Ser padrino es mucho más que estar en una celebración: 5 claves para acompañar de verdad en la fe
1 de agosto del 2026
Ser elegido padrino o madrina no es únicamente ocupar un lugar especial durante un Bautismo, una Primera Comunión o una Confirmación. La Iglesia entiende esta misión como un verdadero
compromiso de acompañamiento espiritual: ayudar al ahijado a conocer a Cristo, crecer en la fe y perseverar en la vida cristiana. El sacerdote mexicano
Luis Fernando Valdés, doctor en Teología por la Universidad de Navarra, ofrece cinco consejos para redescubrir una responsabilidad que no termina cuando concluye la ceremonia, sino que está llamada a mantenerse durante toda la vida
"Ser padrino no consiste simplemente en estar presente el día del sacramento, sino en convertirse en compañero de camino para ayudar al ahijado a crecer en su amistad con Cristo".
Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía constituyen los sacramentos de la iniciación cristiana y ponen los fundamentos de toda la vida del creyente. Precisamente por eso, explica el P. Valdés, la tradición de los padrinos responde a una realidad profundamente humana: todos necesitamos que alguien nos ayude a alcanzar las grandes metas de nuestra existencia, y también necesitamos ese acompañamiento para avanzar en la vida espiritual.
1. Comprender cuál es la verdadera misión de un padrino
El primer consejo parece sencillo, pero cambia por completo la forma de entender esta figura: un padrino está llamado a ayudar a su ahijado a crecer en la fe. El P. Valdés explica que su misión consiste en acompañarlo para que pueda recibir y cultivar esa "vida nueva" que nace del encuentro con Jesucristo. El sacramento no debería convertirse, por tanto, en un acontecimiento aislado dentro de la infancia o juventud, sino en el comienzo o fortalecimiento de una relación con Dios que debe continuar creciendo. Eso significa estar presente después de la celebración, interesarse por su vida espiritual, hablar de Dios con naturalidad y ayudarle especialmente cuando aparezcan las dudas o dificultades.
2. El padrino también necesita cuidar su propia fe
Para acompañar a otra persona hacia Dios, primero hay que intentar caminar hacia Él.
Esta es una de las ideas centrales del sacerdote: "nadie da lo que no tiene". Por eso, antes de preguntarse cómo evangelizar al ahijado, el padrino debería revisar cómo está viviendo personalmente su relación con Cristo. El P. Valdés propone apoyarse en los cuatro grandes pilares de la vida cristiana recogidos por el Catecismo: la doctrina, los sacramentos, la vida moral y la oración. No se trata de convertirse en un experto en teología, sino de continuar formándose y procurando vivir coherentemente aquello que se desea transmitir.
Además, esa formación no tiene por qué producirse únicamente mediante clases o catequesis. La fe se comunica también en situaciones mucho más sencillas: una conversación, una comida familiar, una visita, una pregunta respondida con cariño o el propio ejemplo cotidiano.
3. El ejemplo puede enseñar más que muchas palabras
Uno de los mejores regalos que un padrino puede hacer a su ahijado es mostrarle con su propia vida que la fe forma parte de lo cotidiano. El sacerdote anima a los padrinos a participar en la Misa dominical, acudir regularmente a la Confesión y procurar vivir en gracia. También recuerda que la vida cristiana debe manifestarse en la caridad, especialmente mediante la atención a los necesitados y la generosidad con los demás. A ello se suma una responsabilidad especialmente hermosa: rezar por el ahijado.
El Padre Nuestro, el Ave María, el Credo o el Rosario pueden convertirse en herramientas sencillas para compartir la fe. Pero el P. Valdés anima también a cultivar la oración personal, aprendiendo a hablar con Cristo de manera cercana y confiada. Un padrino puede hacer muchas cosas por su ahijado, pero quizá una de las más importantes sea precisamente aquella que nadie ve: presentarlo ante Dios en la oración.
4. Ser padrino también puede convertirse en una oportunidad de conversión
Aceptar esta misión supone asumir un compromiso que interpela también al propio padrino.
Por ello, el sacerdote recomienda realizar periódicamente un examen personal para comprobar cómo se están viviendo esos cuatro pilares de la existencia cristiana. Y cuando descubrimos que algo se ha debilitado, la respuesta no debería ser el desánimo, sino comenzar de nuevo. El P. Valdés propone plantearse cuestiones concretas: qué debo cambiar, cómo puedo recomenzar o dónde puedo acudir para recibir una mejor formación.
De este modo, ser padrino puede terminar convirtiéndose también en una oportunidad para renovar la propia relación con Dios.
5. No elegir al padrino únicamente porque sea un buen amigo
El último consejo está especialmente dirigido a los padres. Elegir padrino o madrina no debería responder únicamente a la amistad, al parentesco, a una tradición familiar o al deseo de hacer un gesto especial hacia alguien querido. La pregunta fundamental debería ser otra: ¿esta persona puede ayudar a mi hijo a acercarse a Dios? El P. Valdés recuerda que los padres comparten con el padrino una parte muy concreta de su misión: ayudar a que la vida cristiana del hijo pueda desarrollarse plenamente. Por ello, la confianza depositada en esa persona adquiere una dimensión mucho más profunda que la simple amistad.
Una misión que comienza cuando termina la celebración
Regalos, fotografías y celebraciones forman parte de momentos tan especiales como un Bautismo, una Primera Comunión o una Confirmación. Pero todo ello ocupa un lugar secundario frente a la verdadera responsabilidad asumida. Un buen padrino será aquel que permanece cuando pasan los años; que pregunta, escucha y acompaña; que se preocupa no solo por los estudios, el trabajo o los problemas personales de su ahijado, sino también por su relación con Dios. La misión puede expresarse mediante gestos muy sencillos: felicitar el aniversario del Bautismo, regalar un Evangelio, acudir juntos alguna vez a Misa, hablar sobre cuestiones de fe, realizar una peregrinación o, sencillamente, recordarle que siempre habrá alguien rezando por él.
Ser padrino no es recibir un título para una ceremonia, sino aceptar una misión para toda la vida. Significa convertirse en una presencia capaz de recordar al ahijado, especialmente cuando la fe se debilite, que siempre existe un camino de regreso hacia Dios. Porque el mejor regalo que un padrino puede dejar no se guarda en una caja: es haber ayudado a otra persona a conocer, amar y seguir a Cristo.
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