Papa León XIV: Encontrar a Jesús transforma la vida y la llena de una alegría que el mundo no puede dar

9 de febrero del 2026

La auténtica alegría cristiana no es un simple estado de ánimo pasajero, sino un don que brota del encuentro personal con Jesucristo y que renueva por completo la existencia. Así lo ha recordado el Papa León XIV durante su reflexión dominical previa al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Ante miles de peregrinos y fieles reunidos, el Santo Padre explicó que la presencia de Cristo concede a la vida un “sabor nuevo”, capaz de iluminar incluso las situaciones más difíciles.



Tomando como punto de partida el pasaje evangélico de las Bienaventuranzas, el Pontífice subrayó que quien se deja guiar por las palabras de Jesús descubre que todo lo que se aleja de Él se vuelve “insípido y opaco”. Sólo el Evangelio —afirmó— es capaz de dar verdadero sentido y plenitud al camino humano.

“La verdadera alegría nace del encuentro con Jesús y es la única que puede dar a la vida un sabor nuevo, luminoso y lleno de esperanza”.

La sal y la luz que renuevan el mundo


En su catequesis, el Papa León XIV recordó las palabras del Evangelio de san Mateo en las que Jesús, tras proclamar las Bienaventuranzas, se dirige a sus discípulos para decirles: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. Según explicó, estas imágenes revelan la misión de todo cristiano: transformar la realidad con la fuerza del amor y la verdad.

“Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro”, afirmó el Pontífice. Para el Papa, la alegría que nace del Evangelio es una alegría activa, que no se guarda para uno mismo, sino que se irradia y contagia.


Esta alegría verdadera —continuó— es la que “da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía”. No se trata de un optimismo superficial, sino de un modo nuevo de habitar el mundo, de relacionarse con los demás y de enfrentar las circunstancias cotidianas. La fuente de todo ello es la vida misma de Jesús, que se manifiesta como “el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras”.



Cuando el corazón se aleja de Cristo


El Papa advirtió también sobre el riesgo de perder ese gusto espiritual que ofrece el Evangelio. Cuando una persona se distancia de Cristo y de su mensaje, la vida se vuelve gris, vacía y sin rumbo. “Después de haber encontrado a Jesús —señaló— parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia”.


Estas actitudes evangélicas, explicó el Santo Padre, impulsan a la misericordia y a la paz, y se convierten en auténticas dinámicas de transformación y reconciliación. Por ello, renunciar a ellas supone renunciar también a la alegría.


“Es doloroso perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón”, reconoció. Con estas palabras, el Pontífice quiso alertar a los creyentes para que no permitan que el cansancio, la rutina o las preocupaciones apaguen el entusiasmo de la fe.



Un Dios que nunca descarta a nadie


En otro momento de su reflexión, León XIV se dirigió a todas aquellas personas que se sienten fracasadas, descartadas o invisibles para los demás. A ellas les recordó que el mensaje de Jesús es precisamente un mensaje de esperanza.


“Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad”, afirmó con fuerza. Aunque las heridas de la vida puedan ser profundas, añadió, siempre existe la posibilidad de sanar volviendo al camino del Evangelio.


El Papa insistió en que los gestos concretos de apertura y de atención hacia los demás son los que reavivan la alegría. Cuando el cristiano sale de sí mismo para servir, escuchar y acompañar, la luz de Cristo vuelve a brillar en su interior.


Para sostener este estilo de vida, el Pontífice invitó a los fieles a acudir cada domingo a la Eucaristía, que es “la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido”. En la comunión con Jesús —aseguró— se encuentra la fuerza necesaria para vivir según las Bienaventuranzas.



Al concluir su meditación, el Papa León XIV animó a todos a dejarse alimentar e iluminar por Cristo, sin necesidad de exhibiciones ni protagonismos. “Seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos desean vivir y encontrar la paz”, expresó.



Sus palabras resonaron como una invitación a redescubrir la alegría del Evangelio en medio de un mundo que, tantas veces, ofrece sucedáneos incapaces de llenar el corazón humano.


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