De rodillas ante el Crucificado: la indulgencia plenaria que la Iglesia concede cada viernes de Cuaresma
24 de febrero del 2026
El Papa visita el Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio y recuerda que el Bautismo es la fuente de la verdadera libertad, capaz de transformar los contrastes sociales en fraternidad
Entre el bullicio constante de trenes que llegan y parten, mochilas apresuradas y rostros anónimos que cruzan la estación Termini, el Papa León XIV quiso detener el paso. Este domingo, en pleno itinerario cuaresmal por las parroquias de Roma, celebró la Eucaristía en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, situada en el barrio de Castro Pretorio, una zona donde la grandeza y la fragilidad humana conviven a escasos metros de distancia.
No fue una visita protocolaria, sino profundamente pastoral. En un territorio marcado por fuertes contrastes —estudiantes y trabajadores junto a personas sin hogar, refugiados y familias en dificultad, oportunidades de bien y heridas sociales abiertas— el Santo Padre proclamó con claridad que la auténtica libertad no nace de la autosuficiencia, sino de la adhesión confiada a Dios.
“La Cruz no es solo memoria del sufrimiento, sino puerta abierta a la misericordia que sana y libera el alma.”
La Cuaresma: un tiempo privilegiado para la conversión y la gracia
La Cuaresma constituye el gran itinerario espiritual que prepara a los cristianos para la celebración del Triduo Pascual. Durante cuarenta días, la Iglesia invita a profundizar en la oración, el sacrificio y la caridad, orientando la vida hacia un renovado encuentro con Cristo.
En este contexto penitencial, la indulgencia plenaria aparece como un don especial que manifiesta la misericordia divina y la maternidad espiritual de la Iglesia. No se trata de un acto mágico ni automático, sino de una gracia que presupone un corazón verdaderamente arrepentido y dispuesto a la conversión.
El Manual de las Indulgencias define la indulgencia plenaria como la remisión total ante Dios de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa. Esta gracia puede aplicarse tanto a uno mismo como a un fiel difunto que se encuentre en proceso de purificación.
La doctrina de las indulgencias, lejos de reducirse a un aspecto jurídico, expresa la comunión de los santos y la participación en el tesoro espiritual de Cristo y de la Iglesia.
Una práctica sencilla ante el Crucifijo
Entre las diversas prácticas que permiten obtener indulgencias —como el rezo del Vía Crucis, el Santo Rosario, la adoración eucarística o la lectura orante de la Sagrada Escritura— existe una forma particularmente vinculada al espíritu cuaresmal: la oración ante la imagen de Cristo crucificado.
El Manual de las Indulgencias, en su cuarta edición, concede indulgencia plenaria al fiel que rece devotamente la oración “Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús” frente a un crucifijo, después de la Comunión, en cualquier viernes de Cuaresma o el Viernes de la Pasión del Señor.
La oración invita a contemplar las llagas de Cristo y a pedir que el Señor imprima en el corazón sentimientos vivos de fe, esperanza y caridad, junto con un sincero dolor por los pecados y el firme propósito de enmienda.
Este acto no consiste simplemente en pronunciar palabras, sino en situarse espiritualmente ante el misterio de la Cruz, reconociendo en ella la expresión suprema del amor redentor de Dios.
La contemplación de las cinco llagas, evocando el salmo profético que anuncia el sufrimiento del Mesías —“Me taladran las manos y los pies”—, conduce al creyente a un encuentro personal con Cristo crucificado.
Las condiciones para alcanzar la indulgencia plenaria
Como toda indulgencia plenaria, esta gracia está unida a las condiciones habituales establecidas por la Iglesia. Para obtenerla plenamente, el fiel debe:
- Confesarse sacramentalmente.
- Recibir la Comunión eucarística.
- Orar por las intenciones del Santo Padre, normalmente con un Padrenuestro y un Avemaría.
Además, es indispensable que el corazón esté completamente desapegado del pecado, incluso venial. Si este desapego no es pleno, la indulgencia será parcial.
Estas condiciones subrayan que la indulgencia no es un acto aislado, sino parte de un proceso integral de conversión y comunión eclesial.
Redescubrir el valor espiritual de la Cruz
En una época en la que la cruz puede percibirse como un símbolo meramente cultural o decorativo, la práctica de arrodillarse ante el Crucificado adquiere una fuerza profética. Rezar ante el crucifijo durante la Cuaresma no es un gesto superficial. Es reconocer que en la Pasión de Cristo se encuentra la fuente de toda redención. Es aceptar que el amor de Dios se manifestó de modo supremo en el sacrificio de su Hijo.
La indulgencia asociada a esta oración no sustituye la vida cristiana, sino que la impulsa. Invita a profundizar en la conciencia del pecado, en la necesidad de arrepentimiento y en la confianza en la misericordia divina.
La contemplación del Crucificado, especialmente en los viernes cuaresmales, ayuda a unir el propio sufrimiento al de Cristo y a comprender que la Cruz es camino de vida y no de derrota.
Un tesoro espiritual al alcance de todos
La Iglesia ofrece este don no como privilegio de unos pocos, sino como ayuda para todos los fieles que desean recorrer con sinceridad el camino de la conversión.Cada viernes de Cuaresma se convierte así en una oportunidad concreta para acercarse al Señor con humildad y confianza, recordando que la gracia de Dios siempre supera la fragilidad humana.
Arrodillarse ante el crucifijo, después de recibir la Eucaristía, y pronunciar con devoción la oración “Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús” puede ser un momento decisivo en la vida espiritual.
La Cuaresma no es solo tiempo de renuncia, sino también de abundante misericordia. En el silencio del templo, ante la imagen del Crucificado, el cristiano descubre que la Cruz no es el final del camino, sino el umbral de la Resurrección y la fuente inagotable del perdón. Así, cada viernes cuaresmal se convierte en una invitación a mirar a Cristo con amor, dejarse mirar por Él y permitir que su misericordia transforme el corazón.
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