“La muerte no es el final”: el exmédico del Real Madrid que encontró a Dios tras perder a su hijo de 6 años

16 de mayo del 2026

El dolor más desgarrador que puede atravesar un padre terminó convirtiéndose, contra toda lógica humana, en el inicio de un profundo encuentro con Dios. Alfonso del Corral, exjugador de baloncesto del Real Madrid y antiguo jefe de los servicios médicos del club blanco, ha compartido cómo la muerte de su hijo Álvaro transformó radicalmente su vida y le llevó a descubrir una fe viva en Jesucristo.


Tras décadas de éxito profesional, títulos deportivos y reconocimiento público, fue el sufrimiento el que abrió en su corazón una pregunta definitiva sobre el sentido de la vida, la muerte y la eternidad. Casi treinta años después de aquella tragedia, el doctor madrileño ha decidido contar su testimonio en el libro La vida después del adiós: Una historia de señales, amor, esperanza y fe en Jesucristo, donde relata cómo, en medio de la oscuridad, descubrió que Dios nunca abandona.

“Ahora sí sé quién es el Señor. Lo conozco, lo trato y sé que la muerte no es el final”

Del éxito deportivo al vacío más profundo

Alfonso del Corral fue una figura destacada del deporte español. Como jugador profesional de baloncesto conquistó cinco títulos con el Real Madrid antes de retirarse en 1988. Después inició una brillante carrera médica especializándose en traumatología y llegando a dirigir los servicios médicos del Real Madrid Club de Fútbol entre 1994 y 2007. Su vida parecía marcada por el éxito. Sin embargo, todo cambió de forma brutal en junio de 1997. Su hijo Álvaro, de apenas seis años, sufrió un grave accidente doméstico que terminó provocándole una parada cardíaca mortal. Aquella pérdida destrozó completamente a la familia.


“No podía ni respirar”

El doctor recuerda aquellos primeros días como una experiencia de auténtica agonía interior. “No podía ni respirar, me ahogaba”, confiesa. Pero precisamente en medio de ese sufrimiento comenzaron a suceder acontecimientos que marcarían para siempre su vida espiritual. En un mismo día encontró repetida una frase en tres lugares distintos: en la Biblia, en una iglesia y en un cuaderno de su propio hijo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Aquellas palabras del Evangelio de San Juan se grabaron en su corazón.

“Ahí experimenté una presencia. Fue como un soplo de esperanza. Supe que había algo que tenía que encontrar”, recuerda.


Descubrir a un Dios cercano

Aunque había nacido en una familia católica practicante, Alfonso reconoce que hasta entonces no conocía verdaderamente al Señor. “Él siempre me había llevado en la palma de la mano, aunque yo no lo veía. Ahora sí sé quién es”, explica con serenidad. A partir de aquella tragedia comenzó una búsqueda interior que transformó completamente su manera de entender la vida, el sufrimiento y la muerte. Aprendió a encontrarse con Dios en la oración sencilla, en el silencio, en el Sagrario y también en el amor al prójimo. “Conocer a Dios es hablar con Él, tratarle, escucharle”, asegura. Y añade una reflexión profundamente humana: “También se encuentra amando al vecino, al que está solo, al enfermo, al que necesita ayuda”.


El papel decisivo de la Virgen María

Durante aquellos años de dolor, Alfonso destaca especialmente la fortaleza de su esposa, Paloma. “Ella quedó destruida, partida en dos”, recuerda emocionado. Sin embargo, asegura que la Virgen María sostuvo espiritualmente a su mujer cuando sentía que estaba “muerta en vida”. “Ella dijo sí a la vida incluso en medio de la agonía”, afirma. Con el tiempo, el matrimonio tuvo otras dos hijas, aunque Alfonso reconoce que la muerte de un hijo nunca se supera completamente. “Aprendes a vivir con ello”, explica.


“El Señor nunca falla”

Hoy, casi tres décadas después, Alfonso del Corral contempla toda su historia desde una mirada completamente distinta. Lejos de la desesperación, habla de esperanza, eternidad y confianza en Dios. Está convencido de que el sufrimiento, vivido junto a Cristo, puede transformarse en un camino de salvación y de encuentro profundo con el amor de Dios. “El Señor nunca falla”, asegura con firmeza. Su testimonio se ha convertido en una poderosa llamada para quienes atraviesan momentos de duelo, dolor o desesperanza, recordando que incluso en las heridas más profundas puede abrirse paso la luz de la fe.


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