A 25 años del 11-S: historias de fe, esperanza y conversión en medio de la tragedia
14 de Septiembre del 2026
Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, las historias de quienes vivieron aquella tragedia siguen mostrando no solo la dimensión del mal y del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para responder con valentía, solidaridad y fe.
Una de esas historias es la de Paul Carris, trabajador de la Autoridad Portuaria cuya oficina se encontraba en el piso 71 de la Torre Norte del World Trade Center. La mañana del atentado, antes de acudir a su trabajo, había asistido a la Misa de las 8:00 de la mañana en una pequeña capilla cercana a Battery Park.
Poco después, mientras se encontraba en su escritorio, escuchó el ruido de un avión. Segundos más tarde, un enorme impacto sacudió el edificio. Las llamas y los escombros comenzaron a aparecer frente a las ventanas y el edificio llegó a inclinarse de tal manera que los objetos comenzaron a caer de las estanterías.
Mientras las personas se dirigían hacia las escaleras para intentar salir del edificio, Carris se encontró con Judith Toppin, una mujer que tenía serias dificultades físicas debido a una enfermedad pulmonar y a un desfibrilador implantado.
Sin pensarlo demasiado, decidió ayudarla a bajar.
Durante el largo descenso, ambos tuvieron que recorrer alrededor de 70 pisos, avanzando lentamente por las escaleras. En medio de aquella situación extrema, Judith comenzó a rezar en voz alta el Salmo 23:
“El Señor es mi pastor, nada me falta”.
Al escucharla, Paul decidió comenzar también a rezar.
Una oración en medio del caos
En aquel momento, ninguno de los dos conocía toda la dimensión de lo que estaba sucediendo. No sabían que los aviones habían sido utilizados deliberadamente para atacar los edificios ni que la Torre Norte terminaría derrumbándose. Finalmente lograron salir a la calle. Apenas habían conseguido alejarse del edificio cuando la Torre Norte se desplomó.
Judith consideraría posteriormente a Paul un auténtico “ángel” por haberle salvado la vida. Sin embargo, con el paso de los años, Carris llegaría a interpretar aquella experiencia de una manera diferente. Con motivo del 25 aniversario del 11-S, el periodista de EWTN News Colm Flynn recorrió Nueva York, Pensilvania y Washington para recoger testimonios de supervivientes, sacerdotes y personas que estuvieron cerca de las víctimas y sus familias.
La pregunta que guió parte de este recorrido fue especialmente profunda: ¿dónde estaba Dios en medio de semejante tragedia?
“El bien siempre triunfa sobre el mal”
En Manhattan, Flynn conversó con el sacerdote franciscano P. Brian Jordan, quien ejerció su ministerio durante meses en la Zona Cero después de los atentados. El sacerdote recordó haber contemplado allí tanto las expresiones más dolorosas del mal como algunas de las muestras más extraordinarias de solidaridad humana.
Bomberos, policías, trabajadores de la construcción y voluntarios colaboraron entre las ruinas. Cuando aparecían restos humanos, las labores se detenían para rezar. Entre los recuerdos que permanecen en la memoria del P. Jordan destaca especialmente una cruz formada accidentalmente por dos vigas de acero encontradas entre los escombros. Para quienes se encontraban en la Zona Cero, aquella imagen se convirtió en un signo de esperanza y en un recordatorio de que la fe no había desaparecido entre las ruinas.
La oración de los pasajeros del vuelo 93
El recorrido llevó también a Flynn hasta Shanksville, Pensilvania, donde se estrelló el vuelo 93 de United Airlines. En los minutos previos al impacto, los pasajeros descubrieron mediante llamadas telefónicas que el avión formaba parte de los atentados. Ante esa situación, varios decidieron actuar para intentar impedir que los secuestradores alcanzaran su objetivo.
Entre ellos estaba Todd Beamer, quien pidió a una operadora telefónica que rezara con él el Padrenuestro antes de intentar acceder a la cabina. El avión terminó estrellándose en un campo de Pensilvania, evitando que pudiera alcanzar otro objetivo en Washington. A la mañana siguiente llegó al lugar el P. Joseph McCaffrey, sacerdote católico y capellán del FBI. Encontró todavía árboles humeantes y comenzó su labor rezando por los fallecidos y consagrando el terreno.
Cuando comenzaron a llegar los familiares de las víctimas, el sacerdote trató de acompañarlos desde la escucha y la esperanza cristiana. Su mensaje era recordarles que la muerte no tiene la última palabra y que la misericordia de Dios permanece incluso en medio del sufrimiento.
“Dios me había puesto allí”
En Washington, el recorrido continuó hasta el Memorial del Pentágono, donde se recuerda a las 184 personas que murieron en el ataque contra el Pentágono y a bordo del vuelo 77 de American Airlines.
Allí, Flynn conversó con el P. Stephen McGraw, quien era un sacerdote recién ordenado cuando presenció el impacto del avión contra el Pentágono. McGraw se encontraba en su automóvil, atrapado en el tráfico, cuando vio pasar el avión a muy poca altura antes de estrellarse contra el edificio. Inmediatamente corrió hacia el lugar.
Para él, aquella experiencia adquirió con el tiempo un profundo significado sacerdotal. Sintió que Dios lo había colocado allí precisamente para acompañar a quienes sufrían y ser testigo de la presencia de Cristo en medio de aquella tragedia. Entre las víctimas que atendió había personas con graves quemaduras. Mientras los equipos médicos trabajaban para salvar sus vidas, el sacerdote se arrodillaba junto a ellas y les recordaba:
“Jesús está contigo”.
En uno de aquellos momentos, un hombre gravemente herido respondió al sacerdote que lo sabía.
Una tragedia que terminó transformando una vida
La historia de Paul Carris no terminó aquella mañana de septiembre de 2001.
Durante años, el trauma del atentado continuó afectándolo. Pero también tuvo que enfrentarse a otra cuestión: Judith lo había presentado públicamente como un hombre ejemplar, como alguien que había sido capaz de salvarla en el momento más difícil de su vida.
Aquella imagen lo llevó a examinar su propia relación con la fe. Carris reconoció que no siempre había vivido de acuerdo con la imagen del católico que Judith había descrito. Su fe y su vida cotidiana habían estado separadas y aquella experiencia le hizo replantearse profundamente su manera de vivir.
Comenzó un proceso de acompañamiento espiritual con un sacerdote y posteriormente participó en un retiro. Con el tiempo, su fe se fortaleció y comenzó su formación para el diaconado permanente en la Arquidiócesis de Newark, en Nueva Jersey. Judith estuvo presente cuando fue ordenado diácono. Ella falleció en 2021.
Años después de aquel día que cambió sus vidas, ambos habían llegado a una conclusión que resumía de alguna manera toda aquella historia. Judith consideraba que Paul le había salvado la vida. Él, sin embargo, veía las cosas de otra manera:
“Tú me salvaste a mí. De hecho, Dios nos salvó a los dos aquel día”.
A 25 años del 11-S, estas historias recuerdan que, incluso en uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente, hubo personas que respondieron con valentía, sacerdotes que acompañaron el sufrimiento y hombres y mujeres que encontraron en la fe una razón para seguir adelante. En medio de las ruinas, la oración, la entrega y la esperanza en Cristo se convirtieron para muchos en signos de una verdad fundamental:
el sufrimiento y el mal no tienen la última palabra.
Compartir
Suscríbete a EWTN España
Mantente al día con nuestras noticias más importantes y recibe contenido exclusivo directamente en tu correo electrónico.
Otras noticias












