“Dios estaba allí”: la Iglesia afronta el dolor tras el accidente ferroviario de Adamuz
27 de enero del 2026
La localidad cordobesa de Adamuz volvió a llenarse de rostidos desconocidos unidos por el mismo silencio. A pocos días del trágico accidente ferroviario que costó la vida a 45 personas y dejó decenas de heridos, la Iglesia en Córdoba acompañó a los familiares en una Misa funeral que no buscó respuestas fáciles, sino iluminar el sufrimiento con una esperanza real. Desde el altar, el Obispo de Córdoba, Mons. Jesús Fernández, abordó de frente las preguntas que nacen cuando la vida se desgarra: “¿Dónde estaba Dios?” —interrogantes que esta vez no quedaron flotando en el aire, sino que recibieron una respuesta que hunde sus raíces en el Evangelio y en la compasión cristiana.
“Dios estuvo allí: en los que murieron en paz, en los que ayudaron, y en los que hoy lloran buscando consuelo en Él”
Cuando el dolor pregunta: ¿Dónde estaba Dios?
Las tragedias tienen la fuerza de estremecer incluso las convicciones más profundas. Por eso, el prelado comenzó invitando a la asamblea a abrir “oídos y corazón” para escuchar una palabra que no niega la herida, pero tampoco abdica ante el sinsentido. Reconoció que el accidente había despertado una cascada de preguntas que acompañan desde siempre a quienes atraviesan el duelo: por qué Dios lo permite, dónde se esconde en medio del caos, cómo sostener la esperanza cuando la muerte irrumpe sin aviso.
Mons. Fernández fue claro al advertir que no se puede reducir la acción divina a un mecanismo que interviene o no interviene según voluntad arbitraria. El mundo —recordó— ha sido creado con leyes y límites que Dios no revoca continuamente. Ni siquiera Cristo fue librado del dolor, ni la Virgen dispensada del llanto: “Tampoco a su propio Hijo se le ahorró esta copa”, dijo el obispo, subrayando que la cruz no es un fracaso, sino el lugar donde Dios vence desde dentro.
Pero entonces, ¿qué responder a la pregunta inicial? Para el obispo, la respuesta no se encuentra en teorías, sino en una parábola que ha servido de brújula durante dos mil años: el Buen Samaritano. A la noche del accidente —explicó— se la puede mirar desde la lógica del abandono o desde la lógica de la compasión. Y desde esta segunda, la afirmación adquiere relieve: “Sí, Dios estaba allí”.
La luz entre los vagones: Dios presente en quienes ayudaron
Esa presencia no se manifestó en fenómenos extraordinarios, sino en gestos que evitaron que la oscuridad tuviera la última palabra. “La luz venció en los mismos vagones accidentados”, afirmó el prelado. Dios se hizo presente en quienes invocaron su nombre cuando comprendieron el peligro inminente. Se hizo presente —continuó— en los 45 que murieron “en paz”, en los heridos abrazados por las manos que les sacaron entre hierros retorcidos, y en los que fueron llevados a la “posada” —esta vez, el hospital— para ser cuidados.
Esa noche, los samaritanos no eran personajes bíblicos, sino vecinos que corrieron desde Adamuz y de otras localidades cercanas, voluntarios improvisados que cargaron cuerpos, ofrecieron primeros auxilios y cedieron sus coches para trasladar a heridos cuando las ambulancias no daban abasto. Fue también la presencia discreta de sanitarios, bomberos, psicólogos, agentes de seguridad y sacerdotes que, cada uno a su manera, se convirtieron en respuesta y no en espectadores.
La escena continuó en hospitales donde “Dios se vistió de blanco” para hacer funcionar quirófanos a contrarreloj, y en centros cívicos en Córdoba donde los familiares aguardaron “invadidos por una tristeza y una ansiedad indescriptibles”, rezando para que las llamadas y listas de heridos no se convirtieran en anuncios de muerte. “Dios estaba allí, en los servicios de emergencia, en los médicos, en los psicólogos, en los sacerdotes y en quienes organizaban y sostenían el operativo”, proclamó el obispo desde el presbiterio, como quien pone nombre a una presencia silenciosa pero real.
La Iglesia ante el duelo: consuelo, sacramentos y acompañamiento
La Misa funeral no solo fue un gesto litúrgico, sino una respuesta pastoral ante el clamor que surge en contextos de shock colectivo. Desde el primer momento, la diócesis desplegó recursos humanos para ofrecer acompañamiento espiritual: sacerdotes en los centros de apoyo, atención a las familias, oración por los fallecidos y el compromiso de sostener a quienes quedan.
Una cuestión emergió, sin embargo, antes del funeral: el hecho de que algunos sacerdotes no pudieran acceder inicialmente al lugar del accidente para ofrecer auxilio sacramental. Mons. Fernández restó polémica, atribuyendo la situación al desconcierto propio de un escenario para el que nadie está preparado. Las autoridades —dijo— priorizaron la intervención médica y logística, sin percatarse de que la asistencia espiritual también forma parte de lo esencial.
El obispo evitó cualquier reproche y habló desde la comprensión: “Fue un momento de tanta confusión… y quizá no se midió lo que esto significaba”.
La homilía concluyó con una llamada a no permitir que el dolor se cierre en sí mismo. “Hacer un esfuerzo por apartar la mirada de lo trágico”, insistió, no para negarlo, sino para elevarlo hacia Aquel que transforma la muerte en Pascua. La esperanza cristiana —recordó— no consiste en procesos psicológicos de resiliencia, sino en la certeza de que Cristo “sabía que la vida es más fuerte que la muerte”.
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