Hospice San José: una respuesta de amor ante el final de la vida en tiempos de eutanasia
6 de febrero del 2026
En un contexto social marcado por la reciente legalización de la eutanasia en Uruguay, un grupo de laicos y profesionales de la salud ha decidido responder con una propuesta radicalmente distinta: cuidar, acompañar y sostener con ternura a quienes atraviesan el último tramo de su existencia. El Hospice San José, ubicado en Montevideo, se ha convertido en un auténtico hogar para personas en situación de vulnerabilidad que necesitan alivio, cercanía y dignidad hasta el último suspiro.
Mientras la nueva legislación permite que adultos con enfermedades irreversibles soliciten poner fin a su vida, esta obra propone un camino opuesto: demostrar que la verdadera “muerte digna” no consiste en adelantar el final, sino en rodear a cada persona de amor, atención médica y calor humano. Su labor, iniciada en 2023, adquiere hoy una relevancia aún mayor al ofrecer una alternativa concreta y profundamente humana ante la cultura del descarte.
“La verdadera dignidad al final de la vida no está en adelantar la muerte, sino en acompañar con amor hasta el último instante”.
Un proyecto nacido del servicio desinteresado
El Hospice San José no surgió como una iniciativa institucional, sino como el fruto de una amistad y de un deseo compartido de hacer el bien. Todo comenzó con un grupo de amigos vinculados a la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo, que quisieron honrar la memoria del profesor Luis Manuel Calleja, un hombre recordado por su vocación de entrega y su sensibilidad hacia los más necesitados.
El objetivo era claro: crear un servicio totalmente gratuito dirigido a personas que no pudieran agradecer ni retribuir lo recibido. “Queríamos que la gratuidad fuera completa”, explica Pablo Regent, uno de los fundadores y actual presidente del proyecto. La idea definitiva surgió gracias a su hija Luisa, quien había sido voluntaria en Etiopía y conocía de cerca la realidad de los cuidados paliativos. Su experiencia inspiró la creación de un hospice que pudiera ofrecer en Uruguay lo que tantas personas carecen: un final de vida acompañado y digno.
Así nació esta casa que hoy acoge a quienes ya no tienen familia que los cuide, ni recursos para afrontar su enfermedad. Un equipo interdisciplinario de médicos, enfermeros y voluntarios trabaja de forma coordinada para brindar atención integral las 24 horas del día. La fundación que sostiene el proyecto se define como de inspiración cristiana, pero abierta a toda persona de buena voluntad que desee sumarse a esta misión.
“Aquí no hay pacientes, hay huéspedes”
La filosofía del Hospice San José se basa en una idea fundamental: cada persona merece transitar sus últimos días como lo haría en su propia casa, rodeada de afecto y respeto. Por eso, quienes llegan a este lugar no son llamados “pacientes”, sino “huéspedes”.
“Buscamos recrear lo que debería ser un hogar: un espacio donde alguien cuida, acompaña, conversa y está presente”, explica Regent. Los profesionales de la salud se encargan de los cuidados médicos y paliativos, mientras que cerca de setenta voluntarios asumen las tareas cotidianas: cocinar, ordenar, dialogar, rezar con quienes lo desean y, sobre todo, estar.
Las instalaciones están preparadas para albergar a cuatro personas al mismo tiempo, cada una en una habitación individual equipada con todo lo necesario. Allí se procura que nadie muera en soledad, que nadie se sienta un número y que cada historia personal sea escuchada hasta el final.
En medio del debate público sobre la eutanasia, Pablo es claro: “Nosotros no respondemos con discursos, respondemos con hechos. Cuidamos a quienes están sufriendo lo peor de esta etapa: la soledad, la desesperanza y el abandono”. Para él, la calidad de una sociedad se mide en la forma en que trata a sus miembros más frágiles, especialmente a quienes ya no pueden valerse por sí mismos.
El sostén silencioso de la solidaridad
Mantener un servicio de estas características implica un enorme desafío económico. El Hospice San José se sostiene exclusivamente gracias a donaciones particulares y al trabajo voluntario. Su presupuesto anual ronda los 220.000 dólares, destinados en su mayoría a los salarios del personal sanitario.
A ello se suman aportes de empresas y personas que colaboran con alimentos, productos de limpieza y recursos materiales. Cada gesto cuenta, porque permite que esta obra siga siendo completamente gratuita para quienes la necesitan.
Pero más allá del dinero, Pablo insiste en que lo esencial son los voluntarios. “Sin ellos, nada sería posible. Lo más importante es que haya personas dispuestas a dar su tiempo y su corazón”. Reconoce que no es una tarea fácil, que exige constancia y fortaleza emocional, pero al mismo tiempo asegura que es una de las experiencias más transformadoras que alguien puede vivir.
Como muestra del impacto de esta misión, relata la historia de Rubén, un huésped que pidió recibir la Primera Comunión poco antes de morir. Se organizó una pequeña celebración en su habitación y, al terminar, miró a Pablo y le dijo: “Hoy es el día más feliz de mi vida”. Falleció apenas dos días después. Ese momento, confiesa, confirmó para siempre el sentido profundo de todo el proyecto.
El sueño de los fundadores es que esta iniciativa se multiplique. Ya han surgido experiencias similares en otras ciudades del país, y esperan que muchos más se animen a replicar este modelo de cuidado compasivo.
Al final, el mensaje que transmite el Hospice San José es sencillo y profundamente evangélico: ninguna vida es descartable y ningún sufrimiento debe vivirse en soledad.
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