La Presentación del Señor: una fiesta que ilumina el corazón de la fe cristiana

4 de febrero del 2026

Cada 2 de febrero la Iglesia Católica celebra una de las fiestas más ricas en significado espiritual del calendario litúrgico: la Presentación del Señor en el Templo. Una conmemoración que une dos acontecimientos profundos: la entrega de Jesús al Padre, como primogénito consagrado, y la Purificación de la Virgen María según lo prescrito por la Ley de Moisés.



Este día, conocido también como la fiesta de la Candelaria por la tradicional bendición y procesión con velas, recuerda que Cristo es la Luz que viene a iluminar a todos los pueblos. La liturgia revive el momento en que el Niño Jesús fue llevado al Templo de Jerusalén, cuarenta días después de su nacimiento, y fue reconocido por los ancianos Simeón y Ana como el Salvador prometido.


La celebración posee raíces muy antiguas. En los primeros siglos del cristianismo se conmemoraba en Oriente el 14 de febrero, cuarenta días después de la Epifanía. Con el tiempo, la fecha quedó fijada el 2 de febrero en toda la Iglesia universal, adquiriendo un profundo simbolismo que permanece vivo hasta hoy.

“La Presentación del Señor nos recuerda que Cristo es la luz que disipa toda oscuridad y que nuestra vida encuentra su sentido cuando es ofrecida con amor a Dios”.

Un misterio que une el Antiguo y el Nuevo Testamento


La Presentación del Señor no es solo un acto ritual, sino un acontecimiento teológico de gran profundidad. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que este momento manifiesta a Jesús como el Hijo Primogénito que pertenece al Señor. En el Templo se produce un encuentro decisivo: la esperanza de Israel se encuentra cara a cara con su Salvador.


Simeón, hombre justo y piadoso, toma al Niño en brazos y pronuncia palabras proféticas que resuenan hasta nuestros días: Cristo es “luz para alumbrar a las naciones y gloria de Israel”. Pero también advierte que será “signo de contradicción”, anticipando el misterio de la Cruz.


La escena revela, además, la humildad de la Sagrada Familia. Como familia pobre, María y José ofrecen un par de tórtolas o dos pichones, la ofrenda de los sencillos. Sin embargo, el verdadero Cordero presentado en el Templo era el mismo Hijo de Dios, destinado a la redención del mundo.


Simeón y Ana: testigos de la esperanza


El Evangelio de san Lucas narra con detalle este momento conmovedor. Simeón había recibido la promesa de que no moriría sin ver al Mesías. Movido por el Espíritu Santo, acude al Templo y reconoce en aquel Niño al Salvador tan esperado.


Junto a él aparece la profetisa Ana, una mujer anciana que servía a Dios día y noche en oración y ayuno. Ella también reconoce en Jesús al Redentor y comienza a hablar de Él a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.


El Papa Benedicto XVI explicaba que en este encuentro se concentran siglos de espera: “La actitud profética de los dos ancianos contiene toda la Antigua Alianza que expresa la alegría del encuentro con el Redentor”. En ellos, el Antiguo Testamento abraza al Nuevo y reconoce el cumplimiento de las promesas.


Las palabras de Simeón dirigidas a María abren también un horizonte de dolor y esperanza: “Una espada te atravesará el alma”. Es el anuncio de que la Madre acompañará a su Hijo hasta el sacrificio redentor.


La luz de la Candelaria y el sentido de las velas


El nombre popular de esta fiesta, la Candelaria, proviene de una antigua tradición: la bendición de las velas que luego se encienden en procesión. Este gesto simboliza que Cristo es la verdadera Luz del mundo, la que disipa las tinieblas del pecado y de la muerte.


San Juan Pablo II recordaba que la procesión con velas expresa visiblemente lo que celebramos: “Cristo, la verdadera Luz que vino a iluminar a su pueblo y a todos los pueblos”. Por eso, esta fiesta posee un carácter profundamente luminoso y esperanzador.


En muchos países la Candelaria está asociada a costumbres populares y familiares. En diversas culturas se preparan comidas típicas como tamales o crepes, mientras que numerosos hogares conservan las decoraciones navideñas hasta este día, considerándolo un cierre espiritual del tiempo de Navidad.


Una fiesta que habla a la vida consagrada


Desde 1997, por iniciativa de san Juan Pablo II, la Presentación del Señor es también el Día Mundial de la Vida Consagrada. La entrega de Jesús en el Templo se contempla como imagen del don total que realizan quienes se consagran a Dios mediante los votos de pobreza, castidad y obediencia.

La liturgia de este día invita a orar de manera especial por sacerdotes, religiosos y religiosas, recordando que su vocación es reflejar en el mundo los rasgos de Cristo obediente y entregado al Padre.


Como afirmó Benedicto XVI, esta fiesta es “una imagen elocuente del don total de la vida”, un recordatorio de que todo cristiano está llamado a presentarse ante Dios con un corazón disponible y generoso.


La Presentación del Señor sigue siendo hoy un puente espiritual entre la Navidad y la Pascua. En ella se entrelazan la alegría del nacimiento y el anuncio del sacrificio redentor. Es una invitación permanente a reconocer a Cristo como Luz de nuestras vidas y a caminar con María, en obediencia confiada, hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios.


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