Un mosaico que abraza la fe del Perú: las ocho advocaciones marianas bendecidas por el Papa León XIV en el Vaticano
11 de febrero del 2026
Los Jardines Vaticanos se han enriquecido con un nuevo signo de profunda devoción mariana y de entrañable vínculo espiritual con América Latina. El pasado 31 de enero, el Papa León XIV bendijo un gran mosaico dedicado a las principales advocaciones de la Virgen María veneradas en el Perú, junto con una imagen de Santa Rosa de Lima.
Se trata de una obra artística y espiritual que no solo embellece uno de los espacios más emblemáticos del Vaticano, sino que también hace visible la historia de fe de todo un pueblo. Donado por la Conferencia Episcopal Peruana y elaborado por jóvenes artesanos de la Familia Don Bosco, el mosaico reúne ocho imágenes de la Madre de Dios que han acompañado por siglos la vida religiosa, cultural y social del Perú.
Durante la ceremonia de inauguración, el Santo Padre expresó con emoción el significado de este gesto: “Esta decisión renueva los profundos lazos de fe y amistad que unen al Perú, un país tan querido para mí, con la Santa Sede”. Sus palabras recordaron los años en que sirvió pastoralmente en tierras peruanas y el cariño que siempre ha profesado a ese país.
“Este mosaico mariano es un abrazo de fe entre el Perú y la Iglesia universal, donde ocho rostros de la Virgen recuerdan que María sigue siendo madre y guía de su pueblo”.
Un mosaico que cuenta la historia de un pueblo creyente
El proyecto iconográfico fue diseñado por el artista peruano Lenin Álvarez y realizado con esmero por jóvenes artesanos, quienes plasmaron en cada detalle la riqueza espiritual de la devoción mariana del Perú. La obra se organiza de manera armónica: en la parte superior se encuentra la Virgen de la Puerta; en el centro, la Inmaculada Concepción; a la izquierda, las advocaciones de la Virgen de la Candelaria, Virgen de Chapi y Virgen de Cocharcas; y a la derecha, la Virgen de la Merced, la Virgen del Carmen y la Virgen de la Evangelización.
Cada una de estas imágenes representa mucho más que una tradición religiosa. Son historias de protección divina, de milagros reconocidos por el pueblo, de peregrinaciones multitudinarias y de una fe que ha acompañado al Perú desde los primeros tiempos de la evangelización.
La presencia de estas ocho advocaciones en un solo mosaico dentro del Vaticano tiene un fuerte valor simbólico: es como si el corazón creyente del Perú latiera ahora también en Roma, a pocos metros del lugar donde reposa el sucesor de Pedro.
Ocho rostros de María que iluminan la fe peruana
Entre las advocaciones representadas destaca, en la parte superior, la Virgen de la Puerta, cuya historia se remonta al año 1674. Ante la amenaza de piratas holandeses, los habitantes de Otuzco colocaron una imagen de la Inmaculada Concepción en la entrada de la ciudad y rezaron durante tres días pidiendo su amparo. Milagrosamente, los invasores nunca llegaron. Desde entonces, la Virgen fue venerada como protectora y guardiana, recibiendo con el tiempo títulos como Reina de la Paz Universal y Madre de la Misericordia y de la Esperanza.
En el centro del mosaico se encuentra la Inmaculada Concepción, corazón teológico de toda devoción mariana. Su presencia subraya la importancia del dogma que proclama a María preservada del pecado original. En el Perú, su fiesta del 8 de diciembre es feriado nacional y constituye una de las celebraciones más queridas por el pueblo católico.
También tiene un lugar privilegiado la Virgen de la Candelaria, cuya devoción llegó desde España y se arraigó con fuerza en el sur andino, especialmente en la ciudad de Puno. Su fiesta convoca cada año a miles de peregrinos y es una de las expresiones religiosas y culturales más importantes del país.
La Virgen de Chapi, por su parte, recuerda un hecho prodigioso ocurrido en 1798, cuando una imagen que se intentaba trasladar se volvió inexplicablemente imposible de mover. Los fieles interpretaron aquel acontecimiento como el deseo de la Virgen de permanecer en ese lugar, que hoy es uno de los centros de peregrinación más importantes del sur peruano.
A estas se suma la Virgen de Cocharcas, ligada a la historia de Sebastián Martín Astowaraca, quien sanó milagrosamente de una grave lesión y llevó la devoción mariana a su pueblo. Su santuario sigue siendo hasta hoy un punto de encuentro para miles de creyentes.
En el lado derecho del mosaico aparece la Virgen de la Merced, advocación nacida en el siglo XIII y profundamente vinculada a la liberación de cautivos. En el Perú es patrona de las Fuerzas Armadas y Policiales, y su presencia evoca el compromiso de la Iglesia con la libertad y la dignidad humana.
No podía faltar la Virgen del Carmen, una de las devociones más extendidas en el mundo católico. Su escapulario, entregado según la tradición a San Simón Stock, ha acompañado por siglos a millones de fieles que buscan su protección maternal.
Finalmente, se encuentra la Virgen de la Evangelización, imagen histórica encargada en el siglo XVI y testigo de los grandes momentos de la Iglesia peruana. Coronada por San Juan Pablo II, es patrona de la Arquidiócesis de Lima y símbolo del anuncio del Evangelio en tierras americanas.
Un gesto que une Roma y el Perú bajo el manto de María
La bendición de este mosaico no es solo un acontecimiento artístico. Es, ante todo, un acto profundamente eclesial. En él confluyen la memoria histórica de la evangelización, la piedad popular y el reconocimiento del papel fundamental que María ha tenido en la identidad espiritual del Perú.
Para muchos fieles peruanos, ver representadas estas advocaciones en el corazón del Vaticano significa sentirse reconocidos y acompañados por la Iglesia universal. Es una confirmación de que la fe sencilla de los pueblos también tiene un lugar privilegiado junto al Sucesor de Pedro.
El Papa León XIV, que conoce de cerca la religiosidad peruana, quiso con este gesto honrar una tradición que ha dado abundantes frutos de santidad, vocaciones y compromiso cristiano. El mosaico se convierte así en un puente entre continentes y en un recordatorio permanente de que María sigue guiando a sus hijos hacia Cristo.
Cada visitante que contemple esta obra en los Jardines Vaticanos podrá descubrir en ella no solo un conjunto de imágenes bellamente realizadas, sino la historia viva de un pueblo que, a través de los siglos, ha sabido decir con amor: “¡Todo a Jesús por María!”.
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