León XIV convierte Canarias en el gran símbolo migratorio de su viaje y pide a Europa no acostumbrarse a que el mar sea “un cementerio sin lápidas”

11 de junio del 2026
Papa en Madrid

RESUMEN JORNADA DÍA 11 DEL PAPA LEÓN XIV


El Papa cerró su etapa barcelonesa y llegó a Gran Canaria para iniciar la fase final de su viaje apostólico a España, con una jornada centrada en la dignidad de los migrantes, la vida pastoral de la Iglesia canaria y la celebración de la Misa en el Estadio de Gran Canaria.

El día dejó momentos especialmente significativos: los telegramas enviados durante el vuelo a Marruecos y Portugal, la llegada histórica de un Papa a Gran Canaria, el encuentro en el puerto de Arguineguín con migrantes, voluntarios y víctimas de trata, la ofrenda floral por quienes murieron en el mar, la bendición de una cruz hecha con madera de una embarcación de migrantes, la entrega de la Llave de Oro de Las Palmas de Gran Canaria y una multitudinaria Misa ante unos 50.000 fieles en la vigilia de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.


El Papa León XIV vivió este jueves una jornada profundamente marcada por el drama migratorio, la gratitud pastoral y la llamada a una caridad que no se limite a la asistencia, sino que ayude a reconstruir vidas. Tras despedirse de Barcelona, el Pontífice aterrizó en Gran Canaria para iniciar la tercera y última etapa de su viaje apostólico a España, con Canarias convertida en un gran altavoz espiritual y social ante una de las heridas más dolorosas del sur de Europa. La jornada comenzó a primera hora de la mañana en la Casa Arzobispal de Barcelona. A las 7:30, León XIV se despidió de la residencia y se trasladó en automóvil al aeropuerto internacional Josep Tarradellas Barcelona-El Prat.


Allí embarcó en un Airbus A320 de Iberia, que despegó a las 8:45 con destino a Las Palmas de Gran Canaria. Durante el vuelo, el Papa envió telegramas a los jefes de Estado de Marruecos y Portugal al sobrevolar ambos países. Al rey Mohammed VI le dirigió un saludo cordial al pueblo marroquí y le aseguró sus oraciones; al presidente portugués, António José Seguro, le transmitió también sus saludos y su oración por el bienestar de la nación.


El avión aterrizó a las 10:38, hora local, en la base aérea de Gran Canaria-Gando. A su llegada, el Santo Padre fue recibido por autoridades locales y mantuvo un breve encuentro en la sala VIP. Con este gesto comenzaba oficialmente una etapa especialmente esperada: la primera visita de un Papa a Gran Canaria, vivida por la diócesis como un acontecimiento histórico y de fuerte carga pastoral.


Arguineguín: el muelle del dolor se convierte en lugar de memoria y esperanza

El primer gran acto del día tuvo lugar en el puerto de Arguineguín, uno de los enclaves más simbólicos de la ruta migratoria atlántica. Allí, León XIV se reunió con representantes de las realidades de acogida a migrantes, en un encuentro que condensó buena parte del sentido social y evangélico de su visita a Canarias. A su llegada, el Papa fue recibido por el obispo de las Islas Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez; por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; por representantes del Gobierno de Canarias y del ámbito portuario; por la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno; por responsables pastorales de la diócesis; por Cáritas Diocesana de Canarias; y por el delegado de pastoral de migraciones. El acto comenzó con un canto y las palabras de bienvenida del obispo. Después, el Papa escuchó varios testimonios: el de Tito Villarmea, socorrista marítimo; el de María Reyes Alemán Cruz, voluntaria de Cáritas; el de una víctima de trata de personas; y el de María Fernanda López Meza, empresaria latinoamericana.


