Seminario Menor de Getafe: el “milagro” de cuidar la vocación y escapar del fuego
24 de Septiembre del 2026
Autor: Nicolás de Cárdenas
A finales de julio de 2026, la confluencia de tres incendios en la Sierra Oeste de la Comunidad de Madrid obligó a la declaración de emergencia nacional.
En el Seminario Menor de la Inmaculada y San Dámaso, perteneciente a la Diócesis de Getafe, unos 250 niños que participaban en un campamento de verano tuvieron que ser desalojados junto con el rector, el P. Eliert Jerez, y algunos trabajadores del lugar.
Situado en el valle del Tiétar, municipio de Rozas de Puerto Real, el seminario ofrece educación desde 5º de Primaria hasta el Bachillerato. A lo largo de más de 60 años ha cuidado de la formación humana y espiritual de más de 2.000 alumnos. Algunos de ellos, viven en comunidad y están abiertos a responder a una vocación.
El 25 de julio, día del Apóstol Santiago, patrón de España, las llamas parecían avanzar decididas hacia el seminario. Era un día despejado, con mucho calor. “De repente, vimos humo negro, todo se estaba nublando. Fue una desesperación”, recuerda Misael, un peruano de amplia sonrisa que se encarga del mantenimiento de las instalaciones.
El rector tomó la determinación de guardar las imágenes de la capilla, también con ayuda de Nieves, la gobernanta del colegio, que en aquellas horas tenía sentimientos encontrados de angustia y paz sobrenatural, con la confianza plena en Dios.
“Yo tenía fe que aquí las llamas no iban a llegar. A mí lo que más miedo me daba era el humo, que mirabas al cielo y veías una nube. Aquí nos asfixiamos todos”, pensó mientras desalojaban.
Misael, por su parte, se sentía “un poco angustiado, desesperado” y reconoce que le salían las lágrimas. Al mismo tiempo, había rezado intensamente: “Dios por favor, que no llegue el fuego”.
Pasadas las horas, el P. Eliert, acogido en casa de unos amigos en Villaviciosa de Odón, recibió una foto y un mensaje del alcalde, quien era exalumno: el seminario posiblemente se quemaría esa noche.
“Yo lo llamo milagro”
El rector llamó al Obispo de Getafe, Mons. Ginés García Beltrán, que en ese momento se encontraba en Honduras. “A nadie nos gusta tener que llamar a alguien para dar una mala noticia, pero había que pedir oración y decir: ya solo un milagro es lo que va a poder salvarnos de esta situación”.
La foto que esa misma noche le envió el alcalde al rector, lo atestigua: el fuego asomaba por la montaña mientras en el fondo del valle se adivinaban las luces del seminario.
Nieves, la gobernanta, mantenía la fe a pesar de todo: “La mano de Dios está aquí y esto no lo va a quemar nadie”, era su pensamiento en aquellas horas de angustia.
Las oraciones tuvieron fruto: “El alcalde nos contaba que vio cómo el fuego retrocedía, cómo vino una ráfaga de aire que acabó con esas llamas, que era lo que nos hubiera hecho imposible la vida del seminario. Hubieran podido arrasar con todo. Yo lo llamo milagro porque creo que Dios intercede, porque Dios interviene en nuestra historia y porque esta es su casa”, recuerda el rector.
Una familia que cuida de la vocación
Han pasado dos meses desde aquel día y, avanzando por la carretera, se comprueba cómo los montes cercanos siguen repletos de cicatrices de carbón. Al llegar al seminario, el contraste es evidente. Su entorno sigue verde, a punto de entrar en el otoño europeo y en las clases la actividad normal sigue su curso.
El Colegio-Seminario Menor de Getafe tiene 137 alumnos, de los cuales 35 son seminaristas menores y forman parte de la comunidad que vive en el recinto. Al tiempo dedicado a las clases, se añaden momentos de oración, acompañamiento espiritual y formación humana más específica.
"Es como la antesala para el seminario mayor y para cualquiera de las vocaciones de la Iglesia”, resume el rector, quien detalla que, más allá de la formación académica, se brinda una educación de “360 grados: en el ámbito espiritual, en el ámbito moral, en el ámbito de la amistad, desde la psicología”.
De esta manera, se ayuda al seminarista menor “a que escuche la llamada de Dios, a que cuide su vida espiritual, a que tenga su dirección espiritual, su acompañamiento, a que viva en comunidad, que disfrute de lo que el Señor le pueda pedir y a que aprenda felizmente y con mucha libertad a decir sí al Señor en todo lo que le pida”.
“Que sea lo que Dios quiera”
Gabriel lleva cinco años formando parte de la comunidad. El ambiente que se respira en el colegio le atrajo y se decidió. De estos años, valora mucho “estar tanto en familia con los compañeros, tener tanta confianza, también tener Misa y rezar”.
Su perspectiva vocacional aún no es muy clara, salvo por una cosa: “Que sea lo que Dios quiera”, dice, mientras sospecha que lo suyo será en todo caso “una vida de rezar”, porque, de momento, Dios no lo “ha llamado a ser sacerdote”.
“Tuve miedo, pero desde entonces tengo esa vocación”
Fran apenas lleva un par de semanas en el seminario menor. En el encuentro de jóvenes del Camino Neocatecumenal con Kiko Argüello, con motivo del Jubileo Ordinario de 2025, donde se pregunta quién está dispuesto a entregar su vida a Dios.
“No me levanté, pero sentí que tenía que levantarme. Tuve miedo, pero desde entonces tengo esa vocación que no sé para lo que me llama y creo que aquí podría descubrirlo mejor”, explica Fran, quien, desde su llegada al seminario, reza por esta intención: “Le pido que me guíe hacia lo que Él tenga preparado”.
“Si sigues sus caminos, vas a ser feliz, hagas lo que hagas"
Antonio lleva tres años como seminarista. En su antiguo colegio, las cosas no iban bien desde el punto de vista académico. Llegar a Rozas de Puerto Real no fue fácil: “No voy a mentir. Tuve miedo, porque es un seminario, [por] la imagen que tienes de estar rezando todos los días. Que no es mentira, se reza bastante bien, y mucho”.
De su vivencia destaca: “Es increíble el ambiente que hay en la capilla, en cualquier sitio donde rezamos, cuando hacemos horas santas”. También se nota en los estudios: “Se centran mucho en cada alumno y, si tienes alguna duda o algún problema, siempre se intenta solucionar lo antes posible”.
En el plano vocacional, Antonio tiene claro que si el Señor lo llama, le dirá “que sí”, y vive esa apertura al misterio de forma sencilla y profunda: “Es dejarte guiar por el Señor. La verdad es que si sigues sus caminos, vas a ser feliz, hagas lo que hagas".
“Es no apartarse de Él porque, al fin y al cabo, es el Señor. No se puede decir nada más”, concluye.
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