Cuaresma en acción: 7 gestos concretos para vivir las obras de misericordia corporales y tocar el corazón de Cristo
25 de febrero del 2026
Una invitación a transformar la penitencia en caridad viva y a descubrir a Jesús en el rostro del hermano que sufre
Al iniciar el camino cuaresmal, la Iglesia pone ante los fieles tres pilares que sostienen este tiempo de gracia: la oración, el ayuno y la limosna. Sin embargo, más allá de prácticas genéricas, la tradición cristiana ofrece un itinerario muy concreto para encarnar la caridad: las siete obras de misericordia corporales.
En un mundo marcado por la indiferencia y la prisa, la Cuaresma se convierte en una oportunidad privilegiada para volver a lo esencial: amar con hechos. Practicar las obras de misericordia no es solo aliviar necesidades materiales; es entrar en la lógica del Evangelio y unirse al mismo Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por amor.
“Cada vez que alivias el sufrimiento de un hermano, es Cristo mismo quien recibe tu gesto.
La caridad que toca el cuerpo y sana el alma
Las obras de misericordia corporales nacen del mandato evangélico de atender al hambriento, al sediento, al enfermo, al preso y al desamparado. No son simples actos filantrópicos, sino expresiones concretas del amor cristiano que brota de un corazón convertido.
Vivirlas durante la Cuaresma significa hacer visible la fe en gestos cotidianos. Cada obra es una respuesta directa al sufrimiento humano y, al mismo tiempo, una escuela de humildad y compasión. Dar de comer al hambriento puede traducirse en algo tan sencillo como organizar, junto a familiares o amigos, pequeños lotes de alimentos básicos para personas en situación de calle o colaborar con comedores sociales. No se trata solo de repartir pan, sino de ofrecer dignidad, cercanía y esperanza.
Del mismo modo, dar de beber al sediento puede concretarse en la ayuda a familias necesitadas, donando productos esenciales como leche en fórmula para bebés o alimentos básicos que sostengan la vida de los más vulnerables.
Cada acción material se convierte en oración viva cuando se realiza con intención recta y espíritu de fe.
La hospitalidad, la visita y la presencia que consuela
Entre las obras de misericordia destaca también dar posada al peregrino. En el contexto actual, esto puede significar colaborar con centros de acogida, donar mantas o ropa de abrigo, o apoyar a quienes carecen de techo. Un gesto aparentemente pequeño puede convertirse en refugio concreto para quien atraviesa la intemperie física y emocional.
Visitar a los enfermos, por su parte, es una de las expresiones más elocuentes de la caridad cristiana. No siempre requiere grandes recursos: basta una llamada, una visita a una residencia de mayores, un rato compartido en silencio o una conversación que devuelva ánimo. La soledad es, muchas veces, una de las heridas más profundas de nuestro tiempo.
También visitar a los presos constituye un desafío evangélico. En muchos lugares existen iniciativas de pastoral penitenciaria que permiten enviar cartas, mensajes de aliento o colaborar en programas de reinserción. Recordar a quienes están privados de libertad es reconocer que la misericordia de Dios no excluye a nadie. En cada uno de estos gestos se hace presente la compasión de Cristo, que nunca apartó la mirada del que sufría.
Compartir, acompañar y esperar en la resurrección
La obra de vestir al desnudo puede comenzar con un sencillo examen de conciencia frente al propio armario. Donar ropa en buen estado —incluso aquella que aún nos gusta— es un acto concreto de desprendimiento y solidaridad.
No se trata de entregar lo inútil, sino de compartir lo valioso.
Enterrar a los difuntos, por su parte, nos recuerda la dimensión más profunda de la misericordia: acompañar en el dolor y sostener la esperanza de la vida eterna. Visitar el cementerio, rezar por los fallecidos —especialmente por quienes no tienen quien interceda por ellos—, limpiar una tumba o llevar flores son gestos que expresan fe en la resurrección.
Estas obras, vividas durante la Cuaresma, purifican el corazón y preparan para la Pascua. No solo benefician al destinatario del gesto, sino que transforman interiormente a quien las practica.
Una Cuaresma que se hace visible en el amor
La tradición cristiana enseña que la conversión auténtica no se queda en sentimientos, sino que se traduce en acciones. Practicar las obras de misericordia corporales es permitir que el ayuno y la oración se encarnen en la realidad concreta del prójimo. En cada hambriento, en cada enfermo, en cada persona sola o excluida, el creyente reconoce el rostro de Cristo. Así lo recordó el Señor en el Evangelio: lo que se hace al más pequeño, se hace a Él.
Esta Cuaresma puede ser diferente si se convierte en un tiempo de caridad tangible. Bastan pequeños pasos, realizados con fidelidad y constancia. Al poner en práctica estas siete obras, no solo se responde a necesidades materiales, sino que se entra en la dinámica del amor redentor. Cuando la caridad se vuelve concreta, el corazón se ensancha. Y entonces, la Pascua deja de ser solo una fecha litúrgica para convertirse en una experiencia real de vida nueva.
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