El Evangelio de Qaraqosh: el tesoro siríaco que sobrevivió siglos de guerra, saqueos y fe

12 de noviembre del 2025
El Evangelio de Qaraqosh

Entre los tesoros más valiosos custodiados en la Biblioteca Apostólica Vaticana, reposa una joya de la espiritualidad oriental: el Evangelio de Qaraqosh, un manuscrito siríaco del siglo XIII que ha desafiado el paso del tiempo, los saqueos y las guerras, como testimonio vivo de la fe inquebrantable de los cristianos de Oriente. Redactado en el año 1220 por el monje Mubarak ibn Dawud al-Bartelli, del Monasterio de Mar Mattai —uno de los monasterios más antiguos del mundo cristiano, situado cerca de Mosul—, esta obra combina la belleza artística, la profundidad teológica y la fidelidad a las raíces más antiguas del cristianismo.


Iluminado con exquisitas miniaturas que narran los misterios de la vida de Cristo, el manuscrito es mucho más que un objeto de estudio: es 
símbolo de resistencia espiritual y de comunión entre Oriente y Occidente.

“El Evangelio de Qaraqosh es la historia de un pueblo que, entre guerras y persecuciones, nunca dejó de creer que la Palabra de Dios debía ser salvada”.

Un manuscrito nacido de la oración y del arte monástico



El Evangelio de Qaraqosh, catalogado oficialmente como Vat. Syr. 559, fue escrito en escritura siríaca estrangelo, un tipo de caligrafía empleada en los primeros siglos del cristianismo oriental. Su autor, el monje Mubarak ibn Dawud al-Bartelli, pertenecía a la venerable tradición de los escribas y copistas del Monasterio de Mar Mattai, célebre por haber mantenido viva la herencia siríaca a lo largo de siglos de persecución.


El manuscrito reúne los pasajes evangélicos que se proclamaban durante el año litúrgico en la Iglesia siríaca, acompañados de miniaturas de vivos colores que representan escenas de los Evangelios: el Nacimiento, los milagros de Cristo, la Última Cena y la Resurrección. Cada página combina arte y teología, con bordes ornamentados y letras talladas con precisión casi mística, fruto de la oración tanto como de la técnica.


Con un tamaño de 44 por 33,5 centímetros y encuadernado en cuero negro con una cruz dorada en su cubierta, el libro es una obra maestra del arte medieval cristiano. Su composición refleja la síntesis entre la espiritualidad siríaca y la herencia bizantina, una muestra del refinado equilibrio entre lo estético y lo sagrado que caracterizó al cristianismo de Oriente.


El padre Behnam Soni, experto en los Padres de la Iglesia siríaca, ha descrito esta obra como “una catequesis en imágenes, donde cada pincelada se convierte en oración y cada página en un acto de fe”.


Robos, rescates y la fe que no se rinde


La historia del Evangelio de Qaraqosh no está exenta de sufrimiento. A lo largo de los siglos, el manuscrito fue víctima de numerosos robos y saqueos, en medio de las convulsiones políticas y religiosas que azotaron Mesopotamia. Sin embargo, en cada ocasión fue recuperado por los propios fieles, quienes lo consideraban un signo tangible de la presencia de Dios entre ellos.


Según relatan las crónicas locales, tras su última recuperación, los habitantes de Qaraqosh —movidos por gratitud y fe— ofrecieron el manuscrito a la Iglesia de al-Tahira, uno de los templos más venerados de la región. Allí permaneció custodiado durante siglos, protegido de guerras y persecuciones, hasta que, en 1937, el obispo Georges Dallal decidió entregarlo al Papa Pío XI, confiándole su preservación definitiva.


El Papa, conmovido por la historia del manuscrito y la fidelidad de la comunidad cristiana que lo había rescatado tantas veces, dispuso su depósito en la Biblioteca Vaticana, donde continúa siendo objeto de estudio, conservación y veneración.


“El Evangelio de Qaraqosh —ha afirmado el padre Soni— es el ejemplo perfecto de cómo la fe puede rescatar lo que la violencia intenta destruir. Es un libro que ha viajado entre las sombras de la historia, sostenido siempre por manos creyentes”.


Qaraqosh: una ciudad herida que sigue creyendo


El manuscrito toma su nombre de Qaraqosh, también conocida como Baghdeda o Hamdaniyah, una histórica localidad cristiana del norte de Irak, situada en la llanura de Nínive, a pocos kilómetros de Mosul. Su comunidad, perteneciente principalmente a la Iglesia Católica Siríaca, ha sido una de las más antiguas y vibrantes del Oriente cristiano.


Durante siglos, Qaraqosh fue un centro de fe y cultura, con iglesias que atesoraban manuscritos, iconos y tradiciones litúrgicas únicas. Sin embargo, la ciudad sufrió una de las peores tragedias recientes del cristianismo oriental: la ocupación del ISIS en 2014, que devastó templos, bibliotecas y hogares, obligando a miles de cristianos a huir.


A pesar de la destrucción, la población ha regresado poco a poco, reconstruyendo sus templos y su esperanza. Hoy, las campanas vuelven a sonar en la Iglesia de al-Tahira, y las calles, aunque marcadas por la guerra, recuperan el pulso de una fe que no se rinde.


El Evangelio que lleva su nombre, conservado ahora en Roma, se ha convertido en emblema de esa perseverancia, un puente espiritual que une a los cristianos de Oriente con la Iglesia universal. Cada folio de ese manuscrito recuerda que la Palabra de Dios no se destruye con las bombas ni con el tiempo, porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35).


Hoy, en las silenciosas salas de la Biblioteca Vaticana, el Evangelio de Qaraqosh sigue brillando como testigo de la fe de Oriente, uniendo arte, oración e historia. Sus páginas, llenas de color y devoción, son también un espejo del alma de un pueblo que ha sabido custodiar su herencia más sagrada incluso en medio de la oscuridad.


La historia de este manuscrito no es solo la de un libro antiguo, sino la 
de toda una comunidad cristiana que ha sabido escribir el Evangelio con su propia vida, recordando al mundo que la belleza y la fe pueden resistir incluso cuando todo parece perdido.

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