No nos vale

15 de marzo de 2025
No nos vale
Algunos atribuyen esta hermosa oración a San Ignacio de Loyola; otros a Santa Teresa de Ávila y otros más a ciertos escritores del Siglo XVI. No hay datos auténticos que corroboren esas afirmaciones.

Sin embargo, para propósitos del presente tema, podemos iniciar esta reflexión citando lo siguiente:

“No me mueve, Señor, para quererte el Cielo que me tienes prometido. Ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”

¿Qué es lo que nos mueve para amar a Dios? Si es por el Cielo que podemos alcanzar, de cierta manera somos muy interesados. Y si nuestra intención es dejar de ofenderlo, que no sea por temor a ser castigados con el fuego eterno.

El poema aludido continúa diciéndonos: “Muéveme Tu, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme Tu afrenta y Tu muerte”.

Sabemos muy bien que Cristo quiso obedecer al Padre, haciéndose uno igual a nosotros en todo, menos en el pecado, Y por esa obediencia y por ese Amor a Su Padre y a la Humanidad entera, quiso padecer una muerte cruel y vergonzosa, para devolvernos, precisamente, la Amistad con el Padre. En resumen, para redimirnos.

También nos viene a la memoria una frase que dice: “Amor con amor se paga” y es eso lo que nos debe mover amar a Dios. Retribuir en parte esa demostración que Cristo hizo es la más grande forma de agradecerle ese sacrificio.

«Sabemos muy bien que Cristo quiso obedecer al Padre, haciéndose uno igual a nosotros en todo, menos en el pecado, Y por esa obediencia y por ese Amor a Su Padre y a la Humanidad entera, quiso padecer una muerte cruel y vergonzosa, para devolvernos, precisamente, la Amistad con el Padre. En resumen, para redimirnos.»

Pero Dios es la perfección absoluta. Cristo subió glorioso al Cielo “y está sentado a la derecha del Padre”. Y aunque también es la generosidad infinita, Su Amor sigue permaneciendo entre nosotros. Lo demuestra palpablemente el hecho que quiso quedarse en medio de los Hombres con Su Cuerpo y Su Sangre, Su Alma y Su Divinidad que, si nos hemos confesado, recibimos en la sagrada Comunión.

Es necesario por ello que seguimos citando las siguientes frases para que, al igual que las anteriores, las aprendamos de memoria.: “Muéveme, en fin, tu amor de tal manera, que si no hubiera Cielo yo te amara, y aunque no hubiera Infierno, te temiera”.

Así, nuestro amor también debe ser incondicional. Como se dice líneas arriba, ese amor no debe estar sujeto a interés, sino al dolor y la vergüenza que sentimos cada vez que miramos a Cristo en la Cruz.

En un tema anterior nos hacíamos otra pregunta: ¿Daríamos la vida por Cristo? Cientos de mártires lo hicieron en el inicio del cristianismo. Muchos también lo han hecho y lo seguirán haciendo a través de los siglos.

Si por diversas razones, otros seres humanos no podemos entregar nuestra propia vida, retribuyamos al Amor amando a nuestro prójimo, tal y como Cristo Nuestro Señor lo dijo y lo demostró con obras.

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