Los testimonios mostraron distintas caras de una misma realidad: la llegada de personas heridas por la pobreza, la violencia, la explotación y el miedo; el trabajo de quienes rescatan vidas en el mar; la acogida discreta de voluntarios y entidades sociales; y la posibilidad de reconstruir un futuro cuando la integración se toma en serio. León XIV pronunció uno de los discursos más intensos de todo su viaje. Ante el mar, recordó que allí llegan “vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad”. Subrayó que el Evangelio no permite mirar desde la comodidad del espectador, sino que obliga a reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el hambre, el miedo, la violencia, el desierto, la noche y el mar.

El Papa recurrió al simbolismo de su anillo del Pescador para explicar que la misión de Pedro adquiere en lugares como Canarias una fuerza literal y dolorosa. Allí, dijo, la Iglesia no puede desentenderse de quienes son rescatados del mar ni de los cuerpos que no llegaron con vida a la costa. Por eso afirmó que los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.


Su mensaje fue especialmente firme contra las mafias migratorias, la trata de personas y la indiferencia. Denunció los “monstruos” que acechan estos mares: redes que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños, y la indiferencia de quienes permiten que los pobres sean tragados por la explotación o el olvido. También dirigió una advertencia a los migrantes: les pidió no creer a quienes prometen “paraísos fáciles” a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de libertad. Definió esas falsas promesas como “cantos de sirenas” e “industrias de muerte”.


El Papa pidió un examen de conciencia a las naciones de origen, a las de tránsito, a Europa, a la comunidad internacional y también a la propia Iglesia. Recordó que no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar muertes cuando ya han ocurrido. Reclamó vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación contra los traficantes, protección efectiva de las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra.


Una de las frases centrales del día fue clara y directa: “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.

Al término del encuentro, León XIV realizó una ofrenda floral en memoria de las víctimas de las migraciones por mar. Después se dirigió a la capilla de la Virgen del Carmen para bendecir una cruz realizada con madera de una embarcación de migrantes. El gesto convirtió el muelle, conocido durante la crisis migratoria de 2020 como el “muelle de la vergüenza”, en un lugar de oración, memoria y esperanza.


Antes de abandonar Arguineguín, el Papa saludó a voluntarios y migrantes. Después se trasladó en automóvil y posteriormente en papamóvil hacia la Catedral de Santa Ana, en Las Palmas de Gran Canaria.


La Llave de Oro y el encuentro con la Iglesia canaria

Durante el trayecto hacia la Catedral, en el momento del cambio de vehículo, León XIV recibió la Llave de Oro de la Ciudad de manos de la alcaldesa de Las Palmas de Gran Canaria, Carolina Darias. Fue uno de los gestos institucionales más destacados de la jornada y expresó la acogida de la ciudad al Pontífice. Ya en la Catedral de Santa Ana, el Papa fue recibido por el obispo de las Islas Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez, y por el decano del Cabildo Catedral, que le entregó la cruz y el agua bendita para la aspersión. Dos niños le ofrecieron además un ramo de flores.


El encuentro reunió a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y agentes pastorales. Tras las palabras de bienvenida del obispo y la lectura del Evangelio, se escucharon los testimonios del sacerdote Santiago Cerrato Cáceres y de Enélida Hernández Monzón, secretaria general de Pastoral, intercalados con un momento musical. En su discurso, León XIV agradeció la acogida y presentó a la Iglesia canaria como una comunidad viva, situada en un territorio donde el mar es imagen de belleza, hogar y horizonte, pero también de distancia, separación, desafío y camino por recorrer.


El Papa propuso dos actitudes fundamentales para la vida cristiana y pastoral. La primera fue abrazar la cruz de Cristo. A partir de una cita de san Agustín, explicó que nadie puede atravesar el mar de este mundo si no es llevado por la cruz. Esa imagen le sirvió para reconocer la labor de quienes, en Canarias, actúan como cireneos acompañando a tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida.


