Dos Maneras de Vivir
30 de Agosto del 2026
Juan Ignacio Hernández Gilfedder
¿Está el sentido de la Historia delante de nosotros, esperando ser construido, o detrás, en un acontecimiento que ya sucedió?
Hay dos maneras muy distintas de mirar la Historia.
Una parte del pensamiento moderno la contempla fundamentalmente hacia adelante. La Historia es devenir. El hombre avanza y, a través de ese movimiento, va realizando progresivamente algo que todavía no está plenamente presente.
Hegel llevó probablemente esta intuición a una de sus expresiones filosóficas más poderosas: la Historia no es una mera sucesión de acontecimientos, sino un proceso en el que la realidad va desplegando progresivamente su sentido.
Esta forma de mirar el tiempo permanece profundamente instalada en nuestra cultura.
Esperamos encontrar en el futuro la culminación de la Historia: el progreso permanente, una sociedad mejor, un hombre nuevo, un mundo todavía por construir.
La esperanza queda depositada, de alguna manera, en aquello que aún no existe.
La mirada cristiana es radicalmente distinta.
No sostiene que ya no haya futuro, ni progreso, ni nada por construir. Tampoco que la Historia se haya detenido.
Sostiene algo mucho más profundo: que el acontecimiento que da sentido a la Historia no está esperando al hombre en el futuro.
Ya ocurrió.
Ocurrió en Jesucristo.
Chesterton representa de manera extraordinaria esta otra sensibilidad. Para él, recibir el pasado no significa quedar atrapado en él. La tradición no es inmovilismo: es reconocer que no empezamos con nosotros mismos.
Y quizá aquí esté una de las grandes paradojas del cristianismo.
Para avanzar, necesitamos volver la mirada hacia atrás.
Cada año nos alejamos cronológicamente de Cristo y, sin embargo, para comprender quiénes somos, por qué somos lo que somos y cómo debemos vivir nuestro presente, necesitamos regresar constantemente a Él.
No para reconstruir el pasado.
Sino para ordenar el presente.
Quizá por eso nuestra época vive una tensión tan profunda entre dos maneras de entender la Historia —y, en el fondo, dos maneras de vivir—: la del hombre que mira hacia el futuro esperando que este le revele finalmente quién debe ser; y la del hombre que mira hacia Cristo para comprender quién es y, desde ahí, construir su presente.
La diferencia puede parecer pequeña.
Es inmensa.
En una, el sentido de la Historia está todavía por llegar.
En la otra, el sentido entró en la Historia.
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