Cuando la santidad se enfrenta al mal: cómo Don Bosco combatió al demonio y las armas espirituales que dejó a los jóvenes

3 de febrero del 2026

La figura de San Juan Bosco —más conocido como Don Bosco— no solo destaca en la historia de la Iglesia como un educador genial y un apóstol incansable de la juventud, sino también como un sacerdote profundamente consciente del combate espiritual que atraviesa la vida cristiana. Su experiencia pastoral, forjada en el contacto diario con muchachos pobres, abandonados y tentados por múltiples peligros, lo llevó a hablar con un realismo poco común sobre la acción del mal y sobre los medios concretos para resistirlo con fe, serenidad y confianza en Dios.



Las páginas de las Memorias Biográficas, monumental obra en la que los salesianos recogieron su vida y testimonios directos del propio santo, revelan episodios impresionantes en los que Don Bosco se enfrentó de manera directa a la acción del demonio. Lejos de alimentar el miedo, estos relatos se convierten en una catequesis viva sobre la victoria de Cristo y la fuerza de los sacramentos, la oración y la devoción mariana.

“El demonio huye allí donde un corazón se aferra a Cristo con fe, a la Virgen con confianza y a los sacramentos con amor”.

Ruidos en la noche y una prueba que puso en peligro su salud


Ya ordenado sacerdote y en los inicios de su obra entre los jóvenes, Don Bosco comenzó a experimentar fenómenos inquietantes al retirarse a descansar. En el techo de su habitación se escuchaban ruidos violentos, como si grandes piedras rodaran sobre la madera. En un primer momento pensó que se trataba de animales, y llegó incluso a colocar trampas, pero cada mañana comprobaba que todo seguía intacto.


Desconcertado, recurrió a su confesor y director espiritual, José Cafasso, quien le aconsejó rociar el desván con agua bendita. Sin embargo, los ruidos persistieron. Don Bosco cambió de habitación, pero la situación no mejoró. Las noches en vela comenzaron a afectar gravemente su salud: adelgazaba, se debilitaba y el descanso se hacía casi imposible.

La preocupación llegó a tal punto que su madre, la venerable Mamá Margarita, entraba a la habitación y, mirando al techo, increpaba con sencillez y valentía a aquellas presencias invisibles, pidiendo que dejaran en paz a su hijo.



El auxilio de la Virgen y el fin de la perturbación


Decidido a afrontar la situación, Don Bosco mandó abrir un hueco en el techo, a modo de tragaluz, y colocó una escalera para subir de inmediato en cuanto comenzaran los ruidos. Así lo hizo una noche: al escuchar los golpes, subió rápidamente y se encontró cara a cara con el enemigo.

Sin entrar en diálogo ni dejarse dominar por el temor, tomó un cuadro de la Virgen María y lo colgó en la pared del desván, suplicando con fe la protección de la Madre de Dios.


Desde ese momento, los ruidos desaparecieron por completo. Para Don Bosco, esta experiencia confirmó una convicción que marcaría toda su espiritualidad: la victoria sobre el mal no se obtiene por la fuerza humana, sino por la humildad, la oración y la confianza filial en María.


El santo relataba que estos no fueron los únicos ataques sufridos. En otras ocasiones experimentó voces ensordecedoras, ráfagas de viento violentas, papeles que caían sin explicación, libros desordenados o escondidos, e incluso intentos de ser despojado de la ropa al disponerse a dormir.


También presenció cómo una estufa se encendía con llamas amenazantes o cómo su cama era sacudida por una fuerza invisible. En alguna ocasión, llegó a ver la figura de un monstruo aterrador que parecía dispuesto a devorarlo.



Las armas espirituales que Don Bosco enseñó a sus jóvenes


Lejos de quedarse en el relato de lo extraordinario, Don Bosco supo traducir su experiencia en consejos prácticos, sencillos y profundamente evangélicos para los muchachos a los que educaba. Su objetivo no era infundir miedo, sino fortalecer la fe y enseñar a vivir en gracia.

Entre las recomendaciones más insistentes del santo, destacan tres pilares fundamentales. El primero era hacer con devoción la señal de la cruz, especialmente al entrar en la iglesia o en momentos de tentación. Enseñaba que este gesto, cuando se realiza con fe —y más aún con agua bendita—, es una defensa poderosa contra el enemigo.


El segundo pilar era la vida sacramental, especialmente la Comunión bien hecha. Don Bosco repetía que no hay nada que el demonio tema más que un alma unida a Cristo en la Eucaristía. De la misma manera, insistía en la importancia de las visitas frecuentes al Santísimo Sacramento, convencido de que quien se refugia a los pies de Jesús encuentra la fuerza necesaria para resistir cualquier asalto.



Finalmente, el santo subrayaba la perseverancia en la oración y en una vida ordenada, alejada de la ociosidad y abierta a la gracia. Para él, el demonio se aprovecha de la negligencia espiritual, pero huye cuando encuentra almas vigilantes, humildes y enamoradas de Dios.


Don Bosco no prometía una vida sin luchas, pero sí aseguraba que quien se mantiene cerca de Jesús no será vencido. Su enseñanza, nacida de la experiencia y confirmada por una vida de santidad, sigue siendo hoy una guía luminosa para jóvenes y adultos que desean caminar firmes en la fe.


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