Se cierra el umbral de la esperanza: León XIV clausura la Puerta Santa de San Pedro y pone fin al Jubileo
7 de enero del 2026
Con un gesto cargado de silencio, simbolismo y oración, el Papa León XIV cerró la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, poniendo así término al Jubileo de la Esperanza, el Año Santo ordinario que ha marcado profundamente la vida espiritual de la Iglesia.
La clausura de este tiempo excepcional de gracia no fue concebida como un punto final, sino como un envío: el recordatorio de que la misericordia divina no se agota con el calendario, sino que permanece abierta en el corazón de Dios y en la vida cotidiana de los fieles.
“La Puerta Santa se cierra en el calendario, pero la misericordia de Dios permanece abierta para siempre en la vida de la Iglesia.”
Un gesto solemne que pone fin al tiempo jubilar
En la mañana del martes, el Pontífice avanzó en procesión hacia la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, mientras resonaba la antigua antífona O clavis David, evocando a Cristo como la llave que abre y nadie puede cerrar. Al llegar al umbral, León XIV se arrodilló y permaneció en oración silenciosa durante varios minutos, recogiendo espiritualmente los frutos de un año marcado por la conversión, el perdón y la reconciliación.
A las 9:41 horas, en un gesto sencillo pero profundamente elocuente, el Papa empujó personalmente los dos grandes batientes de bronce, cerrando visiblemente la Puerta Santa y concluyendo así el rito público que señala el final del Año Santo. Antes de realizar este gesto, pronunció la fórmula ritual en latín, siguiendo la tradición vigente desde el Jubileo de 1975, posteriormente simplificada por San Juan Pablo II.
Con palabras serenas, el Pontífice recordó que, aunque la Puerta Santa se cierre físicamente, el acceso a la misericordia de Dios nunca se clausura: el Buen Pastor, afirmó, mantiene siempre abierta la puerta de su corazón para acoger a quienes llegan cansados y agobiados.
La tradición del cierre y el signo que permanece oculto
En continuidad con la praxis de los últimos jubileos, el rito no incluyó la antigua costumbre de levantar inmediatamente un muro de ladrillos tras la clausura. Esa labor se realizará posteriormente y de forma privada, sin presencia de cámaras ni medios de comunicación. Será responsabilidad de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice coordinar este acto reservado, que se llevará a cabo aproximadamente diez días después.
Los llamados sampietrini, trabajadores de la Fábrica de San Pedro —carpinteros, ebanistas y técnicos encargados del cuidado cotidiano de la basílica—, serán quienes sellen definitivamente la Puerta Santa desde el interior. En el muro se colocará la tradicional cápsula metálica que contiene el acta oficial del cierre, monedas acuñadas durante el Jubileo y las llaves de la Puerta Santa: signos materiales destinados a custodiar la memoria de este Año Santo para las generaciones futuras.
Este gesto discreto y oculto refuerza la dimensión espiritual del Jubileo: lo esencial no es lo visible, sino lo que permanece en el corazón de la Iglesia.
Un Jubileo con una historia inédita
El Jubileo de la Esperanza fue convocado solemnemente en la noche de Navidad de 2024 por el Papa Francisco. Sin embargo, su fallecimiento en abril de 2025 introdujo una circunstancia histórica singular: por primera vez desde el año 1700, un Año Santo ordinario fue inaugurado por un Pontífice y concluido por su sucesor.
León XIV asumió así la responsabilidad de cerrar un Jubileo que no había iniciado, pero que acompañó pastoralmente hasta su término. Este hecho subraya, una vez más, la continuidad del ministerio petrino más allá de las personas concretas, y la unidad de la Iglesia en el tiempo.
El último Jubileo ordinario anterior se había celebrado en el año 2000. Junto a estos Años Santos regulares, la Iglesia ha vivido también jubileos extraordinarios, como el Jubileo de la Misericordia en 2015, y se prepara ya para el Jubileo de 2033, que conmemorará los dos mil años de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
“Se cierra la Puerta Santa, pero no la puerta de tu clemencia”
Durante la oración final de acción de gracias, León XIV elevó una súplica que condensó el sentido profundo del Jubileo recién concluido, pidiendo que los tesoros de la gracia divina permanezcan abiertos para todos los fieles. Imploró que, al final de la peregrinación terrena, los creyentes puedan llamar con confianza a la puerta de la casa del Padre y participar del fruto del árbol de la vida.
La clausura del rito dio paso, ya en el interior de la basílica, a la celebración de la Santa Misa de la solemnidad de la Epifanía del Señor, con la que el Papa culminó litúrgicamente una jornada marcada por la gratitud y la esperanza.
Así, el Jubileo de la Esperanza concluye oficialmente, dejando tras de sí un legado espiritual que continúa interpelando a los fieles: vivir como peregrinos de misericordia, incluso cuando las puertas visibles se cierran.
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