Un monje benedictino del siglo XI habría reconocido el cometa Halley seis siglos antes que la ciencia moderna
4 de febrero del 2026
La historia del célebre cometa Halley, uno de los cuerpos celestes más estudiados y admirados por la humanidad, podría estar a punto de reescribirse. Un reciente estudio académico sostiene que la idea de que este astro regresa periódicamente a los cielos no nació en el siglo XVIII con el astrónomo británico Edmond Halley, sino mucho antes: concretamente en la Inglaterra medieval, gracias a la aguda intuición de un humilde monje benedictino.
La investigación, realizada por el astrofísico Simon Portegies Zwart y el historiador Martin Lewis, sugiere que ya en el siglo XI un religioso habría identificado dos apariciones del cometa como manifestaciones del mismo objeto celeste. De confirmarse esta hipótesis, estaríamos ante un sorprendente antecedente de la astronomía moderna, nacido en el seno de un monasterio y de una mente guiada por la observación y la memoria.
Este hallazgo invita a mirar con nuevos ojos la relación entre fe y ciencia en la Edad Media, un periodo a menudo subestimado en su capacidad intelectual y que, sin embargo, sentó las bases de numerosos avances posteriores.
“La intuición de un monje medieval nos recuerda que la búsqueda de la verdad científica también puede nacer de la fe, la observación y la humildad ante el misterio de la creación”.
El verdadero papel de Edmond Halley
Hasta ahora, la historia oficial señalaba a Edmond Halley como el gran protagonista en la comprensión del cometa que lleva su nombre. En 1705, el astrónomo inglés demostró científicamente que las apariciones registradas en 1531, 1607 y 1682 correspondían al mismo cuerpo celeste que regresaba aproximadamente cada 76 años. Aquella conclusión revolucionó la astronomía y ayudó a abandonar la creencia popular de que los cometas eran simples presagios sobrenaturales.
Sin embargo, el propio Halley reconoció que sus estudios se basaron en crónicas y registros antiguos. Él no descubrió el cometa, sino que fue el primero en aplicar un método científico riguroso para explicar su periodicidad. Lo que ahora plantea esta nueva investigación es que, mucho antes de Halley, alguien ya había intuido esa misma verdad fundamental: que aquel extraño visitante del cielo era un viejo conocido.
El monje que miró al cielo con ojos de científico
Según el trabajo de Portegies Zwart y Lewis, ese precursor habría sido Eilmer de Malmesbury, un monje benedictino que vivió entre finales del siglo X y comienzos del XI. Las fuentes históricas indican que Eilmer observó el cometa en el año 989 cuando era joven y volvió a verlo en 1066, ya anciano.
Lo sorprendente es que, según las crónicas medievales, el religioso reconoció que se trataba del mismo astro que había contemplado décadas atrás. En una época en la que la mayoría interpretaba estos fenómenos como signos divinos o presagios apocalípticos, Eilmer habría sido capaz de establecer una conexión temporal entre dos eventos separados por casi ochenta años.
Para los autores del estudio, esta deducción constituye un ejemplo extraordinario de razonamiento astronómico previo a la era moderna, basado no en fórmulas matemáticas, sino en la observación paciente y la memoria personal.
“Este enfoque interdisciplinar, que combina astronomía, historia y filología, puede ayudarnos a descubrir que otros fenómenos periódicos ya fueron reconocidos antes de la ciencia contemporánea”, explica Simon Portegies Zwart.
El cometa que marcó un año decisivo
La aparición del cometa en 1066 está ampliamente documentada en diversas culturas. En China, los astrónomos imperiales registraron su presencia durante más de dos meses, describiendo con gran precisión su brillo y trayectoria. En Europa, el fenómeno causó asombro y temor, y quedó inmortalizado en el célebre Tapiz de Bayeux, donde se lo representa sobre los acontecimientos que condujeron a la conquista normanda de Inglaterra.
Aquel fue un año convulso para el reino inglés. El reinado de Harold II terminó abruptamente tras la derrota en la batalla de Hastings, y muchos interpretaron el cometa como un augurio de desgracias. En ese contexto de tensiones políticas y sociales, la observación de Eilmer adquirió un carácter casi profético.
El cronista Guillermo de Malmesbury relata que el anciano monje, al volver a ver el astro, lo reconoció como el mismo de su infancia y advirtió que su presencia anunciaba calamidades. Aunque su interpretación se movía dentro de la mentalidad religiosa de la época, la identificación del cometa como un fenómeno recurrente revela una sorprendente lucidez.
Entre la fe y la ciencia medieval
Los investigadores también han analizado otras crónicas de la época que mencionan posibles avistamientos cometarios entre los siglos X y XI. Sin embargo, advierten que no siempre es fácil distinguir entre observaciones reales y relatos simbólicos elaborados con fines morales o políticos.
Un supuesto cometa mencionado en el año 995, por ejemplo, podría responder más a una construcción literaria que a un hecho astronómico verificable. Aun así, el caso de Eilmer destaca por la coherencia temporal y la claridad de su testimonio.
Este episodio pone de relieve cómo, en el corazón de los monasterios medievales, florecía un genuino interés por la naturaleza y por el estudio del cosmos. Lejos de ser espacios cerrados al conocimiento, muchos conventos fueron auténticos centros de saber donde se copiaban manuscritos, se registraban fenómenos celestes y se cultivaba una curiosidad intelectual profundamente cristiana.
Una mirada al futuro desde el pasado
Más allá de las disputas históricas sobre quién fue el primero en comprender la periodicidad del cometa, lo cierto es que la humanidad sigue contemplándolo con asombro cada vez que regresa a nuestros cielos.
El próximo paso cercano del cometa Halley se producirá en el año 2061. En su largo recorrido elíptico, el astro se acerca al Sol y luego se aleja más allá de la órbita de Neptuno, completando un ciclo que fascina a astrónomos y aficionados por igual.
Cuando vuelva a ser visible, millones de personas mirarán hacia el firmamento recordando el nombre de Edmond Halley. Pero quizá también merezca ser evocado aquel monje benedictino que, con sencillez y agudeza, supo reconocer que el misterioso visitante del cielo ya había pasado antes por la historia de los hombres.
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