La Iglesia acompaña el dolor tras el grave accidente ferroviario en Córdoba y asegura consuelo espiritual a las familias
22 de enero del 2026
España amaneció el lunes entre el estupor y la tristeza tras el devastador accidente ferroviario ocurrido en la tarde-noche del domingo 18 de enero en el municipio cordobés de Adamuz. Mientras los equipos de emergencia intensificaban las labores de rescate entre los vagones destruidos, la Iglesia Católica se movilizaba para ofrecer algo que no puede darse por decreto ni por protocolo: consuelo espiritual, cercanía humana y apoyo en medio de la incertidumbre.
“En medio del dolor y la incertidumbre, la Iglesia sostiene la esperanza porque sabe que ninguna tragedia tiene la última palabra”.
Una respuesta inmediata ante una tragedia inesperada
Según relataron fuentes diocesanas, el párroco de la localidad fue el primero en acudir para asistir a quienes permanecían desorientados o en estado de shock. Conforme avanzaba la noche y se confirmaban los primeros fallecidos y heridos graves, el Obispo de Córdoba, Mons. Jesús Fernández, hizo público el compromiso de la diócesis de poner a disposición “todos los medios espirituales y pastorales disponibles para acompañar a las familias, heridos y equipos de rescate”.
En la mañana del lunes, el prelado se desplazó personalmente hasta el lugar del siniestro para conocer de primera mano la situación y visitar el centro de operaciones habilitado por las autoridades civiles. Tras escuchar a los responsables de emergencias, aseguró que la Iglesia “no dejará solos a quienes atraviesan estas horas de angustia y desgarro” y subrayó la importancia de “orar por las víctimas y sostener a quienes esperan noticias de sus seres queridos”.
El accidente, considerado ya uno de los más graves de los últimos años en España, ha conmocionado al país y movilizado todos los recursos posibles para localizar a las personas que aún no han sido encontradas entre los restos del convoy.
Sacerdotes al lado de los que esperan noticias
Para garantizar una atención continuada, la diócesis de Córdoba destinó a tres sacerdotes —Leopoldo Rivero, Francisco J. Granados y Manuel Sánchez— al Centro Cívico de Poniente Sur, habilitado como punto de referencia para familiares y allegados de los pasajeros del tren. Su misión no es menor: sostener el espíritu de quienes enfrentan el peor tormento de todos, la incertidumbre, mientras aguardan confirmaciones sobre el destino de hijos, padres, cónyuges o hermanos.
Uno de ellos, el P. Rivero, explicó que los psicólogos y equipos de intervención psicosocial están derivando a los sacerdotes a aquellos familiares que desean rezar, compartir su angustia o simplemente ser escuchados. “Nuestro servicio —afirmó— es hacer presente el consuelo de la fe en una situación donde la desesperación y la espera pueden hacerse insostenibles”.
La diócesis ha señalado que estos presbíteros permanecerán allí el tiempo que sea necesario, conscientes de que la dimensión espiritual cobra especial importancia cuando el sufrimiento abre heridas que no se cierran únicamente con información o asistencia sanitaria.
Un país que reza por los fallecidos y por los que siguen desaparecidos
Con el paso de las horas se fue actualizando el balance de la tragedia. Hasta el momento, las autoridades han confirmado la muerte de 41 personas y el traslado a diferentes hospitales de 152 heridos, varios de ellos en estado crítico. Al menos 43 pasajeros continúan en paradero desconocido, lo que mantiene viva la posibilidad de que el número de víctimas aumente a medida que avancen las operaciones de rescate.
Mientras España envía recursos, voluntarios y equipos especializados, muchas parroquias de la diócesis cordobesa y de otras regiones han convocado momentos de oración y Misas aplicadas por los fallecidos, por la recuperación de los heridos y por la fortaleza de sus familias. Desde Roma, diversos medios vaticanos han informado que el Papa León XIV sigue la situación con preocupación y ha pedido oraciones por los afectados.
La Iglesia insiste en que su actuación no sustituye la de los servicios civiles, sino que la complementa en un ámbito que no puede ser delegado: el acompañamiento del alma en el sufrimiento y el duelo. En momentos de extrema fragilidad, la presencia de un sacerdote puede significar para muchos un puente entre la impotencia humana y la esperanza cristiana.
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