La segunda actitud fue cultivar una espiritualidad eucarística. León XIV vinculó esta llamada con una antigua tradición de la Catedral de Santa Ana: la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento el día de la Ascensión. A partir de ese signo, recordó que la Eucaristía es fuente de unidad, comunión y solidaridad cristiana. El Papa animó a la Iglesia canaria a seguir ofreciendo el amor recibido del Señor en forma de acogida, escucha, cercanía y cuidado de los más frágiles. Pidió vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y encomendó la travesía de la comunidad cristiana a la Virgen María, Stella Maris, para que ayude a “remar mar adentro” y llegar al puerto seguro del encuentro con Cristo.


El acto concluyó con la bendición, la entrega de un obsequio y el canto final. Después, León XIV se trasladó a pie a la Casa Episcopal de Las Palmas de Gran Canaria para un almuerzo privado.


El Estadio de Gran Canaria acoge la gran Misa del día

Por la tarde, León XIV salió de la Casa Episcopal y se dirigió en papamóvil al Estadio de Gran Canaria, donde presidió la Santa Misa en la celebración vespertina de la vigilia de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La celebración reunió a unos 50.000 fieles repartidos entre el Estadio de Gran Canaria, la zona de estacionamiento y el Palacio de Deportes.


A su llegada al estadio, el Papa realizó una vuelta en papamóvil entre los fieles, en un ambiente de alegría, emoción y gratitud. Tras los ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra, pronunció la homilía. León XIV comenzó dando gracias a Dios por el bien que se realiza cada día en Canarias y confió al altar tanto el compromiso de quienes sirven como los sufrimientos de los que esta tierra es testigo. Invitó especialmente a rezar por los hermanos y hermanas que han perdido la vida en el mar.


La homilía se situó en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien toda España está consagrada. El Papa pidió que los fieles tuvieran vivos los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador. León XIV explicó que el amor de Dios no nace del cálculo, ni del mérito, ni de la conveniencia, sino de una gratuidad radical. Ese amor, afirmó, debe traducirse en la generosidad concreta con la que cada cristiano sirve a los hermanos, especialmente a los más necesitados, indefensos y vulnerables.


El Papa insistió en que la caridad cristiana no puede quedarse en el mero asistencialismo. Debe abrazar a quien sufre, pero también ayudar a la persona herida a levantarse, caminar, recuperar confianza y encontrar una inserción digna y constructiva en la comunidad. Solo así, incluso los acontecimientos difíciles y dolorosos pueden convertirse en semillas de esperanza. También habló de la humildad del Corazón de Cristo. Advirtió contra la presunción de quienes creen bastarse a sí mismos y recordó que la riqueza puede volver ciegas a las personas hasta hacerles pensar que la felicidad consiste en prescindir de los demás. Frente a esa lógica, Jesús enseña que la verdadera alegría nace de bajar de los pedestales de la arrogancia para encontrarse en la humildad que hermana.


El Papa citó a san Agustín para unir caridad, humildad y paz. Donde hay humildad verdadera, dijo, hay amor; y donde hay amor, hay paz. Por eso invitó a los fieles a mirarse siempre con respeto y confianza, y a ser portadores de la misericordia y la paz de Cristo para que cesen las guerras y crezca una humanidad nueva, reconciliada en el amor. Al término de la Misa, el obispo de las Islas Canarias dirigió unas palabras de agradecimiento al Santo Padre. Después de regresar a la sacristía, León XIV se trasladó en automóvil a la Casa Episcopal de Las Palmas.


Con esta celebración concluyó una jornada histórica para Canarias y una de las más sociales del viaje apostólico. El Papa llegó al archipiélago no solo para celebrar la fe, sino para poner rostro, nombre y dignidad a quienes cruzan el mar buscando vida. El día 11 dejó así un mensaje nítido: la Iglesia no puede pasar de largo ante el sufrimiento humano, y Europa no puede defender la dignidad humana mientras se acostumbra a ver morir a personas en sus fronteras marítimas.



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