La Sala de los Lazos: un santuario de fe donde miles de familias confían a sus hijos a San Gerardo Majella

11 de febrero del 2026

En un rincón del Santuario de San Gerardo Majella, en la región italiana de Avellino, existe un espacio que conmueve profundamente a todo aquel que lo visita. Se trata de la conocida “Sala de los Lazos”, un lugar sencillo pero cargado de significado espiritual, donde padres y madres de todo el mundo acuden para encomendar a sus hijos a la protección de este santo tan querido por las familias.



El techo cubierto por miles de lazos azules y rosados, las paredes repletas de fotografías infantiles y las incontables muestras de gratitud convierten esta sala en un auténtico testimonio visible de la fe viva del pueblo de Dios. Cada uno de esos pequeños objetos representa una historia: un embarazo largamente esperado, un parto difícil superado, la curación de un niño o simplemente la confianza humilde de unos padres que ponen su hogar en manos de la Providencia.

“En la Sala de los Lazos, cada cinta y cada fotografía proclaman que la fe de unos padres puede convertirse en un puente de amor entre el cielo y la vida de sus hijos”.

Un lugar que habla de oración y esperanza


La Sala de los Lazos se ha convertido con el paso de los años en uno de los espacios más emotivos del santuario dedicado a San Gerardo Majella. Quienes entran en ella perciben de inmediato que no se trata de un museo ni de una simple sala decorada, sino de un auténtico altar de gratitud familiar.


La tradición fue difundida recientemente por la bloguera italiana Julia Cipriano, quien visitó el santuario junto a su familia y compartió su experiencia. “Llevamos a nuestra bebé al Santuario de San Gerardo, en Avellino, un lugar al que las familias italianas acuden desde hace generaciones para pedir a San Gerardo —patrono de las madres y de los niños— que proteja a sus pequeños”, relató.


En esta sala especial, los lazos de nacimiento, llamados en Italia Fiocco Nascita, cuelgan del techo como un cielo de colores. Estos lazos son parte de una antigua costumbre italiana: se colocan en la puerta de los hogares cuando nace un bebé para anunciar a vecinos y amigos la llegada del nuevo miembro de la familia. Azul para los niños, rosado para las niñas.

Sin embargo, en este lugar adquieren un sentido todavía más profundo. Ya no son solo un anuncio social, sino un gesto de fe. Cada lazo ha sido traído por unos padres que han querido agradecer públicamente la ayuda recibida a través de la intercesión del santo.


“Son ofrendas que los padres dejan para agradecer al santo por oraciones escuchadas o partos seguros”, explicó Julia al describir el significado de este conmovedor espacio.



San Gerardo Majella, un intercesor cercano a las familias


Detrás de esta devoción tan arraigada se encuentra la figura de San Gerardo Majella, un humilde religioso redentorista que vivió en el siglo XVIII y cuya vida estuvo marcada por la sencillez, el servicio y una profunda confianza en Dios. Nacido el 6 de abril de 1726 en Muro Lucano, Italia, Gerardo creció en una familia muy pobre. Tras la muerte de su padre, tuvo que trabajar como sastre para ayudar a su madre y a sus hermanas. Desde joven sintió el llamado a consagrar su vida al Señor, y después de varios intentos fue finalmente aceptado en la Congregación del Santísimo Redentor, fundada por San Alfonso María de Ligorio.


En el convento llevó una vida discreta y oculta, desempeñando tareas humildes y ofreciendo todo a Dios con gran alegría. Sufrió incluso una grave calumnia que aceptó en silencio, confiando en que la verdad saldría a la luz. Murió muy joven, con apenas 29 años, el 16 de octubre de 1755.

Tras su fallecimiento comenzaron a multiplicarse los milagros atribuidos a su intercesión, especialmente aquellos relacionados con embarazos difíciles, partos complicados y la salud de los niños. Por este motivo, el pueblo cristiano comenzó a invocarlo como protector de las madres y de la vida naciente.


Fue beatificado en 1893 y canonizado en 1904. Aunque la Iglesia no lo ha proclamado oficialmente patrono de las madres, millones de fieles lo consideran un poderoso intercesor en todo lo relacionado con la maternidad, la paternidad y el cuidado de los más pequeños.



Historias que dieron origen a una gran devoción


La fama de San Gerardo como protector de las madres tiene su origen en una historia sencilla pero profundamente significativa. Según recoge la tradición, poco antes de morir, el santo visitó a la familia Pirofalo, con la que mantenía una gran amistad.


Al marcharse de la casa, dejó caer por descuido su pañuelo. Una de las hijas salió corriendo para devolvérselo, pero Gerardo le respondió: “Guárdalo. Algún día te será útil”. Aquellas palabras parecían misteriosas, pero con el tiempo se revelaron proféticas.


Años más tarde, esa misma joven se encontró en peligro durante un parto muy complicado. Recordando las palabras del santo, pidió que le acercaran el pañuelo. En cuanto se lo pusieron sobre ella, el dolor cesó de manera inexplicable y dio a luz a un niño completamente sano.


Desde entonces, innumerables mujeres comenzaron a acudir a San Gerardo pidiendo su ayuda en momentos de dificultad. La devoción se extendió por toda Italia y posteriormente por el mundo entero, hasta convertirse en una de las más populares entre las familias católicas.

La Sala de los Lazos es, de algún modo, la continuación de esa historia. Cada fotografía colgada en sus paredes y cada lazo suspendido del techo hablan de nuevos milagros, de oraciones escuchadas y de la protección amorosa de Dios a través de su santo.



Un testimonio de fe que atraviesa generaciones


Lo que hace especialmente conmovedor este lugar es que no pertenece solo a un tiempo pasado. Hoy siguen llegando familias de todos los rincones del mundo para dejar allí su agradecimiento. Algunos traen un lazo por el nacimiento de un hijo después de muchos años de espera; otros, por haber superado un embarazo de riesgo; otros, simplemente para pedir que sus pequeños crezcan sanos y protegidos.


Cada objeto colocado en la Sala de los Lazos tiene un nombre, un rostro y una historia concreta. Es una catequesis silenciosa que recuerda que la fe se vive también en lo cotidiano, en los temores y esperanzas de la vida familiar. En un mundo donde tantas veces la vida humana parece frágil o amenazada, este lugar se convierte en un signo luminoso de que la oración, la confianza en Dios y la intercesión de los santos siguen siendo un refugio seguro para millones de personas.


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