmemoración de los 95 años de la primera aparición no es solo un aniversario histórico, sino una invitación a redescubrir el núcleo del Evangelio: Dios es rico en misericordia. Santa Faustina, humilde religiosa sin relevancia pública en su tiempo, fue elegida para recordar al mundo que ningún pecado es más grande que el amor redentor de Cristo. Su misión sigue viva en cada persona que, ante la imagen del Señor, repite con fe: “Jesús, en Ti confío”.



A casi un siglo de aquella visión, la Iglesia continúa proclamando que la misericordia no es una debilidad divina, sino la manifestación suprema de la omnipotencia de Dios. Desde un convento escondido hasta los cinco continentes, la luz que brotó del corazón de Cristo sigue iluminando la historia humana con esperanza.


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