Ayuno y abstinencia: El camino de penitencia que transforma el corazón en la Cuaresma
19 de febrero del 2026
Cada año, cuando comienza la Cuaresma, la Iglesia invita a millones de fieles en todo el mundo a entrar en un tiempo sagrado de recogimiento, penitencia y preparación para el misterio central de la fe cristiana: la Pascua del Señor. En este itinerario espiritual, el ayuno y la abstinencia ocupan un lugar privilegiado, no como meras prácticas externas o normas formales, sino como instrumentos de conversión interior que conducen al encuentro renovado con Dios.
Estas prácticas, profundamente arraigadas en la tradición cristiana, no pueden comprenderse únicamente desde una perspectiva disciplinaria o normativa. Su significado es mucho más profundo: constituyen un acto consciente de amor, humildad y arrepentimiento, mediante el cual el creyente reconoce su fragilidad, su necesidad de la gracia divina y su deseo sincero de cambiar de vida.
La Iglesia propone el ayuno y la abstinencia no como una carga, sino como una oportunidad de transformación espiritual. En un mundo marcado por la inmediatez, el consumo y el individualismo, estas prácticas recuerdan al cristiano que la verdadera plenitud no se encuentra en la satisfacción de los deseos materiales, sino en la comunión con Dios.
“El verdadero ayuno no consiste solo en privarse de alimentos, sino en renunciar al pecado y volver el corazón a Dios.”
Una llamada universal a la penitencia y al arrepentimiento
El ayuno, entendido como la reducción voluntaria de la cantidad de alimentos, y la abstinencia, que consiste principalmente en privarse de comer carne en determinados días —especialmente los viernes de Cuaresma—, tienen su fundamento en la propia condición humana marcada por el pecado y la necesidad permanente de conversión.
Las Sagradas Escrituras recuerdan con claridad que todos los hombres están llamados al arrepentimiento.
El apóstol San Juan afirma que negar el pecado es negar la verdad misma, mientras que San Pedro, en su predicación tras Pentecostés, exhorta a los fieles a convertirse para recibir el perdón y comenzar una vida nueva. Esta llamada no pertenece únicamente a una época concreta, sino que constituye una exigencia permanente en la vida cristiana.
En coherencia con esta enseñanza, el Código de Derecho Canónico establece que todos los fieles están obligados, conforme a la ley divina, a realizar actos de penitencia, particularmente en los viernes de cada año y de manera especial durante la Cuaresma. Esta obligación no debe interpretarse como una imposición meramente jurídica, sino como una invitación amorosa a participar en el camino de purificación que conduce a la verdadera libertad espiritual.
La penitencia, en este sentido, no es un castigo, sino una medicina para el alma. Es el reconocimiento humilde de la propia debilidad y el deseo sincero de restaurar la relación con Dios, rota o debilitada por el pecado.
La disciplina del cuerpo como camino hacia la libertad del espíritu
El ayuno y la abstinencia representan, además, un ejercicio concreto de dominio propio que ayuda al creyente a ordenar sus deseos y a fortalecer su voluntad. Al renunciar voluntariamente a algo bueno y legítimo, como el alimento, el cristiano aprende a liberarse de la esclavitud de los impulsos desordenados y a crecer en libertad interior.
Esta disciplina no tiene como finalidad el sufrimiento por sí mismo, sino la transformación del corazón. Al experimentar la privación, el creyente toma conciencia de su dependencia radical de Dios, fuente de toda vida y de todo bien. El ayuno se convierte así en una escuela de humildad, en la que el cristiano reconoce que no puede salvarse por sus propias fuerzas, sino únicamente mediante la gracia divina.
Desde los primeros siglos del cristianismo, los fieles han practicado la penitencia siguiendo el ejemplo del propio Jesucristo, quien, antes de iniciar su vida pública, se retiró al desierto durante cuarenta días para orar y ayunar. Este gesto, cargado de profundo significado espiritual, constituye el modelo que la Iglesia propone a sus hijos, especialmente durante el tiempo cuaresmal.
Al imitar a Cristo en su ayuno, el cristiano se une a su sacrificio redentor y participa de su victoria sobre el pecado y la tentación. El esfuerzo personal, sostenido por la gracia, se convierte así en un medio eficaz para crecer en virtud y acercarse más plenamente a Dios.
La conversión del corazón, el verdadero sentido de toda penitencia
No obstante, la Iglesia enseña con claridad que el valor del ayuno y la abstinencia no reside únicamente en el acto exterior, sino en la disposición interior que lo acompaña. El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que la llamada de Cristo a la conversión se dirige ante todo al corazón del hombre, a esa dimensión profunda donde se decide el sentido de la vida.
La penitencia auténtica implica una transformación radical de la persona. No se trata solo de modificar conductas externas, sino de reorientar toda la existencia hacia Dios. Es un retorno sincero al amor divino, acompañado del rechazo consciente del pecado y del firme propósito de vivir según el Evangelio.
Esta conversión interior se manifiesta naturalmente en signos visibles, como el ayuno, la oración y las obras de caridad. Estas prácticas no son fines en sí mismas, sino expresiones concretas de un corazón que desea amar más plenamente a Dios y a los demás.
La penitencia, en su sentido más profundo, es un acto de esperanza. Es la certeza de que, a pesar de las caídas y debilidades, la misericordia de Dios permanece siempre abierta para quien se acerca a Él con humildad y confianza. Es la respuesta libre del hombre al amor infinito de su Creador.
En definitiva, el ayuno y la abstinencia constituyen mucho más que una tradición o una norma disciplinaria. Son un camino de purificación, una escuela de libertad interior y una oportunidad privilegiada para renovar la relación con Dios. A través de estas prácticas, el cristiano aprende a desprenderse de aquello que lo aleja del Señor y a abrir su corazón a la acción transformadora de la gracia.
En el silencio del sacrificio y la renuncia, el alma descubre una verdad profunda: solo Dios basta. Y es precisamente en esa entrega, humilde y sincera, donde comienza la verdadera Pascua del corazón.
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