Papa León XIV explica por qué el Concilio Vaticano II impulsó la reforma de la liturgia
27 de Agosto del 2026
En su última catequesis dedicada a la Constitución Sacrosanctum Concilium, el Papa León XIV explicó las razones que llevaron al Concilio Vaticano II a promover una renovación de la liturgia y destacó la importancia de la participación consciente, activa y espiritual de los fieles en las celebraciones.
Ciudad del Vaticano, 26 de agosto de 2026.— El Papa León XIV concluyó este miércoles su ciclo de catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, uno de los documentos fundamentales del Concilio Vaticano II, dedicando su reflexión a las razones que llevaron a los Padres conciliares a considerar necesaria una reforma de la liturgia.
Desde el interior de la Basílica de San Pedro, el Pontífice explicó que la renovación litúrgica no surgió como una ruptura con la tradición de la Iglesia, sino como parte de un proceso histórico mediante el cual la liturgia ha ido adaptando determinados elementos a las necesidades de cada época, manteniendo siempre aquello que pertenece a su institución divina.
La liturgia como encuentro entre Dios y su pueblo
Al iniciar su reflexión, el Papa recordó las palabras que el entonces arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, futuro Papa San Pablo VI, dirigió a sus fieles durante el Concilio Vaticano II.
Montini había descrito la liturgia como un lenguaje capaz de expresar tanto la dimensión divina como la humana de la relación con Dios. Por ello, sostenía que los fieles no podían limitarse a estar físicamente presentes durante las celebraciones, sino que debían participar también espiritualmente.
León XIV explicó que esta perspectiva coincide con uno de los principios fundamentales de Sacrosanctum Concilium: la necesidad de que los cristianos comprendan los ritos y las oraciones y participen en la acción litúrgica de manera consciente, piadosa y activa.
La liturgia, señaló el Pontífice, no puede reducirse a la observación externa de una ceremonia. En ella, la Iglesia hace memoria de la obra de la salvación y permite a los fieles entrar en contacto con ese misterio. Por esta razón, las palabras, los gestos y los signos litúrgicos tienen una importancia fundamental.
Una participación que va más allá de estar presente
El Papa destacó que uno de los objetivos centrales de la reforma conciliar fue recuperar con mayor claridad la dimensión espiritual y comunitaria de la liturgia. Los fieles están llamados a participar de manera plena en las celebraciones y a dejar que aquello que celebran transforme su propia vida.
Esta participación, explicó, incluye escuchar la Palabra de Dios, alimentarse del Cuerpo de Cristo, dar gracias y aprender a ofrecer la propia vida junto con la ofrenda de Cristo.
De esta manera, la liturgia se convierte en una verdadera fuente de vida cristiana y no simplemente en un conjunto de prácticas externas.
León XIV recordó que Sacrosanctum Concilium presenta la liturgia como una fuente privilegiada de la vida divina que Dios comunica a su pueblo.
Por ello, uno de los propósitos de la reforma fue facilitar que los fieles pudieran acceder de manera más amplia a la riqueza de la Sagrada Escritura y de las oraciones litúrgicas, así como favorecer una estructura celebrativa que permitiera comprender mejor lo que se estaba celebrando.
La liturgia ha experimentado cambios a lo largo de la historia
El Pontífice subrayó que la liturgia no es una realidad estática. A lo largo de los siglos, las celebraciones de la Iglesia han experimentado modificaciones y desarrollos.
Estos cambios, explicó, no significan necesariamente una ruptura con la tradición. Por el contrario, forman parte de la propia historia de la liturgia, que ha incorporado diferentes formas y expresiones de acuerdo con las circunstancias de cada época.
En este contexto, el Concilio Vaticano II consideró necesario revisar los libros litúrgicos, pero lo hizo —subrayó León XIV— con respeto por el patrimonio recibido de la tradición.
El Papa recordó además que Sacrosanctum Concilium establece una distinción entre aquello que pertenece a la institución divina de la liturgia y, por tanto, permanece inmutable, y aquellos elementos que, al ser de carácter humano, pueden modificarse cuando las circunstancias lo requieren.
La finalidad de estos cambios debe ser siempre ayudar a que los ritos expresen con mayor claridad aquello que significan y permitan una participación más plena de los fieles.
