Presentar a los hijos ante Dios: el consuelo de saber que los bebés fallecidos “nos esperan en el cielo”
9 de febrero del 2026
El dolor por la pérdida de un hijo durante el embarazo o poco después del parto es una herida silenciosa que muchas familias llevan en lo más profundo del corazón. Conscientes de esa realidad, diversas parroquias de España han impulsado una pastoral de acompañamiento al duelo perinatal que ofrece un espacio de fe, escucha y esperanza.
Esta iniciativa, nacida hace algunos años en la parroquia del Buen Suceso de Madrid, culmina cada año en una emotiva celebración: la presentación en el templo de los bebés fallecidos, coincidiendo con la fiesta de la Presentación del Señor. Para muchos padres, este gesto se ha convertido en un bálsamo espiritual que les permite poner nombre a sus hijos, despedirlos con amor y reafirmar la certeza de que su vida no fue en vano.
Este año, la experiencia se ha extendido a otras comunidades de la Archidiócesis de Madrid —como San Alberto Magno y Santa María de la Merced, en Las Rozas— y también a parroquias de Barcelona, Zaragoza y Algeciras, mostrando que la necesidad de acompañar este tipo de duelos es cada vez más sentida en la Iglesia.
“Presentar a los hijos fallecidos ante el altar es un acto de fe que transforma el dolor en esperanza y reafirma la certeza de que nos esperan en el cielo”.
Cuando el dolor se transforma en esperanza
Mariana y Archibald son un joven matrimonio que hace apenas unos meses celebraba ilusionado la noticia de su primer embarazo. Sin embargo, a las nueve semanas de gestación su pequeño Juanito falleció. “Fue muy doloroso y muy triste porque era un niño muy esperado y, sobre todo, muy querido”, relata Mariana con serenidad.
En medio de ese sufrimiento descubrieron la pastoral de acompañamiento al duelo perinatal. “Fue como una caricia del Señor que nos acompañaba en el dolor”, explica. Tras un proceso de oración y encuentros mensuales, pudieron participar en la Misa de presentación de su hijo ante el altar.
Para ellos, ese momento supuso un punto de inflexión. “Ha sido un regalazo poder hacer cierto que él ha vivido, que su alma merece la pena. Al presentársela al Señor nos hemos quedado con muchísima paz de que está en los brazos de la Virgen y que nos está esperando para cuando lleguemos al cielo”, confiesa emocionada.
Su testimonio refleja el espíritu de esta pastoral: no negar el sufrimiento, sino iluminarlo desde la fe y ofrecer un camino para vivirlo en comunión con Dios y con la comunidad cristiana.
Un camino de fe para toda la familia
Otra historia conmovedora es la de Sara y Pablo, casados desde hace seis años y padres de dos niñas. Ellos también han tenido que afrontar la pérdida de dos hijos durante la gestación, Inés y José. Este año pudieron presentarlos juntos en el templo. “Ha sido un camino muy bonito, desde el 2024 hasta ahora. El día de hoy ha sido como el culmen. Gracias a Dios y a esta propuesta, hemos podido ver un bien en esos niños”, comenta Pablo. Su esposa Sara reconoce que el proceso no ha sido fácil: “Hemos tenido que buscar dónde estaba el Señor en esto, qué sentido tenía la vida de nuestros hijos. En medio del sufrimiento también se encuentra al Señor”.
Lo más sorprendente es cómo sus hijas han vivido todo con una naturalidad que solo puede brotar de la sencillez infantil.
Sara relata un episodio que para ellos fue decisivo: durante un viaje, su hija mayor comenzó a señalar al cielo diciendo que veía a su hermanita Inés. Días después confirmaron médicamente que el fallecimiento había ocurrido exactamente en esas fechas. Experiencias como esta refuerzan en muchas familias la convicción de que esos pequeños no se han perdido, sino que forman parte de una realidad eterna que un día volverán a abrazar.
Un itinerario espiritual de ocho meses
El acompañamiento que ofrece esta pastoral no se reduce a un solo acto litúrgico. Se trata de un auténtico camino espiritual que se desarrolla durante todo el año. La iniciativa, impulsada junto a la funeraria especializada “En vela”, propone encuentros mensuales de oración basados en las lecturas de la octava antes de Navidad.
Belén Moya, coordinadora del proyecto en la parroquia del Buen Suceso, explica que estas reuniones ayudan a los padres a ir elaborando su duelo desde la Palabra de Dios. “Tras leer un texto hacemos un ejercicio de ‘manducación’, es decir, de masticarlo interiormente para que vaya calando en el corazón”, detalla.
Después de un tiempo de silencio, los participantes pueden compartir lo que la oración ha suscitado en ellos. “La Palabra va abriendo luz en la grieta de tu corazón”, asegura Belén. Aunque no es obligatorio asistir a todas las sesiones, muchas familias descubren que ese proceso gradual les permite sanar heridas que creían imposibles de curar.
El itinerario concluye en enero con dos encuentros preparatorios para la gran celebración de la Presentación. En esa Misa, los padres llevan al altar una vela con el nombre de cada hijo fallecido, un gesto sencillo pero cargado de un profundo simbolismo.
Intercesores desde el cielo
Para el párroco del Buen Suceso, el sacerdote Enrique González Torres, esta pastoral tiene un valor inmenso para la vida de la Iglesia. “Es muy bonito poder acompañar a estas personas, recibirlas en la comunidad y ayudarlas a poner nombre a sus hijos, sacándolos del anonimato y del silencio”, afirma.
Durante la ceremonia, los nombres de los pequeños quedan inscritos en un libro parroquial. Este año se han registrado 52 bebés, algunos presentados individualmente y otros como parte de familias que han sufrido varias pérdidas.
El sacerdote subraya que, desde la fe, estos niños se convierten en verdaderos intercesores por sus familias. “Creemos en el poder de la gracia de Dios y en que estos hijos están en sus manos. Presentarlos en el templo es un acto de esperanza y de amor”, explica.
También aborda con delicadeza la pregunta que muchos padres se hacen sobre el destino eterno de los niños no bautizados. Recuerda que, aunque el bautismo es necesario para la salvación, “Dios tiene mil caminos para derramar su gracia” y conoce el deseo sincero de los padres que hubieran querido bautizar a sus hijos.
De este modo, la celebración no es solo una despedida, sino una profesión de fe: la certeza de que la vida humana comienza desde el primer instante y que ningún hijo se pierde ante los ojos de Dios.
Una misión que sigue creciendo
La extensión de esta iniciativa a otras parroquias demuestra que no se trata de un fenómeno aislado. Cada vez más comunidades descubren la importancia de ofrecer un espacio donde el duelo perinatal pueda ser acompañado desde la fe y la caridad.
Para muchas familias, este proceso se convierte en una verdadera experiencia de resurrección interior. No borra el dolor, pero lo transforma, dándole un sentido nuevo y abriendo el corazón a una esperanza que mira más allá de la muerte.
Mariana, Archibald, Sara y Pablo son solo algunos de los muchos padres que han encontrado en esta pastoral un lugar donde su sufrimiento es escuchado y su amor por sus hijos es reconocido. Gracias a ello pueden repetir, con lágrimas pero también con paz, que sus pequeños no se han ido para siempre.
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