Cuatro solemnidades marianas que marcan el calendario de la Iglesia: los grandes hitos con los que los católicos honran a la Madre de Dios

8 de enero del 2026
Isabel

A lo largo del año litúrgico, la Iglesia Católica dirige con frecuencia su mirada a la Virgen María, modelo de fe, obediencia y esperanza para todos los cristianos. Son muchas las fiestas, memorias y advocaciones marianas que se celebran en distintos países y culturas, reflejo de una devoción profundamente arraigada en el pueblo de Dios. Sin embargo, solo cuatro de estas celebraciones poseen el rango máximo de solemnidad y se conmemoran universalmente en toda la Iglesia.



Estas cuatro solemnidades no son meros recuerdos piadosos, sino verdaderos acontecimientos salvíficos, ya que ponen de relieve la acción de Dios en la historia a través de María y su papel único en el misterio de la Redención. Desde el inicio del año civil hasta el tiempo de Adviento, estas fechas jalonan el calendario litúrgico y ofrecen a los fieles una catequesis viva sobre la fe de la Iglesia.

“Las solemnidades marianas no exaltan solo a María, sino que revelan la obra salvadora de Dios y la esperanza a la que está llamada toda la Iglesia.”

María, Madre de Dios: el año comienza bajo su amparo

La primera gran solemnidad mariana se celebra cada 1 de enero, cuando la Iglesia proclama a María como Madre de Dios. En esta fecha, los católicos comienzan el año poniéndose explícitamente bajo la protección maternal de aquella que engendró al Hijo eterno del Padre hecho hombre.




Esta solemnidad hunde sus raíces en una verdad de fe proclamada solemnemente en el Concilio de Éfeso, en el año 431, cuando la Iglesia afirmó que María es verdaderamente Theotokos, es decir, Madre de Dios, porque el Hijo que nació de su seno es una sola persona divina. Lejos de ser un privilegio aislado, este título protege la verdad central de la fe cristiana: la plena divinidad y humanidad de Jesucristo.




A lo largo de la historia, la fecha de esta celebración fue variando hasta que, tras el Concilio Vaticano II, se fijó definitivamente el 1 de enero, subrayando así que el nuevo año se abre bajo la mirada y el cuidado de la Madre de la Iglesia.



La Anunciación: el “sí” que cambió la historia


El 25 de marzo, la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor, que recuerda el momento en el que el arcángel Gabriel anunció a María que había sido elegida para ser la Madre del Salvador. Con su respuesta libre y confiada —el célebre “hágase en mí según tu palabra”—, María permitió que el Verbo eterno se encarnara en su seno.


Esta fecha, situada exactamente nueve meses antes de la Navidad, subraya la realidad de la encarnación de Cristo y la dignidad de la vida humana desde su concepción. Ya desde los primeros siglos, la Iglesia reconoció la importancia singular de este misterio, que une inseparablemente la iniciativa divina y la colaboración libre de una criatura.


La Anunciación no solo mira a María, sino que invita a cada creyente a redescubrir el valor de la obediencia a Dios y la confianza plena en su voluntad, incluso cuando sus planes desbordan toda comprensión humana.



La Asunción: anticipo de la gloria prometida


El 15 de agosto, la Iglesia celebró con especial solemnidad la Asunción de la Virgen María, proclamando que, al término de su vida terrena, fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Esta verdad, definida como dogma en 1950, expresa la fe constante del pueblo cristiano y la esperanza última que anima a toda la Iglesia.


La Asunción no es solo un privilegio concedido a María, sino un signo luminoso del destino al que están llamados todos los fieles. En ella, la Iglesia contempla anticipadamente la resurrección prometida a quienes permanecen unidos a Cristo. María aparece así como imagen y primicia de la humanidad redimida, ya plenamente asociada a la victoria de su Hijo sobre la muerte.


Cada año, esta solemnidad invita a los creyentes a levantar la mirada hacia el cielo y a vivir la esperanza cristiana con mayor firmeza, recordando que la historia no termina en lo terreno.



La Inmaculada Concepción: la gracia que precede a todo mérito


La última de las grandes solemnidades marianas se celebra el 8 de diciembre y conmemora la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La Iglesia proclama que, desde el primer instante de su concepción, María fue preservada del pecado original por una gracia singular de Dios, en previsión de los méritos de Jesucristo.


Este dogma, proclamado solemnemente en el siglo XIX, pone de relieve la iniciativa absoluta de la gracia divina. María no es inmaculada por sus propias fuerzas, sino por la acción gratuita de Dios, que la preparó como morada digna para su Hijo.


La confirmación de esta verdad llegó pocos años después en Lourdes, cuando la Virgen se presentó ante santa Bernardita con el nombre de “la Inmaculada Concepción”, reforzando la fe de la Iglesia y la devoción del pueblo cristiano.



Más allá de las solemnidades: un calendario mariano lleno de vida


Junto a estas cuatro solemnidades universales, el calendario litúrgico recoge numerosas fiestas y memorias marianas que recuerdan distintos momentos de la vida de la Virgen o diversas advocaciones surgidas en la historia de la Iglesia. Algunas celebraciones adquieren especial relevancia en determinados países, llegando incluso a tener rango de solemnidad a nivel nacional, como ocurre con la Virgen de Guadalupe en México o la Virgen del Pilar en España.


Esta riqueza de celebraciones manifiesta la cercanía de María a los pueblos y culturas, y su permanente intercesión en la vida de la Iglesia. A través de estas cuatro grandes solemnidades, los católicos recorren, año tras año, los misterios centrales de la fe cristiana contemplados desde la vida de la Madre de Dios, aprendiendo de ella a acoger la gracia, confiar en el Señor y caminar con esperanza hacia la plenitud prometida.

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