¿Protege realmente el hilo rojo del mal? Una cantante católica explica por qué esta práctica no es compatible con la fe
3 de julio del 2026
Cada vez son más los bebés y niños que llevan pulseras rojas o azabaches como supuesta protección contra el "mal de ojo", pero la Iglesia recuerda que la verdadera confianza del cristiano debe ponerse únicamente en Dios y no en amuletos o supersticiones.
"Nuestra única protección es Dios; la verdadera fe no necesita amuletos."
Una pequeña pulsera roja atada a la muñeca de un bebé se ha convertido en una imagen cada vez más habitual en muchos países. Para algunas personas representa una forma de proteger a los más pequeños del llamado "mal de ojo". Sin embargo, desde la fe católica, esta práctica plantea una cuestión importante: ¿puede un objeto proteger realmente del mal? La cantante católica y misionera digital María Gabriela Moniz ha querido responder a esta pregunta recordando que el hilo rojo y otros amuletos similares no forman parte de la tradición cristiana y pueden llevar a caer en la superstición, desviando la confianza que solo debe depositarse en Dios.
Una costumbre cada vez más extendida
El uso de pulseras rojas, azabaches u otros objetos protectores se ha popularizado especialmente entre los recién nacidos y los niños pequeños. Muchas familias las colocan con la convicción de que sirven para alejar energías negativas, la envidia o el denominado "mal de ojo". Aunque esta práctica suele transmitirse como una tradición cultural o familiar, María Gabriela Moniz advierte de que sus raíces pertenecen a creencias esotéricas y supersticiosas, ajenas a la fe cristiana.
¿Por qué no es compatible con la fe?
La misionera explica que el problema no reside en el objeto material, sino en la confianza que se deposita en él. Cuando una persona cree que un hilo, una pulsera o cualquier otro amuleto posee por sí mismo el poder de proteger del mal, está atribuyendo a un objeto una capacidad que corresponde únicamente a Dios. "Como cristianos, nuestra única protección es Dios", afirma Moniz, quien recuerda que confiar en un amuleto supone caer en la superstición, una práctica incompatible con el primer mandamiento.
La superstición desvía la auténtica fe
La doctrina de la Iglesia aborda expresamente esta cuestión. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2111, explica que la superstición constituye una desviación del verdadero sentido de la religión y aparece cuando se atribuye una eficacia casi mágica a determinados objetos o prácticas, independientemente de la confianza que debe ponerse en Dios. La Iglesia distingue claramente entre la fe auténtica y aquellas creencias que atribuyen poderes sobrenaturales a elementos materiales.
Sacramentales sí, amuletos no
La cantante católica recuerda que la Iglesia sí propone medios concretos para crecer en la vida espiritual, pero estos no funcionan como objetos mágicos. Las medallas bendecidas, los escapularios, el agua bendita o los crucifijos son sacramentales, es decir, signos que ayudan a fortalecer la fe y orientan el corazón hacia Dios. Su eficacia no depende del objeto en sí, sino de la gracia de Dios y de la disposición interior de quien los utiliza. Por ello, no deben confundirse con amuletos destinados a alejar supuestas fuerzas ocultas.
¿Cómo proteger espiritualmente a los hijos?
Lejos de alimentar el miedo, María Gabriela Moniz anima a los padres a acudir a los medios que la Iglesia ofrece desde hace siglos. Su consejo es sencillo: bautizar a los hijos, enseñarles a rezar, confiar en la Providencia divina y, si se desea, colocarles una medalla de la Virgen o de un santo debidamente bendecida por un sacerdote, siempre entendida como un signo de fe y no como un objeto con poderes propios.
Confiar en Dios por encima de cualquier objeto
La reflexión de la misionera concluye con una invitación a examinar aquellas costumbres que, aunque estén muy extendidas socialmente, pueden alejar al creyente de una confianza plena en Dios. El cristiano no necesita buscar protección en prácticas supersticiosas, porque sabe que su verdadera fortaleza nace de la gracia de Dios, de la oración y de la vida sacramental.
La fe católica recuerda que la auténtica protección no se encuentra en un hilo atado a la muñeca, sino en vivir unidos a Cristo. Cuando el corazón confía plenamente en Dios, ningún amuleto resulta necesario, porque la mayor seguridad del creyente es saberse siempre sostenido por el amor y la Providencia del Señor.
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