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25 de febrero del 2026

Catorce lienzos del pintor suizo Manuel Dürr renuevan la meditación cuaresmal en el mayor templo de la cristiandad


Cuatro siglos después de su consagración, la Basílica de San Pedro vuelve a hablar al mundo a través del arte. El templo levantado sobre la tumba del Apóstol y consagrado en 1626 por el Papa Urbano VIII conmemora su cuarto centenario con un nuevo Vía Crucis artístico que invita a los fieles a adentrarse, con mirada renovada, en el misterio de la Pasión de Cristo.



La iniciativa se enmarca en las celebraciones por los 400 años de la consagración del actual templo vaticano, erigido tras la decisión del Papa Julio II de demoler la antigua basílica constantiniana —que había permanecido en pie desde el año 326— para levantar una nueva desde sus cimientos. En aquella empresa trabajaron gigantes del arte como Miguel Ángel, Bernini o Carlo Maderno. Hoy, la tradición continúa con la aportación de un artista contemporáneo.


“Cuatro siglos después, la Basílica no solo recuerda su historia: vuelve a señalar la cruz como fuente de esperanza para el mundo.”

Un certamen internacional para un encargo histórico

El nuevo Vía Crucis ha sido creado por el pintor suizo Manuel Dürr, de 36 años, cuya propuesta fue seleccionada entre más de mil proyectos procedentes de ochenta países. El concurso internacional fue convocado en diciembre de 2023 y evaluado por una comisión vaticana integrada por historiadores del arte y expertos en liturgia.


El jurado destacó en su obra el equilibrio entre fuerza expresiva y profundidad espiritual, así como un lenguaje pictórico intenso y directo, capaz de dialogar con la tradición renacentista sin renunciar a elementos propios de la sensibilidad contemporánea.


El resultado son catorce óleos, cada uno de 1,30 por 1,30 metros, que recorren los momentos decisivos de la Pasión: desde la condena de Jesús hasta su sepultura. Las pinturas se han dispuesto en la nave central del templo, en torno al Baldaquino de Bernini, integrándose en el corazón simbólico de la basílica durante el tiempo de Cuaresma.



Ocho meses de trabajo para dialogar con la historia

Asumir un encargo de esta magnitud no fue tarea sencilla. El propio artista ha reconocido que pintar a Cristo supone un desafío singular: no se trata de representar a una figura desconocida, sino a Aquel que habita ya en la memoria y el corazón de millones de creyentes.


Durante ocho meses, Dürr trabajó intensamente en los lienzos, consciente de que no pintaba para una galería, sino para un espacio litúrgico vivo, cargado de historia y significado. Desde el inicio tuvo claro que su obra debía dialogar con el entorno: los mosaicos del pavimento, la arquitectura monumental, la tradición iconográfica acumulada durante siglos.


En el plano técnico, se inspiró en la gama cromática ya presente en el templo; en el espiritual, procuró insertarse con humildad en la larga tradición de imágenes que han tratado el misterio de la Encarnación y la Redención.

Al contemplar las obras ya instaladas, el pintor ha expresado serenidad y gratitud, convencido de que las pinturas encuentran su lugar natural en el contexto para el que fueron concebidas.



Un artista cercano a la tradición católica

Aunque no es católico, Manuel Dürr se declara teológicamente próximo a la fe católica. Forma parte de una comunidad vinculada a la Iglesia Reformada suiza con marcado carácter ecuménico, y reconoce que el diálogo con la tradición católica le resulta familiar incluso en el ámbito doméstico: dos de sus hermanos son doctores en Teología en universidades católicas.


Su primera visita a la Basílica de San Pedro marcó profundamente su proceso creativo. La experiencia de ver reunidas personas de todas las culturas y edades en torno a una misma confesión de fe amplió su horizonte y dio un nuevo impulso a su trabajo.


Entre sus influencias artísticas, el pintor señala de modo especial a Fra Angelico, cuyos frescos en el convento de San Marcos, en Florencia, representan para él un modelo de síntesis entre innovación estética y profundidad espiritual.



La cruz como eje y esperanza

Dentro del conjunto, la Crucifixión ocupa un lugar central. Fue el primer lienzo que inició y el último que dio por concluido. Para el artista, este episodio resume el núcleo del mensaje cristiano: la cruz, concebida originalmente como instrumento de terror en el Imperio romano, se ha convertido en signo universal de esperanza.


El pintor confía en que su obra pueda ofrecer a quienes recorran el Vía Crucis durante la Cuaresma una puerta de entrada al misterio de la Redención. Más que imponer una interpretación, busca suscitar contemplación y abrir espacio al silencio interior.


De todas las estaciones, una tiene para él un significado especial: la de la Verónica. En esa escena, la mujer sostiene el paño con el rostro de Cristo. Dürr ve en ese gesto una imagen del propio acto artístico: pintar es intentar dejar una huella, un rastro visible que remita a una presencia más profunda.



Un aniversario que mira al futuro

La conmemoración de los 400 años de la consagración de la Basílica de San Pedro no se limita así a una evocación arquitectónica. Se convierte en una invitación actual a redescubrir el centro de la fe: la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.


La antigua basílica constantiniana dio paso en el siglo XVI a un templo nuevo, levantado por algunos de los mayores genios del arte occidental. Hoy, en pleno siglo XXI, el diálogo entre fe y arte continúa, mostrando que la belleza sigue siendo camino hacia Dios.


Este nuevo Vía Crucis no pretende sustituir la tradición, sino prolongarla. En sus lienzos resuena la memoria de siglos de espiritualidad cristiana y, al mismo tiempo, la sensibilidad de nuestro tiempo.



Cuatrocientos años después de su consagración, la Basílica de San Pedro vuelve a ofrecer al mundo un signo elocuente: la cruz no es un vestigio del pasado, sino una llamada permanente a la esperanza.


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