“Yo soy la Inmaculada Concepción”: el día en que la Virgen reveló su identidad a Santa Bernadette y confirmó un dogma proclamado por la Iglesia

13 de febrero del 2026

En la historia de la Iglesia, hay momentos en los que el cielo parece inclinarse sobre la tierra para confirmar las verdades eternas reveladas por Dios. Uno de esos instantes ocurrió en 1858, en una pequeña gruta de Lourdes, cuando una humilde niña francesa, Santa Bernadette Soubirous, escuchó de labios de la Virgen María una frase que cambiaría para siempre la vida de millones de fieles: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.


Apenas cuatro años antes, el Papa Pío IX había proclamado solemnemente este dogma, afirmando que la Virgen María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su existencia. Sin embargo, nadie podía imaginar que la propia Madre de Dios confirmaría esta verdad de manera directa a través de una aparición mariana.



Lo más sorprendente es que el mensaje fue confiado no a un teólogo ni a un erudito, sino a una niña pobre, enferma y sin formación académica, cuya pureza de corazón la convirtió en instrumento de una revelación destinada al mundo entero.

“Cuando la Virgen dijo ‘Yo soy la Inmaculada Concepción’, el cielo confirmó a través de una niña humilde la verdad eterna proclamada por la Iglesia”.

Una madrugada impulsada por una alegría sobrenatural

Era el 25 de marzo de 1858, fiesta de la Anunciación. Aquella madrugada, Bernadette despertó repentinamente con una profunda emoción que no podía explicar. No era miedo ni inquietud, sino una alegría interior que la empujaba con fuerza a dirigirse, una vez más, a la gruta de Massabielle, donde había visto en varias ocasiones a la misteriosa “Señorita”.


Este sentimiento no era nuevo. Cada vez que la Virgen se aparecía, Bernadette experimentaba ese mismo impulso interior, como una llamada irresistible que la conducía al encuentro con el cielo.


Sin embargo, aquella jornada tenía un significado especial. Desde hacía semanas, el párroco del pueblo, el padre Peyramale, le había pedido que preguntara a la aparición su nombre. La niña había intentado memorizar cuidadosamente la pregunta, pero su mala memoria y su escasa educación dificultaban la tarea.


A pesar de ello, Bernadette no se rindió. Había ensayado una y otra vez la frase que debía pronunciar, consciente de que aquella respuesta podía ser decisiva.



El diálogo entre el cielo y la sencillez de una niña


Al llegar a la gruta, Bernadette volvió a ver a la “petito Damizelo”, como la llamaba en su dialecto gascón: la pequeña Doncella. La Virgen se presentaba con una apariencia juvenil, cercana y llena de ternura, generando en la niña una profunda confianza.


Con gran esfuerzo, Bernadette intentó formular la pregunta que había preparado. Pero las palabras no salían correctamente. Confundía términos, se detenía, dudaba. La Virgen, lejos de mostrarse impaciente, sonreía con una dulzura infinita.


La escena era profundamente humana y divina al mismo tiempo: una niña frágil intentando comprender el misterio eterno que tenía ante sus ojos, y la Madre de Dios respondiendo con paciencia y amor.

Bernadette lo intentó varias veces más, sin éxito. Pero la Virgen no necesitaba una pregunta perfecta para ofrecer una respuesta perfecta.

Entonces ocurrió algo extraordinario.


La Virgen dejó de sonreír, cambió el rosario de brazo y realizó un gesto solemne. Su figura, hasta entonces sencilla, adquirió una grandeza majestuosa. Elevó su mirada al cielo, juntó las manos y pronunció unas palabras que quedarían grabadas para siempre en la historia de la fe:

“Yo soy la Inmaculada Concepción”.



Una revelación incomprensible para la niña, pero clara para la Iglesia


Bernadette no entendió el significado de aquellas palabras. Nunca había escuchado esa expresión. Era demasiado compleja para una niña sin formación teológica. Sin embargo, comprendió que debía recordarlas con precisión. Durante todo el camino hacia la parroquia, repitió una y otra vez la frase, temerosa de olvidarla.


Al llegar, transmitió el mensaje al padre Peyramale. El sacerdote quedó profundamente conmocionado. Aquellas palabras no podían provenir de la imaginación de una niña pobre y sin educación. Solo alguien con un conocimiento profundo de la fe podía pronunciar esa afirmación.

En ese instante, el sacerdote comprendió que lo que estaba ocurriendo en Lourdes no era un engaño ni una ilusión, sino una verdadera intervención divina.


Aquella revelación confirmaba, de forma extraordinaria, el dogma proclamado por el Papa apenas cuatro años antes. La Virgen no dijo “yo fui concebida sin pecado”, sino algo mucho más profundo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Con esta expresión, María revelaba su identidad más íntima, su unión total con la gracia de Dios desde el primer instante de su existencia.



Lourdes: un signo de la fidelidad de Dios a su Iglesia


La revelación de Lourdes no solo fortaleció la fe del párroco y de Bernadette, sino que transformó Lourdes en uno de los mayores centros de peregrinación del mundo. Millones de fieles han acudido desde entonces a este lugar santo, buscando consuelo, sanación y renovación espiritual.


La aparición confirmó que María, preservada del pecado original, es el modelo perfecto de santidad y obediencia a Dios. Su pureza no es solo un privilegio personal, sino una promesa para toda la humanidad: la promesa de la redención en Cristo.



El mensaje de Lourdes sigue siendo actual: Dios actúa a través de los humildes, y la verdad divina se revela a los corazones sencillos.


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