La escuela católica ante la inteligencia artificial: formar corazones antes que algoritmos
22 de enero del 2026
La revolución tecnológica avanza sin pausas y el ámbito educativo se encuentra en primera línea de esta transformación. En medio de este contexto, voces dentro de la Iglesia han comenzado a subrayar que el desafío no consiste únicamente en incorporar herramientas digitales al aula, sino en educar a las nuevas generaciones para un uso ético, crítico y humano de la inteligencia artificial (IA).
Entre ellas destaca la del dominico colombiano Jorge Ferdinando Rodríguez, miembro del Comité Teológico del Episcopado, quien recuerda que la educación católica tiene una tarea irrenunciable: custodiar la dignidad humana en tiempos donde la automatización y los sistemas algorítmicos tienden a ocupar espacios antes reservados a la reflexión, el encuentro y la decisión personal.
“La educación cristiana tendrá futuro si enseña a usar la tecnología sin perder el alma y a pensar más allá de lo que el algoritmo puede calcular”.
La tecnología al servicio del hombre, no como sustituto
En un artículo publicado por la Conferencia Episcopal de Colombia, fray Rodríguez advierte que la irrupción de la IA requiere recuperar un principio pedagógico clásico: la técnica no debe desplazar a la persona, sino servirla. Según el dominico, el riesgo aparece cuando se confunde eficiencia con plenitud, datos con sabiduría o conexión con comunión. “Las tecnologías deben enriquecer el aprendizaje, no empobrecer los vínculos y las comunidades”, señala, aludiendo a un fenómeno cada vez más extendido entre niños y adolescentes: el aprendizaje mediado casi exclusivamente por pantallas, acompañado de relaciones más frágiles, identidades más dispersas y mayor dependencia tecnológica.
El religioso se alinea con las preocupaciones expresadas por el Papa León XIV en su carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, donde el Pontífice recuerda que el desarrollo tecnológico debe ser guiado por la protección de la dignidad, la justicia, el trabajo humano y el bien común. Fray Rodríguez sintetiza esta visión señalando que la IA “exige una diaconía cultural”, es decir, un servicio que permita acompañar y orientar el uso de las tecnologías desde categorías cristianas y humanistas, evitando que se conviertan en sustitutos de la interioridad o del encuentro interpersonal.
Evitar la tecnofobia y formar en discernimiento digital
Para el experto dominico, la respuesta educativa no puede consistir en rechazar o demonizar la IA; tampoco en aceptarla sin reservas. El camino pasa por la formación de los docentes y por el discernimiento. “La educación católica está invitada a capacitar a los maestros también en el ámbito digital”, afirma, alertando sobre el riesgo de que ciertas comunidades educativas reaccionen con temor ante lo desconocido o recurran a una suerte de tecnofobia que bloquea todo aprovechamiento pedagógico.
El objetivo, subraya, es enseñar a los estudiantes a ordenar el uso de estas herramientas y no a ser gobernados por ellas. En este sentido, fray Rodríguez propone una educación que coloque “a la persona antes que al algoritmo”, equilibrando distintas dimensiones de la inteligencia: técnica, emocional, social, espiritual y ecológica.
Tal equilibrio evitaría reducir la formación a competencias utilitarias y permitiría, en cambio, integrar virtudes humanas y virtudes cristianas en un mismo itinerario formativo. El dominico también recuerda la visión comunitaria de la educación que el Papa León XIV viene defendiendo desde el inicio de su pontificado. “Nadie educa solo”, escribe el Pontífice, insistiendo en que la transmisión de la fe y del saber implica cooperación entre familias, escuelas, parroquias, universidades y sociedad civil.
Por eso la educación es, en sus palabras, “un acto de esperanza” que se renueva generación tras generación y que se sostiene en la convicción de que la verdad no se impone, sino que se descubre juntos.
Un humanismo integral para navegar la era digital
Fray Rodríguez apunta que el fin de la educación católica no consiste en producir técnicos competentes ni consumidores satisfechos, sino discípulos capaces de dar testimonio y ciudadanos capaces de servir. Esta perspectiva desplaza el foco desde la mera transmisión de contenidos hacia la formación moral, espiritual y comunitaria.
La pregunta fundamental para las instituciones educativas no sería entonces “cómo usamos la IA”, sino “qué tipo de humanidad queremos cultivar en la era digital”. En un mundo caracterizado por la aceleración tecnológica y la fragmentación cultural, el religioso propone recuperar un humanismo integral que dialogue con las preguntas del presente sin renunciar a las fuentes de la tradición cristiana. Esta tarea exige valentía cultural, creatividad pastoral y la convicción de que la técnica no agota el horizonte de sentido del ser humano.
León XIV insiste a su vez en que el cristianismo no teme la razón ni el progreso, pero sí denuncia toda innovación que pretenda redefinir la naturaleza del hombre o prescindir de la dimensión espiritual. Por ello, la Iglesia ve con esperanza la posibilidad de contribuir a la conversación global sobre inteligencia artificial desde la ética, la antropología y la fe.
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