“Gracias a San Juan Pablo II, mi padre nunca perdió la esperanza”: el emotivo testimonio de la hija de Jérôme Lejeune
6 de julio del 2026
Karin Lejeune recuerda cómo la amistad entre el genetista francés y San Juan Pablo II sostuvo a su padre durante los años en que fue marginado por defender la vida y la dignidad de los niños con síndrome de Down.
"Gracias a San Juan Pablo II, mi padre siempre mantuvo la esperanza."
Defender la vida le costó el reconocimiento de buena parte del mundo científico. Pero nunca logró arrebatarle la esperanza. Así lo asegura Karin Lejeune, hija del célebre genetista francés Jérôme Lejeune, quien ha recordado el profundo vínculo de amistad que unió a su padre con San Juan Pablo II y cómo el apoyo del Pontífice fue decisivo durante los momentos más difíciles de su vida. Con motivo del centenario del nacimiento del científico, Karin ha compartido un testimonio cargado de emoción en el que presenta a su padre no solo como el descubridor de la trisomía 21, causa del síndrome de Down, sino también como un hombre profundamente creyente que nunca renunció a la verdad, incluso cuando ello supuso el aislamiento profesional y la pérdida de importantes reconocimientos.
El científico que cambió la medicina
Jérôme Lejeune pasó a la historia de la medicina en 1958 al descubrir que el síndrome de Down está causado por una copia adicional del cromosoma 21, un hallazgo que revolucionó la genética moderna y abrió nuevas vías para la investigación biomédica. Sin embargo, aquel descubrimiento terminó siendo utilizado por muchos para justificar el aborto eugenésico de los niños diagnosticados con esta alteración genética. Lejeune se opuso con firmeza a esa deriva y defendió públicamente que el deber de la ciencia era curar a los pacientes, nunca eliminarlos.
El precio de defender la vida
Su postura provida tuvo un elevado coste personal y profesional. A pesar del enorme prestigio internacional alcanzado por sus investigaciones, comenzó a ser apartado de numerosos foros científicos y perdió gran parte del respaldo que había recibido hasta entonces. Incluso durante años se ha considerado que su firme oposición al aborto frustró sus posibilidades de recibir el Premio Nobel de Medicina. Según recuerda su hija, aquellos fueron años especialmente difíciles para toda la familia.
Un amigo llamado Juan Pablo II
En medio de esas dificultades apareció una figura decisiva: San Juan Pablo II. Karin Lejeune explica que el Papa polaco mantuvo una estrecha amistad con su padre y siempre le animó a continuar defendiendo la dignidad de toda vida humana. Ese respaldo fue para Jérôme Lejeune un auténtico motivo de esperanza cuando muchos le dieron la espalda por mantenerse fiel a sus convicciones. El Pontífice admiraba profundamente su compromiso científico y humano, hasta el punto de confiarle una misión de enorme importancia para la Iglesia.
El nacimiento de la Pontificia Academia para la Vida
Pocos meses antes de fallecer, Jérôme Lejeune recibió del Papa el encargo de preparar la creación de la Pontificia Academia para la Vida. Juan Pablo II lo nombró su primer presidente, convencido de que nadie representaba mejor el compromiso de la ciencia con la defensa de la dignidad humana desde la concepción hasta la muerte natural. Aunque la enfermedad impidió que desarrollara plenamente esta responsabilidad, su legado quedó profundamente unido a esta institución vaticana.
Una esperanza que nacía de la fe
Karin Lejeune subraya que la fortaleza de su padre no procedía únicamente de sus conocimientos científicos. Su fe cristiana le permitió afrontar las incomprensiones sin perder nunca la serenidad ni el amor hacia quienes pensaban de manera diferente. Para él, descubrir el origen genético del síndrome de Down suponía una llamada a investigar tratamientos que mejoraran la vida de esos niños, no a cuestionar su derecho a nacer.
Un legado que sigue vivo
La Iglesia continúa reconociendo el extraordinario testimonio humano y cristiano de Jérôme Lejeune. En 2021, el Papa Francisco reconoció oficialmente sus virtudes heroicas, otorgándole el título de Venerable, un paso decisivo dentro de su proceso de beatificación.
Su ejemplo continúa inspirando a científicos, médicos, familias y defensores de la vida en todo el mundo.
Cuando la fe sostiene en los momentos difíciles
El testimonio de Karin Lejeune pone de relieve la importancia que tuvo para su padre sentirse acompañado por San Juan Pablo II durante los años de mayor incomprensión.
Aquella amistad confirmó al científico francés que defender la verdad y la dignidad de toda persona siempre merece la pena, aunque implique renuncias y sacrificios.
La historia de Jérôme Lejeune y San Juan Pablo II demuestra que la amistad fundada en la fe puede convertirse en una fuente inagotable de esperanza. Gracias al apoyo del Papa, el científico que dedicó su vida a proteger a los más vulnerables nunca dejó de creer que la verdad y el amor acabarían prevaleciendo.
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