Los muchos nombres de Cristo: una mirada al misterio de Jesús a través de sus títulos
21 de enero del 2026
En la historia de la salvación, nada resulta tan decisivo como la pregunta que atraviesa los Evangelios y que Cristo dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esa pregunta, que no se limita al ámbito académico o teológico, ha marcado la vida de la Iglesia desde su origen. Y las Escrituras, junto con la liturgia y la Tradición, han respondido con una riqueza sorprendente: Jesús no recibe un solo título, sino una constelación de nombres que revelan su identidad, su misión y el sentido de su Encarnación.
Desde el anuncio del ángel en Nazaret hasta la confesión de fe de la Iglesia primitiva, los cristianos han proclamado a Cristo como Verbo eterno, Salvador, Cordero, Luz, Rey, Redentor, Médico y Señor de la historia. No se trata de meras fórmulas piadosas, sino de ventanas que permiten asomarse al misterio de Dios hecho hombre y comprender que el cristianismo nace del encuentro personal con Él. En una época marcada por la confusión y la búsqueda espiritual, esta riqueza nominal sigue iluminando la fe de millones de creyentes.
“Los títulos de Jesús no son etiquetas teológicas: son caminos para descubrir quién es, por qué vino y qué significa seguirle.”
Un nombre y muchos títulos: identidad y misión
El Catecismo recuerda que Jesús tiene un único nombre propio: Jesús, que significa “Dios salva” en hebreo. En él se resume a la vez su identidad y su misión. El mismo ángel en la Anunciación pidió a María que lo llamara así, porque su venida estaba destinada a liberar al ser humano del pecado y reconciliarlo con el Padre.
Pero esa misión se expresa en múltiples títulos. Hijo de María, por ejemplo, muestra la verdadera humanidad del Verbo, nacido de una mujer en un lugar concreto de la historia. Verbo encarnado, en cambio, señala el misterio eterno: el Hijo que vive en el seno del Padre se hace carne para habitar entre nosotros, como proclama san Juan al inicio de su Evangelio.
Otros títulos revelan dimensiones profundas de su persona. Cuando Pedro confiesa a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, la Iglesia reconoce que en Jesús no encontramos una idea religiosa, sino un rostro que revela al Padre. Y cuando Él mismo se presenta como Hijo del Hombre, el título recoge tanto su condescendencia con la humanidad como la autoridad divina que el profeta Daniel atribuye al esperado que recibe gloria y reino.
El Mesías esperado: Salvador, Cordero y Buen Pastor
El título de Mesías —el Ungido— recoge toda la esperanza veterotestamentaria. En Israel se esperaba a aquel que, elegido por Dios y ungido con aceite, cumpliría las promesas hechas al pueblo: reinar como David, enseñar como los profetas y ofrecer sacrificio como los sacerdotes. Para el cristiano, en cambio, ese Mesías tiene nombre propio y rostro conocido.
Entre esos títulos destaca Salvador, proclamado por los ángeles en la noche de Belén. No vino únicamente como maestro moral o líder espiritual, sino como quien rescata a la humanidad del pecado y la muerte. Por eso Juan el Bautista lo señala como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, reuniendo en esa expresión tanto el sacrificio pascual del Éxodo como la figura del siervo sufriente de Isaías.
En el mismo Evangelio, Jesús se presenta como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, las conduce y da la vida por ellas. La imagen pastoral, tan arraigada en la tradición de Israel, manifiesta a un Dios que no abandona, sino que busca la oveja perdida y carga con ella a los hombros.
Rey, Luz y Señor de la historia: la dimensión escatológica
Pero los títulos de Cristo no se limitan a la cercanía humana: también manifiestan su señorío divino. En Navidad, Isaías lo anuncia como Príncipe de la Paz, y en el Antiguo y Nuevo Testamento se le reconoce como Rey de reyes cuyo Reino no tendrá fin. En un mundo marcado por la guerra y la división, estos títulos no son poéticos, sino teológicos: indican que la paz no es fruto de un acuerdo humano, sino de la reconciliación alcanzada por Cristo en la cruz.
Jesús también se presenta como Luz del mundo, una afirmación que recoge siglos de oración de Israel. En la Biblia, la luz es vida, verdad y salvación; caminar en la luz significa caminar hacia Dios. Esta luz no elimina mágicamente el sufrimiento, pero ilumina el camino en medio de él, mostrando que la oscuridad no tiene la última palabra.
Estos títulos encuentran su plenitud cuando la Iglesia proclama a Cristo como Señor de la historia. No existe un destino ciego ni un azar absoluto: Cristo es el punto hacia el cual todo converge, el Alfa y la Omega, como afirma el Concilio en Gaudium et Spes.
Otros títulos completan esta perspectiva: Redentor del hombre, central en el magisterio de san Juan Pablo II; Médico de las almas, que sana en los sacramentos; y Esposo de la Iglesia, que se entrega por su Esposa hasta dar la vida. Al final, estos títulos no pretenden agotar el misterio de Cristo. Más bien lo mantienen abierto para que cada creyente pueda adentrarse en él.
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