Huevos, oración y esperanza: la entrañable tradición de Santa Clara que encomienda al cielo el amor de los novios
4 de febrero del 2026
Cada año, cuando la primavera y el verano llenan de celebraciones el calendario, una escena discreta y profundamente simbólica se repite ante un monasterio del centro de Madrid. Parejas de novios, a punto de contraer matrimonio, esperan pacientemente su turno ante la clausura del Monasterio de la Inmaculada y San Pascual, hogar de una comunidad de clarisas que custodia una de las tradiciones más singulares y queridas del imaginario popular católico: la ofrenda de huevos a Santa Clara para pedir un día luminoso —y un matrimonio bendecido— en el comienzo de la vida conyugal.
En sus manos no llevan flores ni joyas, sino una docena de huevos, sencillos y humildes, cargados de un simbolismo que atraviesa generaciones. No es un gesto supersticioso, sino una petición confiada que une fe, tradición y oración, y que transforma un deseo muy humano —que no llueva el día de la boda— en una ocasión para ponerse bajo la mirada de Dios.
“De un gesto humilde y confiado, Dios hace brotar bendiciones que alcanzan mucho más allá de lo que imaginamos”.
Una tradición transmitida de generación en generación
Tras el torno del monasterio, una voz suave y serena acoge a quienes llaman. Es la de sor Victoria, que, aunque permanece oculta tras la clausura, logra con su cercanía y delicadeza que ese breve encuentro se convierta en un recuerdo imborrable para los futuros esposos. Pregunta, escucha, se interesa por los detalles de la boda y promete oración. Al otro lado, la comunidad entera se hace presente.
La Madre Superiora, sor María Jesús, explica que se trata de una costumbre profundamente arraigada, aunque de origen incierto. “Esta tradición se ha ido transmitiendo de madres a hijas. Muchas de las madres de los jóvenes que vienen hoy, en su día también trajeron huevos”, comenta con una sonrisa que atraviesa la reja del locutorio.
Según recuerdan las hermanas más ancianas, todo podría haberse iniciado con la promesa de un noble que, tras sobrevivir a un viaje turbulento, decidió llevar huevos al monasterio como acción de gracias. Con el tiempo, el gesto quedó vinculado a Santa Clara y a su intercesión por los novios, hasta convertirse en una costumbre entrañable que sigue viva hoy.
“Santa Clara quiere mucho a los novios”
Más allá de la anécdota, la Madre María Jesús subraya el significado profundo que encierra este sencillo obsequio. El huevo, explica, es símbolo de vida nueva. “Por sí solos, los novios no pueden dar vida, pero al unirse en matrimonio comienza una nueva generación. Eso es lo que representan los huevos: fecundidad, unidad y esperanza”.
En este contexto, la oración de las clarisas no se limita a pedir buen tiempo. “Santa Clara quiere mucho a los novios”, afirma la Madre Superiora, y también a las familias y a los niños. De hecho, no son pocos los padres que acuden al monasterio para encomendar la Primera Comunión de sus hijos o algún acontecimiento importante de la vida familiar.
Con naturalidad y humor, sor María Jesús reconoce que no siempre las peticiones se cumplen tal y como se formulan. “A veces pedimos que no llueva para alguna obra del monasterio y no nos hace tanto caso”, comenta entre risas, dejando claro que la oración no es un contrato, sino un acto de confianza filial.
El Espíritu Santo habla tras el torno
El torno del monasterio se convierte, especialmente los viernes y sábados, en un verdadero lugar de encuentro espiritual. Las hermanas se turnan para atender a quienes llegan: novios, madres, abuelas, amigos. “Las hermanas dialogan bien con las personas porque es el Espíritu Santo quien habla”, asegura la Madre Superiora.
Ella misma recuerda su vocación desde muy pequeña, cuando soñaba con “vivir como los ángeles, sin nada, sólo para amar a Dios”. Desde su llegada al monasterio en 1988, ha comprobado cómo ese amor se traduce en escucha, acogida y oración constante por quienes llaman a su puerta.
“Siempre digo que los fines de semana estamos de boda”, explica.
Mientras los novios ultiman detalles, las hermanas miran al cielo y rezan. Y cuando llegan los días difíciles —porque en todo matrimonio hay momentos de lluvia, viento o granizo—, la oración continúa. “Pedimos que, incluso en la oscuridad, puedan salir adelante”, subraya.
De un gesto pequeño nacen grandes frutos
En los meses de mayor afluencia, el torno no deja de girar. Los huevos se acumulan, pero nunca sobran. Siguiendo el espíritu de San Francisco, las hermanas comen lo que reciben y comparten el resto con comedores sociales. “Muchos novios no saben que, gracias a su pequeño gesto, muchas personas necesitadas pueden comer”, explica la Madre María Jesús.
La vida en el monasterio transcurre como en una familia. Las hermanas jóvenes cuidan de las mayores, y la fraternidad se hace visible en los pequeños gestos cotidianos. Sor Josefa, una de las religiosas más ancianas, entra en el locutorio mientras la Madre Superiora habla, y toma su mano con ternura. A pesar del alzhéimer, conserva viva la memoria de su vocación y de aquel día en que, desafiando incomprensiones, eligió la vida consagrada.
En ese clima de sencillez y entrega, la tradición de los huevos a Santa Clara adquiere su verdadero sentido: no es magia, sino fe vivida; no es un rito vacío, sino una oración concreta que une a quienes empiezan una nueva etapa de su vida con una comunidad que, desde la clausura, los acompaña ante Dios.
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