Una reforma que comenzó antes del Concilio
León XIV explicó también que la reforma litúrgica del Vaticano II no apareció de manera repentina.
El deseo de renovar determinados aspectos de la liturgia ya estaba presente desde comienzos del siglo XX y había encontrado una expresión particular en el llamado Movimiento litúrgico.
Diversos pontífices habían impulsado previamente reformas encaminadas a favorecer una participación más consciente de los fieles.
El Papa recordó, entre otros antecedentes, las iniciativas de Pío XI y Pío XII.
Durante el pontificado de Pío XII se produjo una importante reorganización de las celebraciones de la Semana Santa. Algunos de estos ritos fueron trasladados a horarios más cercanos a los acontecimientos que conmemoraban, recuperando así su sentido temporal dentro de las celebraciones pascuales.
Asimismo, San Juan XXIII impulsó una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal mediante el Motu proprio Rubricarum instructum, promulgado en 1960.
En aquel documento, el Papa ya señalaba la necesidad de presentar al próximo Concilio Ecuménico los principios fundamentales para una futura reforma litúrgica.
El Vaticano II y la continuidad de la tradición
A partir de estos antecedentes, León XIV afirmó que la reforma promovida por el Concilio Vaticano II debe entenderse dentro de la continuidad de la tradición viva de la Iglesia.
Esta perspectiva, señaló, permite también distinguir entre la reforma propiamente dicha y los abusos que posteriormente pudieron producirse en algunos lugares.
El Papa reconoció que determinadas prácticas posteriores al Concilio llegaron a interpretar de manera incorrecta o excesiva algunos principios de la renovación litúrgica. Por ello, consideró necesario recuperar el auténtico sentido de los principios establecidos por Sacrosanctum Concilium.
La reforma no pretendía convertir la liturgia en una acción individual ni hacer de la celebración un espacio sujeto a la iniciativa personal de cada participante. Por el contrario, la Constitución conciliar enseña que las acciones litúrgicas pertenecen a toda la Iglesia.
La liturgia pertenece a toda la Iglesia
León XIV puso especial énfasis en el carácter comunitario de la liturgia.
Las celebraciones litúrgicas, explicó, no son actos privados. Son acciones de la Iglesia, entendida como el pueblo santo reunido y organizado bajo la guía de sus pastores.
Esto significa que la liturgia manifiesta la unidad de la Iglesia y, al mismo tiempo, contribuye a construirla.
El Papa destacó así la responsabilidad que tienen los obispos y sacerdotes de custodiar la dignidad de las celebraciones y garantizar que sean realizadas conforme a las normas litúrgicas.
Pero esta responsabilidad no se limita a quienes presiden la celebración. También corresponde a todos los miembros de la Iglesia vivir la liturgia de manera adecuada y comprender su verdadero significado.
Una liturgia marcada por la sencillez y la dignidad
En la parte final de su catequesis, el Pontífice recordó la llamada del Concilio a celebrar la liturgia con noble sencillez. Esta característica, explicó, debe permitir que los signos y ritos comuniquen de manera clara el misterio que la Iglesia celebra.
La liturgia no necesita convertirse en algo complicado para ser profunda. Su riqueza se encuentra precisamente en permitir que los fieles entren en contacto con el misterio de Cristo mediante la Palabra, los sacramentos, la oración y los signos sagrados. Una celebración vivida de esta manera, señaló León XIV, también posee una profunda dimensión evangelizadora.
La liturgia como fuente de evangelización
El Papa concluyó destacando que una liturgia celebrada correctamente puede convertirse en uno de los instrumentos más importantes para la evangelización.
Cuando los fieles participan de manera consciente y activa, la celebración no termina al abandonar el templo, sino que continúa transformando su manera de vivir. La liturgia enseña al cristiano a ofrecerse a Dios y, mediante Cristo, a crecer en la unión con Dios y con los demás.
De este modo, la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II buscó que la Iglesia pudiera vivir con mayor profundidad aquello que celebra y que cada cristiano encontrara en la liturgia una fuente auténtica de gracia.
Al concluir su ciclo de catequesis sobre Sacrosanctum Concilium, el Papa León XIV recordó así que la renovación litúrgica debe comprenderse desde su verdadero propósito:
ayudar a que el pueblo de Dios participe plenamente en el misterio de Cristo, viva más profundamente su fe y manifieste en la celebración la unidad de la Iglesia.
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